Actualizado: 20/10/2021 13:39
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España, EEUU, Independencia

¿Cómo se hicieron cubanos los españoles de Cuba?

Los cubanos son prisioneros de una visión del mundo que los limita y encadena. No es el castrismo el que los reduce, sino la cosmogonía de la cual se sienten tan orgullosos

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La leyenda nacional que cuenta la historia de un aguerrido pueblo sui generis, llamado por la providencia dadas sus cualidades únicas, a jugar un papel en el destino de la humanidad; víctima del colonialismo español y del imperialismo norteamericano, luchando denodadamente por su libertad durante 400 años hasta conseguir la plena independencia en 1959; le fue servida en bandeja de plata al empedrado por historiadores nacionalistas que, en compañía del interventor, fabricaron una nación en un territorio que toda la vida fue una provincia de España, y no cualquier provincia, sino la más rica y próspera, mucho antes que Barcelona.

Esta fantasía, que comparten y defienden a capa y espada casi todos los pobladores de la Isla en la actualidad, incluyendo muchos de sus más ilustres intelectuales, no sólo es la causa de la de la visión deformada que tienen los cubanos de sí mismos, sino la piedra angular, la evidencia misma, de su incapacidad como pueblo a constituirse algún día en nación verdaderamente soberana. Dicho de otra manera: los cubanos son prisioneros de una visión del mundo que los limita y encadena per saecula seculorum. No es el castrismo el que los reduce, sino la cosmogonía de la cual se sienten tan orgullosos. Es importante, indispensable, remover toda esa bazofia que los lastra, porque de lo contrario seguirán sin saber quiénes son y a dónde se dirigen.

Más o menos algo así, pero al revés, debía estar pensando Enrique José Varona cuando el gobernador militar norteamericano lo nombró secretario de Instrucción Pública en 1900. Ni corto no perezoso, Varona fue el promotor de una reforma de estudios (primarios, secundarios y universitarios) impuesta por el interventor, cuyo principal objetivo desde el traspaso de soberanía, era el de fabricar cubanos agradecidos y sometidos ideológicamente a sus benefactores. Para ello, una de las primeras medidas que introdujo el interventor fue la de nombrar a Alexis E. Frye en el cargo de superintendente de las escuelas de en la Isla. Un funcionario eficaz, al que los primeros maestros de Cuba deben un viaje de vacaciones a Harvard y los niños cubanos, la introducción de libros de texto escritos para lavarles el cerebro por varias generaciones.

Sobre la reforma universitaria de Varona ya hablaremos en otro momento, pero no olvidemos que uno de los objetivos iniciales de la administración del presidente McKinley al apoderarse de Cuba, fue la de extirpar la españolidad de sus pobladores. Por supuesto que una tarea de esta envergadura, la de cambiar la idiosincrasia de todo un pueblo, no puede conseguirse de la noche a la mañana, por eso era indispensable comenzar lo antes posible. Para ello se prestaron de buena gana los intelectuales nacionalistas de la época que, como el entonces influyente y ya olvidado abogado, Raimundo Cabrera Chicharro, estaban convencidos de que era precisamente la españolidad de los cubanos, España in fine toda ella, el lastre que les impedía alcanzar el luminoso destino que les reservaba el Gran Arquitecto del Universo.

Los pocos trabajos académicos que existen sobre este asunto son escasos y bastante recientes, como la tesis Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902 de Marial Iglesias Utset, publicada en forma de libro en 2003. Un estudio brillante y bien escrito que ganaría mucho si llegara a ser conocido, porque describe con claridad y elegancia, cómo fueron resignificándose por ideología los espacios y lugares (físicos y espirituales) que hacían españoles a los cubanos.

Pero empecemos por el principio. Antes de amueblar los cerebros de los niños con una historia deformada. Engrandeciendo con adjetivos deslumbrantes acontecimientos inexcusables como la quema de Bayamo, por ejemplo. Escogiendo con cuidado los testimonios que vendrían a justificar el relato nacionalista y rechazando a los demás, como los de Enrique Collazo y tantos otros; esperando que el tiempo dejaría en el olvido a las voces disidentes, una vez que sus actores desparecieran por causas naturales o no, como le sucedió a Quintín Banderas, (una piedra en el zapato de Estrada Palma y del resto de traidores a España de la época, que como sabemos, acabaron ordenando su muerte a machetazos en El Cano). Antes de todo eso, hubo que sacarse de la manga una nueva ciudadanía.

El derecho de opción

El derecho de opción como emanación del derecho de gentes, era la regla en el caso de las cesiones territoriales de la época, tal y como lo demostró Ramón de Dalmau Olivart de Olivart, en su enjundioso trabajo de 1900, La nacionalidad de los cubanos según, contra y fuera el Tratado de París. En el mismo, el destacado jurista y diplomático lo ejemplifica con las cesiones de Alsacia y Lorena (1871), Lombardía (1859), Venecia (1866), Niza y Saboya (1860), entre otros ejemplos. Sin embargo y para asombro de los comisionados españoles en París, la delegación norteamericana también innovaría en este asunto, cuando impuso en el artículo IX del Tratado que la nacionalidad de los cubanos estaría determinada por el Congreso de Estados Unidos. Ante las protestas del jefe de la delegación peninsular, Eugenio Montero Ríos, se aceptó de mala gana la creación de un registro consular de españoles que se abriría durante un año y en el cual podrían inscribirse, única y exclusivamente los nacidos en la península. No importaba que tus padres fueran españoles, bastaba con haber tenido la desgracia de nacer en Bolondrón o en Canarias para que te quedarás fuera del registro si eras mayor de edad. Las justificaciones norteamericanas contra las que ningún orgulloso patriota ni ningún jurista de la época (por la parte cubana me refiero) protestó fueron éstas: “Verdad es que los comisionados españoles propusieron un artículo sobre el particular de la nacionalidad, por el cual se preveía que todos los habitantes de los territorios cedidos, además de los súbditos españoles, tuviesen el derecho de optar por la nacionalidad española dentro del término de un año subsecuente al canje de las ratificaciones del Tratado.”

Y ahora viene lo bueno queridos amiguitos: “Esto hubiera permitido a todas las tribus no civilizadas que no están bajo la jurisdicción de España en los referidos países, y a todos los extranjeros residentes en ellos, optar por una nacionalidad diferente de la del gobierno bajo cuya autoridad se encuentran, sin embargo, de que al mismo tiempo estén disfrutando de los beneficios y de la protección del gobierno local. Esto crearía un estado de cosas anómalo y productor de complicaciones y discordias que es importante evitar.”

¡Tribus no civilizadas! 400 años de civilización borrados de un plumazo por obra y gracia del poder de la fuerza. Cubanos, puertorriqueños y filipinos eran para el “generoso liberador” poco menos que indios en taparrabos. La mala opinión que tenían de los isleños sus benefactores fue la comidilla de todos los periódicos en Estados Unidos durante una buena parte de 1899 y 1900; pero el documento que serviría de colofón a este desprecio es de sobra conocido la carta de J. C. Brenckenridge, secretario de guerra, al teniente general Miles publicada en 1897 el que refiriéndose a la Isla apunta:

“Su población la constituyen las razas blanca, negra, asiática y sus derivadas. Sus habitantes son por regla general, indolentes y apáticos. En ilustración se hallan colocados desde la más refinada hasta la ignorancia más grosera y abyecta. Su pueblo es indiferente en materia de religión y, por lo tanto, su mayoría es inmoral, como es a la vez de pasiones vivas, muy sensual; y como no posee sino nociones vagas de lo justo y de lo injusto, es propenso a procurarse los goces no por medio del trabajo, sino por medio de la violencia; y como resultado eficiente de esta falta de moralidad, es despreciador de la vida”.

Podría argumentarse que la misiva del secretario de Guerra expresaba su opinión personal y que la misma nada tenía que ver con el sentimiento profundo del “pueblo” norteamericano, esa otra entelequia inventada por la sociología filo marxista; pero estaríamos cayendo en un lamentable error; porque ya en 1889, José Julián Martí en persona, tuvo que responder al The Evening Post de Nueva York por acusaciones similares, en su llevado y traído artículo Vindicación de Cuba.

No hay peor ciego que el que no quiere ver, decíamos, pero había que ser muy obtuso para ignorar las pasiones tristes que animaban la “desinteresada ayuda” de los jingoístas norteamericanos a los españoles independentistas. Si esto es así, pocas justificaciones tenían los numerosos exiliados residentes en Estados Unidos desde la primera guerra civil para abogar, como lo hicieron, por la intervención. Por cierto, pocos conocen un dato curioso. Durante el mandato del capitán General Domingo Dulce en 1869 se produjo entre la Habana y Cayo Hueso un éxodo similar al del Mariel. En efecto, casi 100 mil cubanos escaparon de la Isla ¡y en barcos de vela! Los que aumentaron considerablemente la colonia de españoles procedentes de la Isla. Pero volvamos a lo nuestro: el despojo de la nacionalidad de origen a todos los españoles de Cuba.

Protestas de los comisionados españoles y traición del gobierno español

En sus conferencias en el Círculo de la Unión Mercantil de Madrid, E. Montero Ríos resumió la situación: “Se niega a reconocer a los habitantes de los países cedidos (…) el derecho de optar por la ciudadanía de que, hasta ahora gozaron. Y, sin embargo, este derecho de opción, que es uno de los más sagrados de la personalidad humana, ha sido constantemente respetado desde que se emancipó el hombre de la servidumbre de la tierra.”

Si en lugar de hacer leyes de Memorias Democráticas cada vez que los neo comunistas suben al poder y los gobiernos españoles (de izquierda y de derecha) tuvieran un dizque de vergüenza; ahora mismo podrían cambiar los destinos de Cuba sin disparar un tiro. Bastaría reconocer la nacionalidad española a los descendientes de aquellos españoles, a los que les fue arrebatada la nacionalidad en 1898. En ese sentido constataba el DLM en 1900 la siguiente anécdota:

“La redacción arbitraria del artículo noveno del Tratado de París que parece condenar a los nacidos en Cuba, cualquiera que sean sus circunstancias, a que no puedan conservar la nacionalidad española, está dando lugar a no pocas reclamaciones, que tendrán forzosamente que ser objeto de una disposición especial que ponga en claro tal extremo.

Nuestro colega La Unión Española refiérese ayer tarde a lo acontecido al señor Marqués de Apezteguía, que habiendo solicitado inscribirse en registro de españoles de Cienfuegos, le fue negada dicha inscripción, por ser nacido en Cuba.

El señor Apezteguía se dirigió entonces al Cónsul de España, pidiendo su inscripción y carta de ciudadanía, pero el cónsul le manifestó que ateniéndose a lo establecido acerca del particular, no podía complacerlo; en vista de lo cual, nuestro distinguido amigo levantó acta de protesta ante dicho funcionario consular, haciendo constar en ella su firme deseo de conservar la nacionalidad española, y estando dispuesto a perseverar en este propósito, aunque para ello tuviese que abandonar el país.

No nos extraña la resuelta y noble actitud del Marqués de Apezteguía, porque ya, cuando nuestro Director tuvo el gusto de visitarlo en su apacible retiro del Constancia, tanto él como su hermano D. Emilio, hubieron de manifestarle que de ninguna suerte se resignarían a perder la nacionalidad española. En el mismo caso que los distinguidos hermanos Apezteguía están otros cubanos que, por poseer títulos de Castilla, y al mismo tiempo por razones de convicción y sentimiento, no están dispuestos a dejarse despojar de la ciudadanía española.”

Lamentablemente no todos los que deseaban mantener la nacionalidad pudieron, como el marqués salir de la ocupada Isla para solicitarla.

La minoría independentista

Los nacionalistas cubanos siempre fueron una minoría en Cuba. No lo digo yo, lo afirmaban ellos mismos. Podemos comprender que los alistados en el registro (apenas 64 mil) de combatientes independentistas compilado por Carlos Roloff no quisieran acogerse a la nacionalidad española tras el traspaso de soberanía; pero ese no era el caso de todos los pobladores de la Isla. En primer lugar, estaban los criollos defensores activos (guerrilleros, contra guerrilleros y otros cuerpos) de la soberanía española, casi 80 mil y sus familias. En segundo lugar, los numerosos “pacíficos” contra los que Gómez decretó una guerra sin cuartel, enguasimándolos cuando se atrevían a salir a buscar alimentos de las ciudades y pueblos fortificados, razón por la cual los “libertadores” no les inspiraban ninguna confianza; sin olvidar a los hijos mayores de los peninsulares, nacidos en Cuba y sus respectivas familias. Por último, no olvidemos a los negros simpatizantes de la soberanía española; sobre todo esa enorme masa de libertos y descendiente de libertos que desde 1868 (y mucho antes) habían configurado una poderosa sociedad civil, dueña de medios de comunicación e innumerables negocios. Un colectivo al que no le gustaba para nada el cariz final que habían tomado los acontecimientos con la intervención norteamericana; querida, nunca lo repetiremos lo bastante, por los criollos que iban, como recompensa por su traición, a ocupar los principales cargos vacantes dejados por la administración española, sin dejarles ni una migaja del pastel a las minorías de color que habían luchado en la manigua lo mismo que ellos, como realmente sucedió.

Con las tropas regulares españolas viajaron de regreso a la Península algunos miembros del Ejército irregular, demasiado comprometidos para quedarse en Cuba sin peligro para sus vidas; pero el resto que, como afirmaba Enrique Collazo “se mantuvieron fieles a la soberanía española hasta enero de 1899”, fueron abandonados por el gobierno español que faltó a sus deberes para con ellos, privándolos con las abyectas reales órdenes de 1900 y 1901 respectivamente, de las pensiones a las que tenían derecho como jubilados de las clases pasivas. En dichos documentos se establecía que “los habitantes naturales de las colonias cedidas por el Tratado de París de 11 de Abril de 1899 deben reputarse extranjeros, y, por consecuencia, no tienen derecho a percibir haberes pasivos del Tesoro español” y más adelante, en 1901, se reafirmaba la pérdida de la nacionalidad para todos los demás, en términos menos ambiguos: “Los naturales de los territorios cedidos o renunciados por España en virtud del tratado de paz con los Estados Unidos de 10 de Diciembre de 1898, que en la fecha del canje de ratificaciones de dicho tratado habitaban aquellos territorios, han perdido la nacionalidad española y podrán recobrarla con arreglo a lo dispuesto en el artículo 21 del Código civil para los españoles que pierden esta calidad por adquirir naturaleza en país extranjero”.

El mundo asociativo peninsular

Los grupos sociales más o menos homogéneos que residían en la Isla, tuvieron que adaptarse a las nuevas condiciones políticas que el traspaso de soberanía provocó. En ese sentido como ya hemos visto en entregas anteriores la prensa jugó un papel fundamental. Para los peninsulares que siguieron conservando sus propiedades, y que eran los dueños del comercio minorista en los principales pueblos y ciudades, se trataba de un problema de supervivencia mayor. Las asociaciones que constituyeron desde 1899, no sólo defendían sus derechos como gremio, sino que reafirmaban una identidad a la que muchos de ellos no estaban dispuestos a renunciar. Como ocurrió durante la guerra civil, cuando las expresiones de patriotismo se manifestaban con el alistamiento a las fuerzas irregulares del ejército, donaciones, creación de cajas mutualistas, etc. La primera de esas grandes manifestaciones patrióticas fue la inscripción en el registro de españoles. Por supuesto que no todos los nacidos en la Península se asentaron en ese anuario, a pesar de la publicidad que le daba el Diario de la Marina en cada uno de sus números mientras se mantuvo abierto. Muchos, al igual que sucedió en 1959, no aprobaban el nuevo orden de cosas impuesto por la ocupación, pero por temor a represalias (que las hubo) no lo hicieron. Otros, los más, con derecho a hacerlo, ni siquiera se enteraron de su existencia por no saber leer ni escribir.

En cada ciudad del interior, a imagen y semejanza al de La Habana se creó un Casino español. El DLM publicaba entre sus páginas la fecha de la creación y los nombres de sus directivos. Como ya hemos afirmado, la principal preocupación de todos (tanto independentistas como nacionalistas), era en aquel primer año, la de restablecer la paz civil. Para conseguirlo, los peninsulares más patriotas decidieron abstenerse de participar en las luchas políticas de la primera hora, aconsejados por sus líderes que ya constataban su dureza futura. Lo dejaba presagiar este artículo, casi un poema de Reina María Rodríguez, del teniente coronel (mambí) Rafael Gutiérrez publicado en La Tribuna de Manzanillo en 1900:

Aquellos malos, estos peores

Hasta este momento histórico, cuanto se ha luchado en los campos de batalla por la regeneración material; y en la lucha por la idea por medio de la prensa libre y en la tribuna libre, no ha sido más que para cambiar unos administradores por otros, unos burócratas por otros burócratas, unos gobernantes por otros gobernantes.

Aquellos malos estos peores.

Aquellos corrompidos, estos podridos hasta los tuétanos.

Desde la esfera más alta a la esfera más baja de la administración pública, todo está podrido

Podrida la esfera más alta del gobierno.

Podridos los gobiernos civiles.

Podrida la administración municipal.

Podridas las Audiencias.

Podridos los juzgados

Podrida la guardia Rural.

Podrida la policía.

Podrida hasta la última oficina pública.

Todo hiede, como los cuerpos en estado de descomposición material.

¿Si este es el cuadro que presenta nuestra decrépita administración pública hoy, qué hubiera resultado si el país no fuera intervenido?

¿Cuál sería el resultado, si el elemento todo de la revolución hubiera organizado el Gobierno, las Municipalidades, etc., sin más ley que su voluntad, ni más régimen que su capricho?

¿Si, hoy, gobernando ellos una parte de la administración pública, notamos la ineptitud, el caos, el desacierto, la inmoralidad y la desidia; como estarla el país si lo gobernaran de arriba abajo?

No hay un pueblo, en todo el país, que un cacique de estirpe revolucionaria, osado, ignorante, atrevido, no lo gobierne a su antojo; o por lo menos influya, directa o indirectamente en las altas y bajas esferas.

Patrioteros en su minoría fueron a la revolución lanzados por las huestes weylerianas unos, otros porque no pudieron embarcar para extranjero suelo, algunos que marcharon a la guerra a comerciar con el ganado incautado por la revolución para su sostenimiento, y a corto número cabe la gloría de haber ido a luchar desinteresadamente por la redención de su patria,

¿A esa minoría revolucionaria, ensoberbecida, ignorante, engreída, inepta para el gobierno y los cargos públicos; viciada y acostumbrada al saqueo y rapiña de la guerra, hemos de confiar los destinos de la patria?

Continuará…


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