Actualizado: 14/12/2018 10:51
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Prensa, Fidel, Castro

Conmemoraciones: guataquerías y delirios

El Comandante no dejó ni siquiera una hoja escrita con un programa coherente para salir del desastre

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Del fanatismo a la barbarie sólo media un paso.
Denis Diderot

I

Un amigo que vive hace más de dos décadas fuera de Cuba comprende que el socialismo estalinista es un fracaso absoluto. Es capaz de hacer un análisis profundo, objetivo, de por qué tanto en la Isla, como en cualquier otro sitio donde se haya aplicado la receta, convierte lo poco en nada, reparte y profundiza la miseria, material y espiritual. Solo que cuando se culpa a Carlos Marx del origen de las desgracias, suele decir que ha habido una mala interpretación del filósofo. Pero es capaz de admitir, incluso, que los tiempos han cambiado, y que los telares de Londres del siglo XIX no son los cañaverales de Guamuta en el siglo XXI.

Toda conversación parece discurrir sobre rieles de inteligencia y mutuo aprendizaje hasta que se toca al extinto Máximo Líder. Si uno dice que el personaje reinó con carácter absoluto, y su reinado no parecía tener fin, con obras faraónicas, delirantes, empobrecedoras para una nación tercermundista, la cara de mi amigo comienza a transformarse en una mueca de disgusto. Si se continua con que el Finado es responsable directo o indirecto de crímenes que lo calificarían para la Corte Penal Internacional, ahí termina la conversación. De nada vale mostrarle estadísticas de fusilamientos, desplazamientos forzados como el Escambray, el hundimiento de un remolcador civil o el derribo de avionetas desarmadas. Lo único que no se le puede tocar es a ÉL.

Esa es una pregunta que he hecho a otros amigos después de leer y ver los homenajes póstumos de las últimas semanas, que no sorprenden, pero han sido tantos, tan ridículos, desmesurados, pesaos, que es obligada la interrogante: quienes se duelen, ¿son simuladores o pasto, como mi querido amigo, de un delirio?

Una temeraria periodista, irrespetando la más mínima noción de cultura y de respeto a quienes practican el Cristianismo ha comparado al Difunto Líder con Jesucristo. Como si fuera el segundo resurrecto de la Historia, afirma ella, habrá un antes y un después de su partida física. Otros muchos de su naturaleza, por estos días hacen oraciones paganas al Extinto Líder, quien, según ellos camina vivo entre el pueblo de Cuba.

Los cubanos de todas las épocas tienen una palabra para semejante desmesura: guataquería. Según la Real Academia de la Lengua, el muy cubano adjetivo quiere decir lisonjero, adulador. Cuándo empezó a usarse como sinónimo y por qué ese noble instrumento de labranza sirvió para identificar a los tracatanes puede que quede en el tintero. Lo cierto es que el guataca es parte de nuestra idiosincrasia nacional. Y como cualquier simulador —y potencial ingrato— el guataca tiende a exagerar, a ser rimbombante, y lo único que no debería en nuestra tierra, un pesao.

II

Tal avalancha de guataquería en los medios de comunicación cubanos pudiera evidenciar dos cosas: una, que el doblez y simulación entre los comunicadores y sus patrocinadores ideológicos ha escalado a niveles nunca vistos. La guataquería es directamente proporcional a la traición en ciernes, sobre todo en una Isla que, como decía mi abuela, hoy te acuestas del Mariano y mañana amaneces del Almendares. Nunca la guataquería fue más evidente que poco antes de la caída de Machado y de Batista. Aunque en Cuba siempre hubo un mal disimulado culto a la personalidad del Comandante, había cierto recato, alguna compostura para referirse a él. Hay anécdotas de cómo el Difunto, y también el hermano, ridiculizaban en púbico a los guatacas.

La otra evidencia que trasluce tanto azadón barato, es la necesidad de hacer presente al Extinto Líder debido a una grave ausencia de discurso político creíble, de persuadir a quienes llevan 60 años esperando para mejorar sus vidas. El hueco programático necesita ser tapado con urgencia, no con unas elecciones-selecciones ni una con una Constitución inconstitucional.

El Comandante no dejó ni siquiera una hoja escrita con un programa coherente para salir del desastre. Al contrario. Sus Reflexiones —recordaban las Riflexiones zumbadezcas— fueron una despedida-resumen de su incongruencia y ruptura con la realidad. Todas menos aquella, una de la últimas, y que con más mala entraña tituló —o le titularon— El hermano Obama. A pesar de todo el esfuerzo hecho por ambos bandos para recomponer las relaciones, él le tiró, inmisericorde, por la línea de flotación.

Algo bien distinto es el delirio, el enamoramiento con el líder. A eso no escapa ningún pueblo en ninguna época. Desde los tiempos bíblicos, era tal la lealtad de Urías a David, que tal vez sabiéndose engañado por este con su esposa Betbasé, aceptó marchar en la primera línea de combate para morir por su Rey. La explicación a semejante delirio con el Líder, a quien llaman Papá, Padre, Caballo, el Uno, Egregio, el Hombre y otras lindezas, no es explicable solo por el Síndrome de Estocolmo.

Tampoco por un déficit de inteligencia, déficit emocional o posición social. Al Difunto se le unieron desde el principio campesinos e intelectuales sólidos, estos últimos no le debían ni su fama ni sus comodidades. Cuentan que en la intimidad era tipo gracioso y tolerante, y con el cual rápidamente uno se sentía cómodo. Que le pregunten, sobre todo, a los políticos y los periodistas norteamericanos. No todas las plañideras del velatorio a Kim-Jong-il eran farsantes o miedosas. Pensar de ese modo sería un costosísimo error.

Numerosos sociólogos han ensayado sobre el tema del fanatismo, de esa relación piel con piel que se establece entre el líder y una parte del pueblo, y que escapa al análisis racional; personas que serían capaces de inmolarse sin tener en cuenta a los demás si el Jefe se los pidiera. Esos cubanos, como los venezolanos humildes, son los que mantienen en pie el manicomio. Y son también los que detienen o han detenido cualquier acción punitiva. Son, además, parte del pueblo, y en un futuro, aunque disguste, tendrán voz y voto, como sucede ahora en España con el dilema de los huesos del Generalísimo.

La ausencia física del Máximo Líder, y una campaña desmedida de resurrección con carburo logrará el exterminio de los que aún lo ven pasar en las tres limosinas negras por el malecón habanero. Están liquidando el delirio, no con medicamentos, sino con gastro-choques: casi todo el país amanece sin harina para hacer pan, un solo pan, un sencillito y malísimo pan que después de seis décadas es lo que toca por la libreta. París y Roma fueron así.


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