Actualizado: 21/07/2019 2:08
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¿Coopere con el artista cubano?

“¿Papi, te molesta si pongo a Silvio un ratico?”

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Yo no soy ningún virtuoso/de eso no se me acredita
Pero yo quiero en la islita/ ser un artista famoso
Willy Chirino (canción)

Uno de los conflictos más escabrosos que se plantearon las democracias posbélicas del Siglo XX fue cómo tratar a los intelectuales y a los artistas comprometidos con el totalitarismo. Esa palabra, compromiso, pudiera establecer alguna diferencia en el tema a debate: ¿hasta dónde el artista tiene que estar comprometido con el régimen en un sistema totalitario para ser y hacer visible su obra? ¿Es posible sustraerse a los encantos del poder absoluto cuando ha sido este, desde Grecia y Roma antiguas hasta el Berlín nazi y el Moscú comunista quienes deciden quien es y quien no es intelectual, artista, creador? ¿La estética está reñida con la política y ambas, con la ética?

En Miami se ha revitalizado la discusión sobre el llamado intercambio cultural, que ha derivado hacia la política y una suerte de osmosis financiera: el billete va hacia donde hay menos concentración de moneda dura. Atrás quedo la ilusión del sano intercambio —si acaso lo fue alguna vez— de haceres y saberes culturales, divididos por un cementerio de agua entre las dos orillas. El alcalde de Miami, Francis Suárez, hijo también de un ex alcalde de la ciudad, ha presentado una resolución para prohibir el intercambio con artistas provenientes de Cuba. De inmediato se han desatado voces a favor y en contra. No es una “ley”. Miami es parte de un estado, la Florida, y este de un país, Estados Unidos. Es, simplemente —y puede que no sea tan simple—, una petición al Departamento de Estado para vetar visas a ciertos artistas comprometidos con el régimen de la Isla.

Las razones esgrimidas por el alcalde y un numeroso grupo de políticos y artistas cubanos radicados acá son de índole política y ética. Los visitantes expresan su arte libremente y regresan a Cuba para ensalzar al régimen, y gastar el dinero en restaurantes, casas y otras propiedades. Mientras, el pueblo apenas puede escoger qué va a comer, vive bajo techos en peligro de derrumbe, y la mayoría no tiene acceso, por carecer de dólares, a los espectáculos de esos mismos artistas. En resumen: el llamado intercambio cultural promocionado por la administración Obama ha servido para alimentar una nueva casta de creadores mansos y obedientes, incapaces de manifestar critica alguna al gobierno y sus dirigentes.

Hasta aquí es bueno recordar de lo que son capaces los comisarios culturales comunistas. Eso no debe olvidarse. Para muestra la excelente película alemana, La vida de los otros, 1985, del guionista y director de Florian Henckel von Donnersmarck. En esos sistemas policiales de estado, la vida privada se hace pública, y la pública, incriminatoria. La mayoría de los artistas e intelectuales deben afiliarse a una “unión”, un sindicato, una empresa. Son estos quienes gestionan las ediciones de libros y publicaciones en revistas —todas las editoriales y las revistas, bajo supervisión del Departamento de Orientación Revolucionaria. Los instrumentos musicales, las giras, y apenas sin excepciones los trámites de pasaportes y visados para viajar al exterior.

Si eso no alcanzara para el susto, el artista cubano es padre, esposa, hijo, pareja. Tiene que llevar el plato de comida a la mesa. Sabe que lo que hace lo hace bien, su obra es única, irrepetible, y tiene derecho a venderla al mejor postor. Lejanos están los días en que Lezama Lima se ganaba el pan de cada día como notario en el castillo del Príncipe y con su salario y la ayuda de amigos solventes publicaba poemas y pagaba por Orígenes; ahora es la editora revolucionaria quien se encarga de todo, incluso de imprimir solo unos pocos ejemplares para que el capítulo VIII de Paradiso no sea una afrenta a la moral proletaria.

El artista cubano que viene de la Isla, como cualquier otro ciudadano, es un ser escindido en su ética ciudadana, con un daño antropológico que ni él mismo lo calcula. Si osa comparecer en un programa de televisión o radio en Miami, sabe que será inevitable la provocación política porque aquí están las víctimas, los perdedores. Como también sabe que aquí, en el mismísimo estudio, hay colaboradores y chivatos, no hace falta monitorear desde Cuba sus palabras, y opta por no ir o simplemente “darle curva” a las preguntas. Quizás el artista venido de la Isla sea más gusano y tengan más criterios que un asiduo al Versalles, odie más al régimen por su censura que todos los camarógrafos, directores, productores y presentadores del piso. Pero no puede descartarse. En Miami está su público natural. Siempre dirá a la familia y sus amigos, antes de volar desde La Habana, no desde Casablanca: siempre nos quedará Miami.

Es lógico también que quienes han renunciado a la inmoralidad y han roto con el régimen, sin pensar en dineros ni castigos, sean respetados. Muchos estuvieron años sin ver a sus hijos o sus esposas. Demasiados supieron de familiares enfermos o en estado terminal, a punto de fallecer en Cuba, y el régimen, en un imperdonable acto de crueldad, les negó la entrada, como a la gran Celia Cruz.

Habría, además, hasta un tema económico: la contratación de artistas de la Isla por salarios de miseria daña el mercado cultural; arruina a empresarios y creadores que viven en la Florida y pagan impuestos. Por si eso fuera poco, en tiempos de la cultura del reguetón, del universo barrial, misógino y trasgresor, la importación de impresentables y potenciales delincuentes transfigurados en artistas —que ya ni los comisarios de cultura toleran en la Isla— ofrecen una imagen de una Cuba que, si bien es real, actualizada, va corrompiendo el único reducto importante de buenas costumbres cubanas en el mundo.

Es aconsejable que el Departamento de Estado analice el visado de los enemigos de este país, sean músicos, escritores o campesinos. El enemigo es aquel que presta su voz o su lira, sus letras o azadón para servir a un régimen que, lo sabemos, es enemigo jurado de Estados Unidos. Y también sabemos que el régimen cubano jamás permitirá una voz contraria dentro de sus fronteras. No es que Willy Chirino cante “Ya viene llegando” en la Plaza de la Revolución, aquel himno que se repetía en Cuba en medio del llamado Periodo Especial. Es que Emilio, Amaury, Willy y tantos otros son más que canciones: son ejemplos del triunfo del artista cubano a pesar del silencio y la humillación oficial.

Habrá otros, dignos de misericordia, que vienen a hacer alguna payasada, a decir, no a cantar, un par de groserías en cansones, repetitivos compases; ganarse unos quilos para seguir especulando en una Isla de miserias y desamparos. En esos casos, tocará al ciudadano de esta ciudad, sobre todo a sus empresarios, juzgar los valores estéticos y éticos de los contratos.

Somos dueños de nuestros miedos y responsables por las consecuencias. Cuando mis hijos mayores, hechos hombres y mujeres en estas tierras, oyen al Silvio Rodríguez irredento —“¿Papi, te molesta si pongo a Silvio un ratico?”— el mismo del Playa Girón, al bardo de Mujeres y Días y Flores, les digo que ese es uno de los poetas más grandes que ha dado nuestro país. No pago por verlo. No compro sus discos. Pero no seré yo quien les ampute a ellos esa otra parte del cuerpo de la cultura cubana, como hicieron a mi generación sin pedirle permiso y sin pedir perdón todavía. Algún día ellos podrán hacer una valoración personal, libre, del artista, de su obra y de las circunstancias. Esta, por ahora, es la mía.


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