Actualizado: 14/11/2019 12:33
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¿De dónde son los cubanos?

A diferencia de China y Vietnam, regímenes comunistas con economía de mercado, Cuba ha impedido las inversiones directas de sus ciudadanos y descendientes

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Valor es lo que se necesita para levantarse
y hablar; pero también es lo que se requiere
para sentarse y escuchar.
Winston Churchill

De cualquier malla sale un cubano, oye, diría Cheo Feliciano al Designado el mal día en que en Irlanda, a miles de kilómetros de la Isla, con un frío que pelaba, la periodista y profesora cubana Annarella Grimal compartió en Facebook las declaraciones del visitante sobre política e inmigración. Con una deshonestidad y una antipatía que explican en parte por qué fue escogido, dijo que el régimen no excluía a nadie ni por política ni por sentimientos —esta es la parte dónde “la-Grimal”, llora— y que si hay exclusión es por culpa de los mismos excluidos. “En Cuba no se persigue a nadie por estar o no con la revolución”, dijo sin notársele cambio alguno en la voz, como si mentir fuera su oficio de siempre —por supuesto, nadie le recordó al abogado Roberto Quiñones y ni al líder de UNPACU, José Daniel Ferrer. Delante de algunos compatriotas, quien desempeña el personaje de presidente de la república en la tragicomedia, también habló de la reciente Constitución, a la cual y como una regalía, el Partido Comunista concedió a los emigrados el derecho —así es su poder omnímodo— de dar sus opiniones.

Esta reunión con la emigración cubana pudiera haberse celebrado en cualquier punto del planeta menos en Miami, el lugar donde hay cientos de miles de víctimas —o “autoexcluidos”— que por diversas razones y por más de medio siglo han tenido vetada la entrada a Cuba. A ellos bien aplicaría el concepto de desterrados o sin tierra, o deportados, pues fueron empujados a salir y sin derecho al retorno. También por acá viven aquellos que por decoro —¿autoexcluibles o excubanos?— han renunciado al pasaporte más caro del mundo para entrar a su propio país. De tal manera, Miami se ha ido conformado como una ciudad-Estado medieval, una especie de gueto moderno con murallas invisibles para protegerse del asedio de la “dictadura del proletariado”. Razones para amar o rechazar a Miami sobran. Pero nadie puede quedar indiferente cuando se habla de la segunda ciudad de los cubanos, o La Habana del Norte.

El título de este trabajo remeda el libro del poeta y ensayista Néstor Díaz de Villegas De donde son los gusanos, quien a su vez toma del Trio Matamoros y del “Son de la loma” esa estrofa para nombrar la “crónica de un regreso a Cuba después de 37 años de exilio”. Cuenta la leyenda que Los Matamoros iban a presentarse en un pueblito de la Isla allá por los años 30 del siglo pasado, y una niña se acercó a Miguel, y preguntó de dónde eran. Sin otra respuesta a mano, el líder del trío más famoso de Cuba dijo que ellos venían de lejos, de la loma. Del mismo modo, Díaz de Villegas en su muy recomendable texto, nos recuerda que los “gusanos”, ese sobrenombre despectivo, facistoide, con el cual el régimen trata a quienes disienten, vienen del Norte, de otra loma —sin duda, una cuesta de difícil ascenso— que por su fuerza cultural, económica y política es la primera ciudad de la Isla fuera de sus fronteras.

A la pregunta que de dónde son los cubanos no se puede responder con el argumento de los gentilicios. Tal ha sido la mezcla en la diáspora, sobre todo en Estados Unidos, que el termino cubanoamericano es indefinible como lo podría ser newyorrican. Caprichos de la historia, no fuimos colonia formal, estado libre asociado de los norteamericanos como los borinqueños, pero ha querido el azar que la Isla termine siendo una dependencia afectiva, cultural y económica del vecino al Norte. Toda aquella perorata contra el “fatalismo geográfico” que tan vehementemente nuestros maestros de secundaria trataron de enseñarnos, terminó negada por la realidad. El mecanismo por el cual la sociedad cubana es hoy más pro-yanqui que nunca se debe a una sutil paradoja: nada provoca mayor curiosidad que lo prohibido; nada acerca más a un vecino que estar mentándolo todo el día. Su ese vecino, además, es un hombre exitoso y del cual una buena parte del barrio depende, el sentimiento de rechazo se llama envidia. Y en Cuba los envidiosos, como los pesaos, no tienen muchos seguidores.

Miami ha venido a ser algo así como la Tierra Prometida, allí donde después de un largo peregrinaje histórico, una parte del pueblo cubano ha encontrado su sitio para nacer, crecer, vivir e incluso morir. Y ha encontrado un buen sitio para relocalizarse no solo por el desarrollo del país receptor y su flexibilidad inmigratoria —en estos tiempos lacerada—, sino porque cada generación de cubanos que ha llegado ha sido como un colchón para que los recién venidos descansen, alivien las heridas, y comprendan que el exilio es un naufragio y hay que nacer de nuevo, empezar de cero.

Aun así, cada compatriota encuentra en Miami su Bodeguita del Medio y su Carreta, un puesto de frutas y viandas —con todo y para el bolsillo de todos; descubre un parque Antonio Maceo y otro José Martí. En la televisión vuelve a ver a los presentadores y artistas favoritos, desaparecidos un día de la Isla sin decir adiós. Y la música, sobre todo la norteamericana para la generación de quien escribe, que nos hace sentir en casa, sin que las melodías salgan entrecortadas ni haya que conectar un alambre al VEF para oír el American Top 40 —inolvidable “Casey” Kasem. Pero si a los cubanos de Miami faltara algo en este invernadero idiosincrático que es Miami, siempre hay un Ático y un Pepe Forte para refrescar cada tarde de tráfico infernal.

Interludio Deportivo: mientras redacto estas líneas, se juega la Serie Mundial de béisbol entre Nacionales de Washington y Astros de Houston. En la Isla, cuyo pasatiempo nacional es ese deporte, no se ha publicado una sola línea de la mejor pelota del mundo. ¿Acaso porque en los Astros militan tres compatriotas? Dos de ellos, Yordan Alvarez y Julieski Gurriel son estrellas, aclamadas por el público, menos por el de su tierra pues no existen. Esos “no son cubanos”, diría otro cubano —porque no se fue—, Ignacio Piñeiro.

La deportación sin juicio ni decreto ha dado como resultado que generaciones de compatriotas, cual Lot de nuestros días, escapen sin mirar atrás, y a golpe de nostalgias y sudores hagan suya una tierra ajena. Eso es algo que muchos amigos latinoamericanos no comprenden. Mas allá de las consideraciones políticas, que existen y nadie las niega, el gobierno de Estados Unidos ha otorgado a los cubanos un tratamiento diferenciado porque en muy pocas naciones el nombre de un individuo aparece en una computadora donde le niegan la entrada a su propio país; lo hacen virar al lugar de donde salió sin aclaración mínima, sin una disculpa decente. No hay que hacer nada fuera de lo humano para ser castigado de tal manera por ese tribunal sin rostro: basta escribir unas líneas desprovisto de un seudónimo protector.

A pesar de todo, la verdad de la economía termina imponiéndose: algunos podrán ser “excubanos”, “autoexcluidos”, pero no pueden prescindir de sus “exdólares”. La última artimaña para sobrevivir ha sido dolarizar la economía reinventado la casa de Hernán Cortez II —espejitos por oro. Como es habitual, los deportados y los semiperdonados —el castrismo perdona, pero no olvida—, serán los encargados de llenar las arcas del régimen, un camino no tan expedito para acabar con la doble y triple moneda. Ha sido una respuesta perspicaz del régimen contra el bloqueo -aquí cabe la palabrita- a las desmesuradas remesas y las inversiones de los emergentes sectores privados en la economía informal.

A diferencia de China y Vietnam, regímenes comunistas con economía de mercado, Cuba ha impedido las inversiones directas de sus ciudadanos y descendientes. Esperan que el truco de las tarjetas de depósito en dólares funcione sin tener que “abrir el banderín”. La medida es astuta, pero quizás esté destinada al fracaso con las nuevas medidas que la administración Trump desea imponer antes de fin de año. Como dice cualquiera con dos dedos de cerebro -no basta la frente, el cráneo puede estar vacío-, solo con la verdadera liberalización de las fuerzas productivas y que los cubanos, sin distinción alguna, puedan regresar e invertir en su propio país, Cuba podrá salir del abismo al cual el general-expresidente dijo estar abocados.

La pregunta no es de dónde son los gusanos, o los cubanos —porque los “gusanos” ya somos demasiados, casi sobramos—, sino de dónde son los “billetes”. Y eso está claro para todos, en primer lugar, para el régimen. Cómo luchar “por unos dólares más” sin morir en el intento. Mientras traten de forrarse sin hacer concesiones, sin negociar libertades y derechos que son indispensables para los seres humanos, cualquier estrategia para la “captación” de divisas será una empresa con destino incierto. Peor aún si el régimen pretende que Miami siga siendo uno de los motores —y el único que funciona con eficiencia—, de la economía cubana. Que no se la jueguen al sentimiento de la gente en el exilio: la piedad por los cautivos y los dólares fueron al campo un día…

Para ilustrar cómo se han adaptado los cubanos a vivir fuera de su Patria, basta una anécdota familiar. Un pariente que vive en una gran ciudad al norte de Estados Unidos solía jugar golf en un selecto club los fines de semana. Un día, cierto adversario —puritano, descendiente directo del Mayflower— le preguntó de dónde era. “Soy de Cuba”, dijo él. El golfista gringo preguntó, respetuosamente: ¿y qué hace un cubano por acá, tan lejos de su tierra? Mi pariente tuvo que explicarle que trabajaba en un instituto de investigaciones; allí era jefe de un departamento. “Mientras vivía en Miami nadie me preguntó de dónde yo era”, me dijo. “Pero si lo hubieran hecho, la respuesta hubiera sido, chico, de dónde voy a ser, yo soy de aquí, de Miami”.


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