Actualizado: 17/08/2018 22:24
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Exilio, Comida, Remesas

De Estocolmo, no: Síndrome de Cuba

El régimen cubano utiliza móviles parecidos que el antiguo amo español para manipular y controlar al exilio cubano, y lograr así su sobrevivencia, precaria pero efectiva

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En la última carta a su madre, escrita en México mientras agonizaba, José María Heredia le decía, premonitoria y ñoñamente:

“Les advierto para que no se espanten, que no van a ver a mí, sino a mi sombra. Quizá con el ajiaquito, el ñame y el quimbombó lograré restablecerme algo, no menos con la compañía de su merced y de mis hermanas…”.

Después, antes de terminar la carta, mencionaba la “batalla de los berros” que esperaba le salvara de su lucha contra la tuberculosis, aunque “aquí no se encuentran en ninguna parte” …

Cinco días después, el 7 de Mayo de 1839, a los 35 años, moría el Cantor de la Libertad de Cuba.

Pocos meses antes, doblegado por el dolor de la lejanía de sus seres queridos y deseando poder ver al menos una vez a su madre anciana, pidió perdón en una carta de honda sinceridad dirigida al Capitán General Miguel Tacón, arrepintiéndose de su emancipatoria locura juvenil, que habría quebrado a la “próspera Cuba”, para incluirla en el lamentable espectáculo que él estaba viviendo en las repúblicas latinoamericanas, independizadas y anarquizadas.

El mismo poeta, al recién llegar al exilio, frente el grandioso espectáculo del “Niágara undoso”, había tenido otra evocación en flash back iluminador: “¡Ah, las palmas! ¡Las deliciosas palmas…!”

Heredia, autor también de “Los placeres de la melancolía”, era un romántico depresivo y atormentado, pero también un cubano que gustaba de la comida criolla y el paisaje insular.

En estos casos, como el poeta que inaugura la antigua tradición cubana de los exilios y destierros y que llega hasta hoy, se manifiestan tres cuerdas muy sensibles movidas por la lejanía de la patria: la familia, la comida y el paisaje.

200 años después, el régimen cubano utiliza móviles parecidos que el antiguo amo español para manipular y controlar al exilio cubano, y lograr así su sobrevivencia, precaria pero efectiva.

Paradójicamente, hoy el exilio representa para el régimen cubano el más importante renglón de ingresos, por delante del turismo y los otros productos que exporta el país (médicos incluidos).

El exilio cubano quizá es un caso único en la historia de los destierros políticos, pues nutre al origen de su extrañamiento. Ni los “rusos blancos”, ni los republicanos españoles, ni los exiliados sudamericanos de los 60 y 70 tuvieron la necesidad ni la posibilidad de hacer esto: más bien, recibían de sus parientes, en lugar de enviar.

Hace años, en ciertas fechas del año en Cuba, ante los bancos solían formarse colas de los chinos ancianos que enviaban “remesas” a sus familiares en la lejana patria. Ignoro si eso se mantiene en la actualidad, y me surge la duda si esos chinos o sus hijos y nietos, emigrados luego a Estados Unidos, por ejemplo, continuarán remitiendo su óbolo familiar a China y también a Cuba, pues tendrán familias en ambos países.

Las “remesas” del exilio cubano, a su pesar, inyectan sangre al voraz aparato digestivo y destructor del sistema. Los abundantes envíos desde la diáspora sostienen el débil esqueleto de la dictadura insular, así como las frecuentes visitas que los exiliados realizan a la Isla, dejando un generoso impuesto de moneda dura, bienes y consumos. Incluso, sin ir a la Isla, basta que mantengan vigente su costoso pasaporte cubano para que contribuyan decisivamente al sostenimiento de la dictadura. El régimen engulle ávida e insaciablemente esta transfusión que le viene por todos lados, y ni así logra reconstituirse, en franco proceso de depauperación y desintegración. Pero este sistema, como algunos parásitos voraces, terminan consumiendo por completo al cuerpo que lo aloja y acaban muriendo con él.

Desde su origen histórico, Cuba fue reconocida hiperbólicamente como “el lugar más hermoso que hubieran visto ojos humanos” (Colón repitió esto en varios sitios de sus viajes americanos, de igual modo que Humboldt solía bautizar cualquier lugar en que era tratado generosamente como “el mejor clima del mundo” … Los viajeros no se fijan demasiado en los detalles, pero crean estos tópicos, sobre todo en los trópicos. Y resultan típicos.).

Pero, concreta y físicamente, hay varias circunstancias evidentes las cuales, al mismo tiempo que muy atractivas, también contribuyen para que la tiranía se sostenga en Cuba. Su condición insular la mantiene adecuadamente aislada del resto del mundo: allí sólo entra o sale quien quiere y autoriza el Gobierno. Esa es la indeclinable vocación de las islas, sean Mompracem, Montecristo o Alcatraz: son presidios potenciales. La “maldita condición del agua por todas partes” de la que se quejaba aquel Virgilio cubano, quien sabía mucho más del infierno que su tocayo latino.

En Cuba, con su clima tan agradable y su paisaje soberanamente hermoso, son también dos lazos poderosos que atan para siempre a quien nace allí. Su comida incitante y rudamente condimentada y otros placeres mundanos, hacen del sitio un lugar memorable. La memoria gustativa es una de las más potentes: “los hombres olvidan antes a sus dioses que a sus comidas”, decía un negro esclavo lucumí. “Nacer en Cuba es una fiesta innombrable”, dijo un poeta goloso como el que más, quizá pensando todavía en esos ya distantes placeres.

Y, un tercer elemento de vínculo, no material ni paisajístico, sino de índole sociológica, es el profundo arraigamiento y la firmeza indestructible de los lazos familiares entre los cubanos, quizá uno de sus rasgos más distintivos y perdurables. El cubano se mueve con su familia, y si no, termina trayéndola consigo, aunque sea gota a gota. Y si pudiera, se llevaría hasta el barrio. Los lazos familiares, amistosos y de compadrazgo, han sido realmente más sólidos y efectivos a la larga que los religiosos y políticos a través de toda la historia cubana.

El asistencialismo del exilio hacia los parientes en la isla es la única tabla de salvación para estos, pues el régimen les niega toda posibilidad legítima para sobrevivir ateniéndose solamente a la oferta nacional. Por eso ha dicho un sabio: Si estás vivo hoy en Cuba, algún delito debes estar cometiendo. Las leyes están concebidas precisamente para que sean transgredidas y se establezca una suerte de complicidad entre opresores y oprimidos, en un implícito contrato de engaños mutuos; el Poder dice a sus sujetos: “Sé que me mientes, pero te lo consiento con tal que no te rebeles abiertamente. Y si te enfrentas no lo toleraré y seré implacable.”

El régimen, muy hábilmente, ha manipulado todos estos lazos y vínculos: la familia, la comida y el paisaje han sido grilletes perdurables para los cubanos que escaparon de la plantación, pero añoran lo suyo y a los suyos que debieron dejar atrás. Los cubanos pueden alejarse físicamente de Cuba, pero la llevan anímicamente con ellos, incrustada donde quieran que van en su destierro. Ignoro si los albanos o turmekistanos experimentan algo semejante. Puede que sí.

Primero Castro consideró a los cubanos que huían de él como enemigos despreciables y odiables, a los que había que borrar. Además, al huir, dejaban un botín para repartir entre los adeptos: casas, automóviles, muebles, joyas… Esos que negaban el cuello al yugo eran los “nuevos rebeldes”, que se enfrentaban a los “rebeldes originales”, y eso no podía tolerarlo el régimen. Pero luego se percató que estos díscolos cimarrones podían ser un gran negocio, y no se equivocó. Aquellos primeros “gusanos” despreciables, sólo merecedores de ser aplastados sin piedad, se hicieron larvas dialogueras, y más tarde espléndidas mariposas multicolores, que alegraron nuevamente el paisaje insular con sus florecidos bolsillos, nuevas cornucopias de abundancia inagotable. Muchos que ayer fueron arrojados a patadas, hoy, si saben observar los códigos de conducta establecidos, son recibidos con exquisita cortesía en la ergástula de la que se fugaron. Y muchos van con un sentimiento de revancha y triunfalismo. Pero, mientras no protesten, no hay ningún problema. Son, ya lo dijo otro poeta, “las reglas del juego”.

De enemigos mortales pasaron a visitantes tolerados, y ahora son huéspedes consentidos y hasta bienvenidos. Este cambio ha coincidido, y no casualmente, con la progresiva carencia de recursos para sobrevivir y mantenerse: el régimen, no por convicción humana sino por conveniencia económica, ha ido abriendo el puño en la misma medida que ha dejado de recibir otros apoyos (URSS, Venezuela…) lo cual apunta la posibilidad razonable que, si no adoleciera de dicha necesidad, volverá a apretar la garra. No será la primera ni la última vez, mientras dure.

Lo mismo ocurrió con el turismo extranjero: primero el régimen lo exhibió como el símbolo supremo de la decadencia y la putrefacción del capitalismo corruptor e inmoral, dado a todos los vicios, desde 1959 hasta 1978, cuando el Festival Mundial de las Juventudes; pero luego apreció el formidable beneficio que podía obtener de él (con los primeros encuentros de la Comunidad Cubana en el Exterior, la anfibológica “diáspora”), y puso en la balanza de sus intereses la ideología en un lado y el enriquecimiento en el otro y prevaleció éste. Pero no sólo del turismo extranjero —más bien rastacuero y de tercera, con presupuesto roñoso y limitado— sino del turismo nacional que venía de fuera, de ese mítico lugar donde brotan abundantes los dólares en las ramas —bajitas— de los árboles.

Aquella añeja afirmación de que “con los principios no se negocia”, ha quedado discreta y oportunamente escondida en lo más profundo de la gaveta ideológica del régimen. Deberían actualizarla: “Con los principios no se negocia… mientras no sea necesario”.

Ya sean la yuquita, el berro y el ñamecito, o sus palmas deliciosas, o las arenas de Varadero, o el abrazo de la abuelita y la tía y el sobrino, todos son vínculos condicionantes que los cubanos no podemos (o se nos hace muy difícil) suprimir, y eso viene desde el pionero Heredia. Posiblemente esas mismas debilidades algún día se conviertan en virtudes renovadas, para emprender la reconstrucción de un país hoy dañado hasta en la genética.

Esos “placeres de la melancolía” de los que escribía el bardo, son claves para entender el alma cubana y asimilar esa dependencia invencible que requiere volver al principio incansablemente… Por esa asombrosa perseverancia en su tormento, los cubanos son Tántalos, y por su infinita capacidad de recomenzar desde cero, una y otra vez, también son los Sísifos del Caribe. Si lo dejan, el cubano, como el salmón, regresa a su origen para desovar y morir.

Semejante tragedia, por su intensidad, magnitud y masividad, supera con mucho a aquel incidente ocurrido en Estocolmo, cuando fueron retenidos sólo cuatro rehenes durante seis días del mes de agosto de 1973; así pues, es de mucha justicia, teniendo en cuenta ese atropello que ha sometido a millones de personas durante casi 60 años, con tanta aceptación y beneplácito de sus víctimas, proponer ya rebautizarlo para su estudio clínico como el “Síndrome de Cuba”: sería otro “aporte” a la ciencia de esa “potencia médica” que el régimen proclama por el mundo…


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