Actualizado: 16/09/2021 9:49
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De Miami camino a Washington: el exilio cubano entre la conciencia y el corazón

Los cubanos no quieren migajas en medio de su desgracia, han identificado correctamente el origen del mal y están decididos a extirparlo de raíz

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Días atrás, Yessy World, una simpática y muy inteligente influencer cubana, urgió a los cercanos colaboradores del “viejito” Joe Biden, para que le colocaran correctamente en el oído el aparatico, a fin de que pudiera escuchar bien el reclamo de los antillanos rebeldes. A juzgar por sus últimas decisiones, el presidente, va mejorando de oídos. La mayoría atronante de una nación que ha despertado repite: los cubanos no estamos pidiendo comida, tampoco visas, ni siquiera la urgencia de medicamentos, exigimos libertad.

Buena parte de la prensa extranjera, inclusive la acreditada en el mayor archipiélago del Caribe, se ha encargado de tergiversar los extraordinarios sucesos que hoy se viven allí, iniciados con el estallido social SIN PRECEDENTES, mayúsculas a propósito, este 11 de julio de 2021.

Hablando de precedentes, si que los hay tratándose de mellar las voces de la prensa extranjera, acreditada según las normas de un supuesto estado de derecho, inexistente bajo el totalitarismo castrista. La última víctima se nombra Ramón Espinosa, fotorreportero español de la AP, golpeado en el rostro hasta sangrar el domingo rebelde de julio.

Lo primero es lo primero, porque una de las reducciones mal intencionadas y/o mal informadas es recordar el célebre “maleconazo” del 5 de agosto de 1994, citado como precursor de una protesta extendida a decenas de ciudades a todo lo largo y ancho del país, sin exagerar multitudinaria, generadora de una represión jamás antes vista en los 62 años de castrismo.

Pero no se trata solo de números, hay mucho mas: durante la tarde calurosa de aquel agosto en los barrios cercanos al Malecón habanero, únicamente fue allí, la gente salió en turbas, apedreando vidrieras de las recién abiertas tiendas en dólares, moneda que circulaba por vez primera, un panorama muy distinto al de hoy.

Tampoco los inconformes de aquel momento corearon consignas contra el régimen. La revuelta terminó cuando las tropas especiales cercaron el área “caliente”, mientras el Comandante caminaba por el Paseo del Prado, vitoreado una vez más, como él estaba acostumbrado a serlo.

Fidel Castro desapareció, una pequeña caja con sus supuestas cenizas es todo lo que va quedando de tan augusta persona, en tanto la veneración hacia su figura se está deteriorando con una rapidez imprevista hasta para sus enemigos acérrimos. Por cierto, ni siquiera se sabe cómo y de qué falleció el inmortal sujeto.

El colmo de los seudo informadores, entre la cobardía y la infamia, que suelen andar juntas, sumándose al enorme monopolio propagandístico del estado comunista, es colocar a partes iguales, durante los sucesos recientes, el asalto parcial a un par de tiendas dolarizadas, junto a la ira desbordada al virar ruedas arriba varios autos policiales, con los coros valientes de miles de jóvenes, gritando abajo el comunismo, basta ya, no tenemos miedo, patria y vida, exigiendo el cambio con la peor de las ofensas posibles, gritada al presidente marioneta de Raúl Castro, frase unimembre, grosería legítima que identifica a su excelencia Miguel Díaz-Canel. (Hasta en Google puede buscarse “Diaz-Canel singao”)

Los cubanos no quieren migajas en medio de su desgracia, han identificado correctamente el origen del mal y están decididos a extirparlo de raíz. Se trata de libertad, de cambiar dictadura por democracia.

Ahora bien, sucede que los pueblos participan, en su humana condición, de razón y sentimientos. En las calles de Cuba han soltado a los perros, unos ladran a la orden, reforzando el terror, otros humanoides, ni siquiera articulan palabras, ocupados en golpear salvajemente a sus semejantes, brazos ejecutores de una maquinaria concebida para actuar bajo la más absoluta impunidad, fuera de la ley.

Aún quedan más de 600 presos de la redada que dio comienzo el pasado 11 de julio, han condenado a prisión, incluso a niños y niñas de menos de 18 años; la contrapartida son jóvenes de similar edad, incorporados bajo coacción al contingente uniformado, compartiendo el trabajo sucio de la dictadura.

No por reclamar democracia, derechos humanos y el cambio, se olvida el hambre, la falta de medicinas y la explosión incontrolable de la covid-19, acompañado de otras plagas que proliferan en medio de la insalubridad reinantes.

Sale del corazón adolorido de dos millones en la diáspora, pedir de urgencia, frente a la Casa Blanca, una intervención humanitaria que ponga fin, con una fuerza mayor, al pronóstico tenebroso que se viene encima de los cubanos de la Isla. Sin embargo, este clamor nacido de la impotencia y la desesperación, merece detenido razonamiento.

Apelando al sentido común, está muy lejos en el horizonte la opción de una decisión tan extrema, se trata de invadir por las armas otro país, con la esperada respuesta de un estado que, desde su fundación en 1959, ha enarbolado precisamente el peligro de una agresión norteamericana como fundamento político de su existencia.

El castrismo ha utilizado con malvada eficacia la apelación al antimperialismo, movilizando a la opinión pública internacional a su favor, en tanto los prejuicios anexionistas, tratándose de EEUU, suelen paralizar a una parte de los cubanos. Aunque el pedido de intervención humanitaria del exilio, está totalmente desligado de la peregrina idea de Cuba estado No. 51 de la Unión Americana, la política, arte de lo posible, se opone a la también peregrina solicitud de resolver con un ejército extranjero el dilema nacional cubano.

¿Se han preguntado seriamente los que claman ante la Casa Blanca, cómo y con qué medios esperan que se produzca tal intervención? ¿Han pensado en sus consecuencias?

Una cosa es traducir a medidas concretas de presión sobre el gobierno genocida, la imperiosa necesidad de una postura vertical, consecuente, sin medias tintas, de parte de EEUU, y otra cosa es llamar a la guerra, opción que, siendo además en extremo improbable, puede de hecho, frustrar energías en sentido equivocado.

A veces la verdad duele, pero la libertad tiene su precio y es preciso pagarlo o renunciar a vivir sin libertad. El propio sentido de disfrutar derechos, implica, desde Maceo y Martí, ejercerlos, no vienen bien como regalo humanitario.


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