Actualizado: 10/07/2020 19:25
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Internacionalismo, Misiones, Médicos

Del internacionalismo proletario al mercantilismo utilitario

En el caso de las misiones médicas es posible explicarnos la trasmutación de una idealizada ayuda solidaria a una simple colaboración bien pagada y bien cobrada

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El ruiseñor se niega anidar en la jaula, para
que la esclavitud no sea el destino de su cría.
Khalil Gibran

Las misiones internacionalistas médicas con profesionales, técnicos y personal de apoyo, comenzaron casi desde el inicio del proceso revolucionario cubano; llegaron a ser, junto al deporte, la cultura y la educación parte imprescindible de la vitrina del socialismo insular. En la expresión vitrina no hay intención peyorativa, sino todo lo contrario: se exhibe al público lo que se tiene. Solo que, en este caso, si bien es cierto que en las ciencias médicas, el deporte, la cultura y la instrucción Cuba obtuvo significativos avances en las primeras tres décadas de existencia —negarlo es un absurdo—, esas esferas no productivas estuvieron subvencionadas por la extinta Unión Soviética y sus satélites, y sobre todo, por las carencias en otras áreas de desarrollo y necesidades del pueblo.

En el caso de las misiones médicas es posible explicarnos la trasmutación de una idealizada ayuda solidaria a una simple colaboración bien pagada y bien cobrada. La propaganda siempre ha pretendido dar un tinte humanitario y despolitizado a los “misioneros” de la Isla. Aunque duela admitirlo, ni antes ni ahora las “misiones” son solo acciones misericordiosas. El mensajero es el mensaje: con la Biblia vino la espada; con la bata blanca vino el cepo de la intolerancia y el totalitarismo.

Hay una sustancial diferencia entre la primera misión médica cubana a Argelia en 1963, y las brigadas de la salud expulsadas ahora, vaya coincidencia, de los territorios de Brasil, Ecuador y Bolivia como sucedió con los jesuitas en el Siglo XVIII. En Argelia, Ahmed Ben Bella había tomado el poder, lo cual derivó en un régimen socialista-nacionalista. La delegación médica cubana hizo un viaje casi furtivo de 19 horas al país norafricano, vivió en condiciones deplorables, y según relatan, pasaron meses sin cobrar un centavo en un país devastado por la guerra y enfermedades apenas conocidas en la Isla.

Para hacer una valoración justa habría que ponerse en los zapatos de aquellos primeros “internacionalistas”. Durante las décadas de los sesenta, setenta e incluso ochenta, primaba aun el espíritu de entrega, de renuncia, incluso a la vida propia. Existía ardor revolucionario porque todavía una parte significativa de la población creía en el Difunto y en el Socialismo. Quienes fueron entonces a zonas de conflicto como Angola, Etiopia, Nicaragua, Congo, Mozambique, Vietnam, Yemen y otra decena de países, lo único que recibían a cambio era un estipendio menudo, el sueldo completo en Cuba, la posibilidad de comprar un automóvil ruso, y los más afortunados, un apartamento de prefabricado. Los médicos y técnicos internacionalistas eran vistos con respeto y admiración en hospitales y policlínicos: habían chocado con la “clínica dura”.

Poco, muy poco se ha escrito sobre la verdad de las misiones médicas cubanas en aquella época, sus luces y sus sombras. La “misión clínica” jamás estuvo desvinculada de la “tarea política” En casi todas las grandes brigadas médicas hubo núcleo del Partido y Juventud Comunista; en países en conflicto o con gobiernos frágiles, un militar o un “compañero” “atendía a los cooperantes”, y había preparación combativa, y un alijo de armas, en caso de guerra. Una estructura vertical desde las embajadas reproducía el mando hasta la brigada médica más pequeña y en el lugar más remoto. En algunos lugares estaba prohibido “intimar” con la población civil excepto por cuestiones de trabajo.

Sin embargo, sería difícil encontrar “misioneros” de la salud que se arrepientan de los servicios clínicos prestados a cientos de miles de africanos, asiáticos, latinoamericanos y árabes. Es la gran contrariedad del colaborador cubano: son utilizados o se dejan utilizar políticamente, pero además de ayudar a los suyos en Cuba, han salvado millones de vidas que de otra manera poca o ninguna atención médica hubieran recibido.

A pesar de eso, no en todos los lugares fueron bienvenidos los profesionales de cubanos. Y los primeros en rechazarlos fueron los mismos colegas del país de destino. Ellos se organizan en sindicatos y asociaciones que los defienden. Y por las razones que sean, los de la Isla eran una competencia un tanto desleal: los médicos y técnicos cubanos nunca ponían “peros”; estaban dispuestos para trabajar sábados y domingos, y en una época tenían una preparación técnica y científica acorde a los más altos estándares internacionales.

Otro rechazo era el de las clases medias y altas de la sociedad. Al ser una masa instruida y la que daba empleo a sus compatriotas, temían la “infiltración comunista” en los sindicatos y la empleomanía de hospitales y centros comunitarios. ¿Era justo? No lo sé. Lo que si sé es que no éramos nadie para juzgarlos. No estábamos en nuestro país. Con el tiempo, y alguna atrocidad hecha por un descarriado, la gente más pobre también se hizo eco del disgusto. A pesar de todo esto, las deserciones de médicos y técnicos de eran pocas, casi inexistentes.

Todo el proceso de caída libre puede haber comenzado, paradójicamente, con el incremento de la colaboración médica con el exterior. En 1998, el huracán Mitch golpeó con saña Honduras y Guatemala. El régimen envió hacia la zona cientos de médicos y técnicos —la brigada médica hasta entonces más voluminosa—, lo que derivó en el Programa Integral de Salud (PIS) una nueva modalidad de colaboración, masiva y sufragada por organismos internacionales. Parte de este programa fue crear la Escuela Latinoamericana de Medicina, y más tarde una especie de fuerza de tarea médica para desastres, la Brigada Henry Reeve[i].

De ese modo, el declive ético y técnico puede establecerse a principios de los noventa. No es una coincidencia que se ubique en los tiempos del mal llamado Periodo Especial, tras la caída del campo socialista y el cese de los suministros soviéticos. La inmensa colaboración internacional más el faraónico proyecto del Médico de Familia —un médico y enfermero con casa para ambos y cada 120 familias en todo la Isla—, demandaban miles de millones de dólares. Queda por escribir sobre la salida masiva de médicos al llamado “exilio de terciopelo” buscando, por su cuenta, una manera de sobrevivir a la bicicleta —el Moskvich y el Lada se podrían en el garaje por falta de gasolina— y al picadillo de soya. Pudiéramos hablar de miles, quizás tantos o más que los 3.000 que el régimen dice haber abandonado el país en los primeros tiempos.

Con la victoria de Hugo Chávez en Venezuela, y la instalación progresiva de un régimen autoritario, Cuba había encontrado una nueva forma de financiamiento a través del trueque: médicos por petróleo. Pero también la colaboración médica cubana como capital político para ambos países: el personal se convertía, de hecho, en portador de la “evangelización revolucionaria”. Algunos “escapados” relatan que los consultorios estaban llenos de propaganda política, incluidos videos “revolucionarios” en la sala de espera.

Para garantizar los miles de colaboradores que necesitaba Venezuela, después Bolivia y Ecuador —no olvidar el neo-sandinismo orteguista—, el régimen ideó incentivar con divisas a los cooperantes: un cuarto del salario pagado al individuo y otra cantidad a la familia, depositado en bancos y no extraíble hasta su regreso. Diversas fuentes calculan que el ingreso anual por estos servicios en el extranjero representa la segunda o tercera entrada de divisas al país.

La necesidad de tanto personal conspiró contra la selectividad. Se “coló” gente de todo tipo, pelaje y carencias. Para garantizar los servicios médicos dentro de la Isla, el régimen prohibió la salida por reunificación familiar por más de cinco años, incumpliendo sus propios compromisos y de manera cruel, el recuentro de padres e hijos. Nada de eso funcionó porque desde el principio tenía el sello de la maldad: cientos de profesionales y técnicos, una verdadera estampida, abandonó las misiones en Venezuela, Ecuador y Bolivia.

Hoy día la única posibilidad para un profesional de salud pública de tener una vida más o menos digna es poder irse dos o más años a un país lejano. La vida en Cuba no ha cambiado y seguirá sin cambiar: solo de dólares vive el cubano. No es muy moralista valorar a quienes así deciden sus vidas, y regresan, permanecen con su familia. Siempre habrá un médico necesitado, viviendo en miseria casi absoluta, haciendo guardias mal alimentado, mientras otro colega regresa de una misión y toma “cerveza de latica” en el portal de su casa. Quienes se “quedan” pagan un precio bien alto: no podrán entrar a la Isla por ocho años, y el dinero depositado en los bancos pasará a manos del Estado. No hay manera de negar una realidad que por seis décadas nos persigue: quien “se queda” sufre y hace sufrir a su familia.

Con la salida de cientos de médicos y técnicos de Brasil, Ecuador y Bolivia, los erarios del gobierno van a tener una pérdida sensible. Pero será transitoria. Habrá desgobiernos dispuestos a dejar ingresar “misioneros” de la salud bajo cuya bata esconden el manual del totalitarismo y las amarras de la obediencia. Desgobiernos que deben, y algún día se sabrá, mucho a quienes pagaron sus campañas electorales; cómplices de una nueva esclavitud, apañada por organismos internacionales cuya función es, entre otras, defender y cuidar al personal médico de cualquier daño físico y mental.

Por fortuna también habrá un médico, un enfermero, un técnico irredento, que se cimarrona, y dice no haber nacido con un estetoscopio en el cuello; prefiere hacer cualquier otra cosa antes de regresar a alquilar su trabajo por unos pocos dólares. Parafraseando a Brecht ese, el misionero cimarrón, díscolo, “herético”, siempre será el imprescindible.


[i] Este “perla” de oratoria del extinto máximo líder quedará para la historia. El Órgano Oficial la ha citado como si un Alzheimer social hubiera alcanzado a todos: «Quiero desde ya recalcar bien esto: nuestros médicos no se mezclarán en lo más mínimo en asuntos de política interna. Serán absolutamente respetuosos de las leyes, tradiciones y costumbres de los países donde laboren. No tienen por misión propagar ideologías. (…) Van a Centroamérica como médicos, como abnegados portadores de salud humana, a trabajar en los lugares y en las condiciones más difíciles, para salvar vidas, preservar o devolver el bienestar de la salud, y enaltecer y prestigiar la noble profesión del médico; nada más» (25 de noviembre de 1998).


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