Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Ofensiva Revolucionaria, Cambios

Desdibujando a Fidel Castro… una vez más

La gastronomía pasará definitivamente a “formas no estatales”

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Cuarenta y seis años después de la “ofensiva revolucionaria” de Fidel Castro, el gobierno cubano proyecta que once mil unidades estatales de servicios gastronómicos terminen siendo administradas por privados y cooperativas.

Desde el primer día, cuando se confiscaron casi cincuenta mil pequeñas propiedades en todo el país en 1968, quedó claro que, administradas por “el pueblo”, esas pequeñas empresas no serían capaces de mantener, y mucho menos superar, el nivel de calidad, servicio, precios competitivos, disciplina e higiene que mantenían los pequeños propietarios en sus unidades gastronómicas, a pesar de escaseces, dificultades y absurdos mecanismos burocráticos que “la revolución” les imponía con el objetivo de aplastarlos.

Al no haberlo podido lograr a través de presiones y dificultades, Fidel Castro recurrió a su verdadera especialidad: la violencia “revolucionaria”, confiscar aquellos miles de pequeñas propiedades que daban servicio a la población y oportunidades de trabajo a miles y miles de cubanos.

Cuenta Dariel Alarcón, el “Benigno” de la guerrilla de Che Guevara en Bolivia, que por circunstancias específicas fue testigo presencial de la reunión del buró político del partido la noche antes del funesto anuncio, que ninguno de los otros siete miembros de esa camarilla compartía el criterio del tirano de despojar a la fuerza a los legítimos dueños de esas pequeñas empresas. En 1968 el buró político lo formaban 8 personas, de ellas 6 comandantes. Según el relato de “Benigno”, cuando preguntaron al Castro mayor por qué se empeñaba en dar ese paso, si todos sabían que no traería beneficios, su respuesta fue muy clara y descriptiva de su manera de actuar: “porque me sale de los coj…”. Los otros siete miembros se quedaron callados, y al hacerlo se convirtieron en cómplices.

Ahora, tras casi medio siglo de fracasos, pérdidas continuas, ridícula oferta, mal servicio, falta de higiene, robos y sustracción de recursos en las unidades estatales, que constituyen el 68% de los establecimientos gastronómicos, el régimen decide, moralmente aplastado por la efectiva actividad de los cuentapropistas, “extender la gestión gastronómica por todo el país atendida por formas no estatales” (sic).

Como el régimen cubano es campeón mundial del eufemismo que enmascara realidades, anuncia que entre los propósitos de esa decisión está ¡el rescate de los servicios que representan tradiciones en instalaciones emblemáticas, así como también la cultura culinaria típica de cada región! Sin dudas, campeones de la tergiversación. Porque en realidad lo que esa decisión dice es que la gerontocracia y su ineficiente burocracia no son capaces de cumplir obligaciones mínimas que le corresponden y por las cuales reciben sus salarios, que no les alcanzan para nada, aunque sus cargos les aseguran la posibilidad de acceder a privilegios, beneficios excepcionales y oportunidades para malversar.

Todos sabemos que las estadísticas y la contabilidad en Cuba son “no confiables”, a pesar de que el régimen declara, y sus papagayos repiten, un exactísimo conteo al hablar de cifras de los daños del “bloqueo” por más de medio siglo, por lo que todas las cifras oficiales hay que manejarlas con pinzas. Se dice que el país cuenta en la actualidad con 8,984 unidades gastronómicas administradas por empresas estatales de comercio y 2.769 adscritas al sistema de turismo. Además, hay otras 1.261 arrendadas por trabajadores autónomos, y 215 cooperativas. Sería interesante comparar el nivel de rentabilidad de las unidades administradas por cuentapropistas y cooperativas con el de las administradas por el muy eficiente estado socialista.

Hay cosas que no quedan claras en la información oficial, como de costumbre. Una de ellas es si la cifra de unidades pertenecientes al sistema de turismo incluye las controladas por las fuerzas armadas, y si pasarían también a manos de cuentapropistas y cooperativas, o serían solamente las administradas por las ineficientes empresas estatales de comercio (¿cuántas son rentables?), que son las de peor gestión y resultados. Ni tampoco si en la “ofensiva contrarrevolucionaria” que comienza pasarían a privados o cooperativas unidades emblemáticas en la gastronomía cubana, como La Bodeguita del Medio, El Floridita, 1830, y otras instalaciones de renombre.

Como siempre, el régimen no hace nada completo ni bien. Aunque se desentiende de los servicios gastronómicos que no es capaz de administrar con eficiencia o ni siquiera con racionalidad y sentido común, no se desprende de su propiedad, por aquello de, como el alacrán, seguir haciendo daño. Vendería o arrendaría equipos, útiles y herramientas (no se dice nada sobre mobiliario o vajillas) pero mantendría la propiedad de los inmuebles, aunque no se hará cargo de su reparación y mantenimiento. Y no se ha dicho si los nuevos administradores de unidades podrían disponer de mercados mayoristas donde obtener suministros e insumos.

Como de eufemismos se trata, toda esta tramoya reorganizadora y “perfeccionadora” será enmarcada en ese abstracto concepto de actualización del modelo, que no actualiza nada porque no hay modelo para actualizar ni objetivos concretos a alcanzar, más allá de ese abstracto socialismo próspero y sustentable, que nadie sabe lo que es ni puede explicarlo, y mucho menos demostrarlo.

Así que se seguirá hablando de Fidel Castro como “líder histórico de la revolución”, aunque ahora una vez más se desdibujará su papel como ideólogo de una revolución que nació tarada y dejó de existir hace ya mucho tiempo.


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