Actualizado: 29/11/2022 11:37
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Transición, Nacionalismo, Cambio

El elemento supranacional que nos falta para la transición

¿Por qué Alemania del Este cayó tan rápido? ¿Por qué el Campo Socialista comenzó un proceso de reformas que lo llevó finalmente a su desaparición? ¿Por qué España transitó tan pacíficamente a la democracia?

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Las dictaduras se sostienen en parte sobre la desconfianza generalizada entre sus individuos en los recursos de la sociedad en cuestión, para conseguir como colectivo encontrar los modos de hacerla avanzar material y espiritualmente. Se sostienen sobre ese sentimiento compartido por casi todos, en la mayoría de los individuos a nivel subconsciente, que de arriesgarse a intentar salir del estado actual de cosas el caos se apoderará de la sociedad, o de que en todo caso no habrá un avance general significativo, y que en cambio en lo individual se arriesgarán a perder ciertas ventajas —la falta de esas agobiantes cargas que implica toda libertad, por ejemplo.

Por tanto, cuando desde fuera del colectivo nacional aparecen posibilidades de relación, internacional, que empujan necesariamente al país hacia adelante, incluso a pesar de esos defectos nacionales que todos asumen lo lastran, las sociedades suelen ponerse en movimiento, y en ese proceso las Dictaduras caen.

El Campo Socialista, por ejemplo, fue relativamente fuerte mientras el mismo se mantuvo como un mundo económico aparte. Cuando en los 70 comenzó a integrarse al sistema mundial las primeras en verse arrastradas por la tentación de las reformas fueron las élites, y así en esencia el KGB puso a Gorbachov en el poder. Algo parecido había ocurrido un poco antes en España, en que si a la muerte de Franco la élite franquista impulsó la transición fue por la posibilidad de integrarse a Europa. En Alemania del Este, por su parte, fue la posibilidad de integrarse en una Gran Alemania la que puso a la sociedad de a pie en movimiento.

Hay que entender esto: bajo una Dictadura, totalitaria, el asociacionismo espontáneo es criminalizado, y en consecuencia la sociedad nacional es disgregada en individuos que tienden a relacionarse entre ellos a través del estado totalitario, y sus mecanismos y asociaciones, al menos para todos los asuntos que van más allá de lo cotidiano —incluso en esta esfera los totalitarismos consecuentes intentan irrumpir. En tal situación la sociedad nacional termina por perder la fe en sí misma, como colectivo, si es que ya no la había perdido de antes, y fue esto lo que permitió el establecimiento del totalitarismo. Solo percibe sus defectos, sus falencias, y esto, de conjunto con el eficiente sistema de vigilancia y represión del sistema totalitario, impide que el colectivo pueda imaginar y consensuar proyectos propios, para salir del atasque en que se encuentra. En esa situación los individuos harán planes individuales, para escapar, o para aprovechar las limitadas posibilidades dentro del Estado totalitario, pero “no harán patria pa’ nadie”, o sea, no se comprometerán con ningún proyecto colectivo propio.

El caso cubano es paradigmático: los individuos no creen que ni por la situación en que ha quedado el país (no queda ni donde amarrar la chiva), ni por los defectos del colectivo nacional, pueda hacerse otra cosa que “coger y emigrar”.

Por lo tanto, el quid de la cuestión para mover a la sociedad cubana, de la Isla, está en hacer entender a los cubanos que existen posibilidades para el colectivo nacional de incluirse en un orden económico demostradamente eficiente que lo trascienda, y que por tanto lo que ahora cree solo puede lograrse al emigrar de modo individual, eso también podrá conseguirlo sin moverse del lugar donde nació. En definitiva, dada la total desconfianza en las posibilidades del colectivo nacional que el totalitarismo les ha inyectado en sus subconscientes a los individuos, solo se logrará poner en movimiento a los cubanos, como colectivo, si somos capaces de mostrarles que hay un sistema mundial, una Europa, una Gran Alemania, y en nuestro caso una Unión Americana, o en todo caso una España, a los cuales unirnos, para de ese modo superar esas trabas que vemos evidentes en nosotros mismos, para desarrollarnos, y “adelantar”, por nosotros mismos.

Los cubanos, en un cálculo individual de costos contra resultados, preferirán emigrar, o no cerrarse las posibilidades de hacerlo, mientras estimen que en la Isla, aun con un cambio de su sistema político-social-económico, la mejora individual probable a la que pueden aspirar es muy inferior a la que conseguirían mudándose a otro país. Consecuentemente, solo pensarán en comprometerse con un proyecto de cambio colectivo si (1) se les privara eficientemente de la posibilidad de emigrar —algo que a estas alturas sabemos poco probable—, si (2) ese cambio les asegurara alcanzar en su misma tierra de nacimiento los estándares de mejoras materiales y espirituales a los cuales pueden aspirar con realismo en otras tierras.

En resumen, que los cubanos no asumirán ningún proyecto de cambio colectivo mientras este lo más que les asegure es vivir como un ciudadano de la República Dominicana, o de Colombia…


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