Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Represión

El miedo que paraliza

El miedo no es exclusivo de los cubanos de a pie. Lo sienten, y mucho, la élite dirigente y sus serviles funcionarios

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El miedo es una pasión que afecta cuerpo y alma. El cuerpo se altera por el aumento en las palpitaciones, la opresión en el pecho, la sudoración profusa, el pasmo mental, el extravío de los sentidos, la convulsión muscular.

Según Spinoza, el miedo era una pasión negativa porque conducía a la sumisión. Hobbes la consideraba una pasión positiva porque regulaba las prácticas políticas y sociales. Aristóteles había descrito tal pasión como una suerte de pesar o turbación “nacidos de la imagen de que es inminente un mal destructivo o penoso”.[1]

No creo exagerar si digo que millones de personas quisieran alguna variante de “la primavera árabe” o del movimiento de “indignados” en Cuba. Pero, desafortunadamente, el pueblo no saldrá a las calles. No lo hará porque es un pueblo que ignora lo que sucede en el mundo, que no tiene medios de comunicación independientes ni redes sociales reales, cuyos únicos refugios son la superstición, alguna fe o la evasión.[2] Es una nación enferma de miedo, ensimismada en la tarea angustiosa de sobrevivir, inmersa en la mudez de sus ambiciones, enajenada de lo que la rodea, constructora de jaulas individuales.

Son personas que viven dentro de una campana cuidadosamente forjada para que nada la invada: ningún pensamiento libre, ningún punto de comparación, ninguna disonancia del coro permitido, ningún conocimiento real de la historia del país, ningún antídoto contra la anestesia de la razón. Nunca han leído la Declaración Universal de los Derechos Humanos porque es lectura “clasificada y restringida”, controlada en bibliotecas especiales. El movimiento disidente apenas se comienza a conocer aunque con distorsiones tales que algunas personas, que en otras circunstancias tendrían cierta nobleza de espíritu, llegan a justificar los desmanes bárbaros que se cometen contra los que quieren un cambio nacional.

Ante “el mal inminente”, los cubanos saben o imaginan que las cartas se leen, que los teléfonos están todos intervenidos, que los correos pasan por la censura de los informáticos asalariados, que los vecinos vigilan, que los amigos pudieran traicionar, que hay un micrófono oculto en la casa, que la dividida familia se espía. No quedan afectos sin contaminar. Esta es la fuerza del régimen: el terror en el alma.

El miedo no es exclusivo de los cubanos de a pie. Lo sienten, y mucho, la élite dirigente y sus serviles funcionarios. Encienden sus lucecitas nocturnas porque la oscuridad los asusta —como a Lady Macbeth—, “asesinan al sueño”, que solo merecen los espíritus limpios, se rodean de una guardia pretoriana, tienen pantallas detectoras de metales y reveladoras de esqueletos para sus visitantes, graban las conversaciones para sobornar conciencias, hurgan en las vidas de sus médicos y de sus cocineros, se mantienen a distancia de las multitudes, residen en fincas-fortalezas o en complejos aislados de construcciones especiales, viajan por los aires para no pisar la tierra que han violado, se miran con suspicacia los unos a los otros. Hay que estar atentos a los que aspiran a disfrutar de “las mieles del poder”, ésas que solo pueden saborear los octogenarios históricos.

Se sabe que el valor emana del control del miedo. Algunos dictadores han muerto en sus lechos, quiero pensar que torturados por sus pesadillas. Otros son devorados por sus miedos y, en esa pérdida del control, se guarecen en sus escondrijos, suplican que no los maten, huyen a las cuevas de la Sierra si se acerca un avión, se suicidan en sus bunkers, imploran por un destierro benigno, claman por algún demonio a quien vender su alma, lloran en el Palacio de Miraflores si se creen derrocados.

Más de medio siglo se convierte en un tenebroso “cuento narrado por un idiota”[3] y los idiotas, por lo general, no tienen miedo.



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