Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Prensa cubana

El problema de la información

Tras el asunto de la prensa se esconde otro problema más acuciante: la circulación de información en un sistema que tendrá que ser inevitablemente más abierto

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En un artículo anterior me he referido a los problemas insolubles que enfrentan los dirigentes cubanos cuando tratan de “actualizar” el sistema totalitario e ineficiente y que ahora debe dar paso a un capitalismo tercermundista en beneficio de unos pocos ganadores, entre ellos, ellos mismos y sus descendencias.

Para hacerlo, es lo que argumentaba antes, deben mover una serie de piezas que han sido pivotes claves de la gobernabilidad de la Isla, o al menos resultados inevitables de ellas: la corrupción generalizada en un mundo donde los salarios no alcanzan para sobrevivir, el cinismo político para afrontar el encuadramiento forzoso y la doble moral y los juramentos de lealtad (desfiles multitudinarios incluidos) mientras se espera por la visa que permite ensayar una nueva vida —o al menos disfrutar un pedazo de ella— en los predios del “enemigo histórico”. Una serie de prácticas técnicamente anómicas que delatan la extensión de una resistencia popular fragmentada, de corto plazo pero tenaz.

El recientemente concluido congreso de la Unión de Periodistas de Cuba es un ejemplo de ello. Todos los analistas coinciden —incluso los adictos al ditirambo— en que se trata en lo fundamental de lo mismo, parafraseando al borracho del cuento, lo mismitico del congreso pasado: arengas por una prensa más combativa y critica, pero que al mismo tiempo debe seguir siendo un baluarte leal de una revolución que hace medio siglo expiró y de un socialismo que nunca existió. La exaltación de la prensa como un fiel instrumento del Partido Comunista —un organismo auxiliar de la élite postrevolucionaria para perpetuar su poder inapelable— y al servicio del pueblo, un significante flotante que se rellena periódicamente según los intereses en juego.

Y como ha sido habitual por cinco decenios, la exposición a la crítica periodística de una serie de temas que han incluido los autobuses que no se detienen en las paradas, los cronogramas incumplidos de los ferrocarriles, las croquetas a medio freir, el robo de harina en las panaderías, los borrachos que orinan en las calles y las rupturas de ese gran sofisma que se llama la cadena puerto-transporte-economía interna.

Creo, sin embargo, que hay algo que varía y que vale la pena tomar en cuenta. Tras el asunto de la prensa se esconde otro problema más acuciante: la circulación de información en un sistema que tendrá que ser inevitablemente más abierto. Pues, aun cuando los dirigentes cubanos —ancianos y menos ancianos, militares y civiles— no han contemplado la democracia como opción, sí pueden entender (al menos los que aún poseen alguna capacidad para entender la vida) que un sistema de economía más abierto y de inevitable mayor permisividad, implica otros actores autónomos, y estos actores necesitan información. Y la información en un sistema autoritario con dosis crecientes de mercado, y que al mismo tiempo va renunciando a sus compromisos con el acceso universal al bienestar, no puede ser administrada como lo fue en el sistema de planificación centralizada precedente. Si los nuevos actores necesitan información para tomar decisiones, hay que brindarles de alguna manera esa información.

Y en tal contexto, como anotó un conferencista al congreso al referirse a lo que eufemísticamente llamaba “las regulaciones externas a la prensa”, el mensaje periodístico deviene más formal y menos creíble “…lo que complica el accionar de la prensa, pero también la credibilidad del Estado, del Gobierno, de las autoridades, y de la propia Revolución”.

Es a esto a lo que se refería el vicepresidente Díaz-Canel cuando en un par de ocasiones se refirió al tema, a lo que agregaba otro factor de primera importancia: el arribo inevitable de Internet, a partir de lo cual los blogs independientes dejarán de ser simples temas de analistas foráneos. Y el hecho de que nuestra sociedad transnacional tiene otras fuentes de información allende los mares. Y sea porque es más joven, o más instruido, o ambas cosas, el segundo-al-mando logra entender que el mundo al que aspira a gobernar no está incluido en el corto plazo atiborrado que vislumbran —desde sus infecundas ancianidades— los contertulios de José Ramón Machado Ventura.

Pero de cualquier manera, nada induce a creer que en sus conclusiones del Congreso el vicepresidente Díaz-Canel llegara a plantear algo diferente, si exceptuamos el anuncio de una oscura comisión que trabaja para reformular políticas al respecto. No hay en su discurso el menor asomo —como tampoco en los alegatos más críticos en el Congreso— al delicado y controvertido tema de la libertad de prensa.

Y ha sido así porque el delfín de la gerontocracia sabe que cualquier manejo independiente de información es subversivo para un sistema que sigue pretendiendo —de manera cada vez más irreal e ineficiente— un manejo totalitario de la sociedad. El sistema y sus administradores se debaten entre la necesidad de agilizar lo suficiente la información para que la economía de mercado funcione, y nunca hacerlo más allá de ciertos límites funcionales al sistema de dominación sociopolítica. Y entre uno y otro imperativo hay un umbral que reclama un mínimo de credibilidad, que es justamente lo que reclaman los maltrechos intelectuales orgánicos del sistema.

Obviamente, algún lector podrá advertirme que los chinos y los vietnamitas han logrado resolver este problema sin afectar los pilares del control político autoritario. Y es cierto, al menos por el momento. Pero chinos y vietnamitas han tenido a su favor dos variables que no existen en Cuba. La primera es una dinámica económica que facilita la inclusión al mercado —aun de manera subordinada— a un ritmo superior al crecimiento del descontento, lo que genera expectativas superiores a las frustraciones. La segunda que unos y otros son animados por una cultura de largo plazo donde la obediencia a la autoridad es un principio irrenunciable.

Y en Cuba no contamos ni con una, ni con otra condición. Y con lo que sí contamos es con plazos muy cortos para poder recomponer todo lo que se ha descompuesto en los últimos cincuenta años. Y entre ese todo, el asunto de la información restringida que hace al mundo que describe, decía un conferencista, menos y menos y creíble.


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