Actualizado: 26/11/2021 14:39
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Tradiciones, Ventana del lector

El rey mago soy yo

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Según la definición que aparece en el Diccionario Real de la Academia Española, tradición significa: “Transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hecha de generación en generación”. O sea, está claro que las tradiciones no se establecen por decreto, o por antojo, es algo que va asentándose en la memoria popular, trasmitida de padres a hijos, durante años y años. Cada país tiene sus propias tradiciones que enriquecen su cultura y acentúan su identidad y existen otras que han rebasado las fronteras y se celebran y conmemoran en el mundo entero. Este es el caso de las Navidades, por ejemplo, o el Día de Reyes, a partir del hecho bíblico que narra el nacimiento del niño Jesús y la visita de los Tres Reyes Magos. Cuando se va acercando el mes de diciembre comienzan los preparativos de la Navidad, la Nochebuena y en la mayoría de los países (si no en todos) hay vacaciones para que las personas puedan disfrutar y celebrar con sus familiares y amigos.

Durante la Semana Santa, aunque ha perdido un poco su significado religioso, se recuerda también un hecho bíblico. Los creyentes conmemoran la Pasión de Jesucristo durante esa semana que culmina con la fiesta de la Pascua de Resurrección. Las escuelas y los trabajos recesan y se disfrutan unas vacaciones que son esperadas por todos.

En Cuba, a partir de 1959, se trastocó, por antojo oficial, el sentido de la palabra “tradición”. Pocos recuerdan que ya desde el mismo enero del 59, el Comandante en Jefe decidió que el Día de Reyes no sería el 6 de enero sino el 11. Sospecho que este cambio se debió a que no deseaba que su entrada triunfante a La Habana el 8 de enero se viera opacada por la alegría de los niños con sus juguetes nuevos. “El Rey Mago soy yo, que les traigo el regalo de la libertad y, además, hasta tengo barba”, seguramente pensó el empecinado Comandante.

Uno de los mayores disparates —y que se arrastra hasta nuestros días— fue la supresión, por decreto, de la Nochebuena, Navidad y Día de Reyes. Con el pretexto de la Zafra de los 10 millones (1970), el Comandante decidió que como todo el pueblo estaba cortando caña no se podían celebrar esas fiestas y las cambió, como buen mago que es, para julio: el 6 de julio se convirtió en el Día de los Niños (¿se acuerdan de aquello de “un juguete básico, uno no básico y uno adicional”?) y la Nochebuena y la Navidad dejaron de existir, también la Semana Santa, no así en las iglesias, donde siempre se han celebrado y conmemorado y se ponen lindos Nacimientos en las iglesias, con los Reyes Magos, pastores y angelitos. Lo grave de esto no es solo la alteración de los significados tradicionales y religiosos de estas fechas. Nunca, en ninguna escuela cubana, a ningún nivel, se ha enseñado la Biblia, lo que representa un bache cultural enorme que impide entender gran parte de la cultura universal. El propio Comandante cita constantemente estos pasajes (por su formación jesuita) y los jóvenes no entienden qué quiere decir cuando, por ejemplo, se refiere al famoso plato de lentejas con el que Jacob le compra la progenitura a Esaú. Un amigo mío me comentó, cuando oyó ese discurso, que no entendía por qué Fidel hablaba de las lentejas y no de los frijoles negros que eran más sabrosos y, por tanto, más valiosos. Cuando se enseña a Martí en las escuelas, jamás se explica a qué se refiere el Apóstol cuando dice “y mi honda es la de David”. La palabra “Navidad” se borró del diccionario y reapareció, tímidamente, cuando la visita del Papa. Ese día se declaró “festivo”, que no significa “feriado”, o sea, ese día se trabaja, pero es una palabra que no se menciona jamás en los medios de comunicación. Ya muchos años antes, con el arribo del turismo internacional durante la época del llamado Periodo Especial, en las tiendas y restaurantes estatales comenzaron a aparecer arbolitos de Navidad que, últimamente, venden en las “chopin” a precios exorbitantes para el bolsillo de los cubanos: un arbolito chiquito, de mesa, puede costar 12 CUC, más del doble de lo que cuesta un paquete de un kilogramo de leche en polvo. El que nunca ha reaparecido es Santa Claus, con sus ciervos y trineos, debe ser porque no le han dado el permiso de entrada por considerar que introduce en el país, ilegalmente, artículos suntuarios (léase: juguetes).

Pero ahí no queda la cosa. En su afán de borrar todo lo que oliera al pasado, comenzó a cambiarle los nombres a las calles: Galiano no se llama Galiano ni Carlos III se llama así. Se han cambiado por Avenida de Italia y Avenida Salvador Allende aunque nadie, nunca, se ha referido a ellas con esos nombres, ni siquiera las jóvenes generaciones. Cambió los nombres de los hospitales, hoteles y algunos cines: el Sagrado Corazón es el González Coro, Las Mercedes es el Fajardo, el Habana Hilton pasó a ser el Habana Libre (aunque no se los cambió al Capri ni al Riviera, vaya usted a saber por qué), el cine Radiocentro se convirtió en el cine Yara. Y así con casi todo, hay infinidad de ejemplos.

También cambió los carnavales habaneros, de marzo para julio, como se hacía en Santiago de Cuba, para “celebrar” el 26 de julio, algo que siempre me llamó la atención porque, en realidad, es una fecha luctuosa, en la que murieron muchos jóvenes, tanto asaltantes, como soldados. Pero esa fecha la convirtió en pachanga.

En Cuba existe lo que se llama “receso escolar”, que es una pausa en las escuelas (igual que se hace en todo el mundo), que ocurre, curiosamente, alrededor de las fechas de la Semana Santa y Fin de Año. Pero no es por lo que ustedes están pensando. No. El receso de marzo-abril es para conmemorar la Victoria de Playa Girón y el de fin de año para celebrar un aniversario más del triunfo revolucionario.

Hay muchos ejemplos de tradiciones inventadas, una de las últimas fue “sugerirle” a los jóvenes militantes de la juventud comunista recién casados, que depositaran el ramo de flores en el monumento de Mella frente a la escalinata de la Universidad de La Habana, costumbre importada de la antigua Unión Soviética en la que las parejas depositan el ramo de flores de la novia en el Monumento al Soldado Desconocido, una tradición que surgió después de la Segunda Guerra Mundial y que aquí no tiene ningún sentido. ¿Y qué me dicen de aquellos desfiles militares, durante la década del setenta, cuando estaba en su auge el prosovietismo, en que los soldados cubanos gritaron “¡hurra!”? ¿Usted ha oído alguna vez a un cubano gritar “hurra”?

Pero el pueblo siguió celebrando su Nochebuena, a puertas y ventanas cerradas, con lo que hubiera, ya fuera con arroz y huevo frito o con el clásico lechón asado, arroz, frijoles negros, ensalada y chatinos. Y de postre, lo que apareciera: nada de “nueces y avellanas, peras, uvas y turrón”, como decía una vieja canción infantil. El Gobierno ha tenido que recuperar algunas tradiciones típicas como son las parrandas, romerías, fiestas con motivo del patrón del pueblo, un poco obligado por el incremento del turismo pero, también, porque a pesar de los años, siempre ha existido algún abuelo que ha dormido a sus nietos con esas historias que se van traspasando de padres a hijos y que, por mucho que se empeñen, jamás se olvidarán. Nunca pudieron impedir la procesión al Rincón el 17 de diciembre, ni la arraigada veneración popular a la Virgen de la Caridad, la Virgen de Regla, Santa Bárbara y sus correspondientes dioses sincréticos. Los militantes del Partido iban a sus reuniones, se declaraban ateos y después realizaban sus ritos religiosos, que se han mantenido y trasmitido de generación en generación.

Las tradiciones, a ver si el Comandante lo acaba de entender, no se inventan o establecen por ley, porque viven para siempre en la memoria de los pueblos. Parafraseando la famosa cita podríamos decir: “los hombres mueren, la tradición es inmortal”.


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