Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Competencias, Deportes, Béisbol

El último gladiador

Lo que ha pasado con el béisbol y otros deportes no debe analizarse solo desde el ángulo económico

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Intenta no volverte un hombre de éxito,
sino volverte un hombre de valor.
Albert Einstein

Mucho se habla y seguirá hablándose de la derrota y salida de competencia del béisbol cubano en los Juegos Panamericanos de Lima de 2019. El tema resulta cansón, trillado, conocidas poco más o menos todas sus causas y también las probables soluciones. Esta vez nada ha sido diferente, solo que el descalabro del deporte nacional es a todos los niveles y en casi todas las disciplinas, incluso aquellas que no necesitan grandes recursos para desarrollarse. Ni el cambio de dirección, ni rescatar la experiencia de glorias deportivas pasadas ha salvado al régimen comunista de la caída en picada de uno de sus trofeos de vitrina; como en la educación y la salud, el anaquel de las bondades del socialismo comienza a acumular polvo y humedad rancia.

La primera razón del fracaso es harto conocida y fundamental: dinero. El deporte no es una actividad productiva desde el comienzo. Para desarrollarse necesita ser financiada o costearse por el mismo. En Estados Unidos, primera potencia mundial deportiva, tener los hijos en alguna especialidad puede ser caro. Esa primera etapa lleva muchos sacrificios materiales y psicológicos de los padres —largas travesías, insomnio, apoyo incondicional. Si el prospecto es bueno, llama la atención de ciertas academias, a veces hay ayudas económicas. Cuando alcanza la madurez deportiva, el futuro campeón puede entrar en una escuela o en la universidad donde termina la formación académica y física, y sobre todo, empieza a ser financiado o representado por una firma. El campeón pasa a ser una mercancía. Solo que en el capitalismo puede ser su propio dueño.

En las sociedades de talante totalitario el deporte es una actividad política-ideológica en si misma. La actividad del músculo la paga y la cuida el Estado desde la infancia. El gobierno destina cifras millonarias para captar desde muy temprana edad a niños con potencialidades. El sistema de formación deportiva sigue un meticuloso plan por especialidades, sexos y edades en becas gratuitas. La familia solo tiene que garantizar la permanencia de sus hijos en el sistema de perfeccionamiento deportivo. Cuando por alguna razón los padres deciden causar baja de sus hijos, la dirección de la escuela tiene la tarea de convencer a los padres de lo contrario si los muchachos son buenos. El Estado ha invertido mucho dinero y tiempo en esos futuros ganadores, dicen. Una vez campeón en un país comunista, el deportista es un símbolo. Ya no es dueño de sí. Negarse a competir bajo esa bandera o a apoyar al Partido y a sus líderes en público es traición a la Patria.

Estas dos visiones del deporte se enfrentaron en la llamada Guerra Fría. Todo cambió tras el desmerengamiento del campo socialista. El conflicto duró hasta que el dinero impuso la realidad, el sentido común: el deporte de alto rendimiento debe auto financiarse. Aun así, quedará para la historia del voluntarismo y la desmesura comunista la celebración de los Juegos Panamericanos en la Habana de 1991. En momentos en que la Isla enfrentaba ya el nombrado Periodo Especial, sin combustibles, sin alimentos, escaseces de todo tipo, prosiguieron la construcción faraónica de campos deportivos, villas y centros de entrenamiento para seis mil atletas y delegaciones acompañantes de 40 países.

Me contaban que al ex Máximo Líder los arquitectos le explicaron que el Estadio Panamericano no podía ir en la ubicación actual, cerca de la Playa del Chivo, porque las corrientes de aire impedirían homologar los récords. La única solución eran techarlo, y eso sería costoso. La orden del Difunto era que ya no había tiempo ni dinero —las obras sufrieron importantes atrasos—, de modo que allí quedaría. Ni siquiera pudieron completar las graderías al mismo nivel. Hoy el estadio exhibe unos asientos en forma de chanfle, y que este escritor sepa, no ha vuelto a hacerse competencia de importancia en esas pistas. Un vecino, entrenador de alto rendimiento, me contaba que sus pupilos —necesitados de 5 y seis mil calorías como mínimo—, preguntaban en el comedor aquellos días: ¿Profe, usted no quiere el pescao?

Nada de eso importaba. El objetivo era la publicidad del régimen, el sistema político-económico, superior al capitalismo; obtener más medallas que Estados Unidos, como en realidad fue, aunque no se dice que los yanquis enviaron una delegación de segunda, y abastecieron los atletas con recursos propios debido al embargo. Cuando fueron apagadas las últimas luces de estadios y la Villa Panamericana, también se apagó la ciudad; fue un mar de bicicletas por las calles sucias y en penumbra, el apagón de ocho por ocho, la polineuritis y el único remedio a mano, el Polivit —vitaminas—, las infusiones de romerillo, el Cerelac —“¿Qué cerelac de nosotros?”—. “¡Soyalismo o muerte!”— contestaba la gente. El Tocopan, una cotorrita símbolo de los juegos, fue culpada por los chotas cubanos: era el único animal capaz de comerse en 21 días la comida de todo el año.

Pero lo que ha pasado con el béisbol y otros deportes no debe analizarse solo desde el ángulo económico. Si así sucediera, bastaría que el régimen fuera otra vez subvencionado de manera generosa, y volverían a brillar los oros cubanos en los medalleros deportivos. El problema ahora es más complejo, difícil de resolver. Es la presión psicológica inmensa, castrante, inconsciente, de no sentirse en libertad, sino asediado, vigilado, potencial prófugo hasta que los segurosos demuestren lo contrario. Al mismo tiempo, saber que hay otros, tan cubanos como ellos, que viven y disfrutan de sus talentos sin deber nada a nadie.

La diferencia entre los deportistas de un sistema socialista y uno capitalista radica, precisamente, en que los primeros son gladiadores; compiten bajo la tutela de un César o un Patricio. Han sido alimentados, entrenados y preparados mentalmente para humillar al contrario, no para vencerlo; para demostrar en la arena la superioridad del mecenas al cual representan. De tal manera es el abanderamiento de la delegación deportiva: por la Patria… y por Canel.

En cambio, el deportista en el capitalismo sale a competir con la fuerza y la dignidad de inmensos sacrificios personales y familiares. Son una suerte de legionarios por voluntad propia: nadie les regala nada. Los padres han tenido que zapatearla para llevar a sus hijos a ese nivel de competencia. Algunos están endeudados. Otros han pedido la bicicleta prestada a un amigo. Por esa razón, al escalar el podio, no tienen que brindar la presea a ningún líder ni un partido político. La medalla es de ellos. Por eso duele la derrota y sabe a gloria la victoria. Porque es el individuo y el equipo quienes deciden cómo, cuándo, dónde participar y quienes serán los patrocinadores.

A propósito, recuerdo haber leído en Sopa de Pollo para el Alma la historia de un deportista norteamericano cuya esposa tendría el parto en los días que su equipo iba a competir en una olimpiada. El médico no estaba seguro de un alumbramiento feliz. El deportista decidió quedarse con la esposa y estar presente en el nacimiento del niño, por fortuna sin problemas. El equipo ganó la medalla de oro. Veinte años después, ese mismo hijo escribió desde la sede de otra olimpiada: “Papá, estoy trayendo a casa la medalla de oro que perdiste por verme nacer”.

Sospechosamente las autoridades deportivas cubanas han impedido formar un equipo Dream Team integrado por peloteros de la Isla y de las Grandes Ligas para competir en el Clásico. Los peloteros que deseen jugar en las Grandes Ligas deben firmar contrato con la Comisión Nacional de Béisbol —que de manera falaz se auto titulan organización independiente del gobierno. Felizmente, la esclavitud del gladiador terminó cuando el Cristianismo superó la barbarie, a la posesión esclavista del competidor, y reinó el precepto de la fraternidad; de que todos somos hermanos. Por eso sería interesante ver un equipo donde se mezclen gladiadores y legionarios. Vaticinaría que van a terminar arrojando las armas, fundirse en un abrazo, y el último gladiador, brincando la valla hacia la libertad, lanzará la pelota contra la tribuna. A buen recaudo, desde la cerca, gritará que la próxima medalla la luchen ellos.


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