Actualizado: 21/08/2019 5:32
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Congreso del partido

¿En el vértice de un nuevo contrato social?

Si las reformas tienen éxito, los cubanos de a pie tendrán más a su cargo su bienestar que en ningún otro momento desde 1959

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En abril de 2011 el Partido Comunista de Cuba celebrará finalmente su Congreso, casi 14 años después del último. Sólo en tiempos de guerra los partidos comunistas de la Unión Soviética, China y Vietnam retrasaron sus congresos.

Stalin no celebró ninguno en 13 años después de 1939, Mao —cuando aún no había llegado al poder— dejó pasar 17 años antes de convocarlo en 1945, y los vietnamitas sólo comenzaron a reunirse regularmente tras la reunificación Norte-Sur de 1976.

Desde 1997 en Cuba no ha sucedido nada que pueda semejarse a la II Guerra Mundial ni a la guerra en Vietnam. Tras asumir la presidencia en febrero de 2008, Raúl Castro anunció que el Congreso se celebraría a finales de 2009. Posteriormente declaró que precisaba de más tiempo para ajustar la política económica y no fue hasta el 9 de noviembre cuando Raúl Castro por fin lo convocó oficialmente, si bien las razones para tal demora nunca se han reconocido públicamente.

A mediados de los 90 las modestas reformas puestas en vigor a principios de esa década toparon con una pared. En 1995 Fidel Castro declaró: “Toda apertura nos ha traído riesgos. Si hay que hacer más aperturas y reformas, las haremos. Por el momento, no son necesarias”. Y para 2003 las restricciones y la recentralización habían triunfado. A finales de 2005 advirtió que la renuncia a los ideales socialistas o la liberalización de los mercados conduciría la revolución a su perdición.

Al caer enfermo en 2006, Fidel Castro repartió sus responsabilidades: Raúl se convirtió en sucesor interino, mientras otros seis funcionarios asumieron otras tareas. Con ello, el comandante revelaba su afición por eludir a las instituciones.

La salud, la educación y la energía, por ejemplo, cayeron dentro del ámbito de varios ministerios. Castro, sin embargo, había establecido programas especiales en estos sectores que únicamente él supervisaba. Es más, los fondos para estas actividades no se asignaban a través de los canales institucionales: él mismo los procuraba directamente del Banco Central.

Poco después de la enfermedad de su hermano, Raúl comenzó a poner énfasis en la institucionalidad, la noción de que las instituciones sí importaban. Una propuesta que no resultaba trascendental, pero que enviaba una clara señal: los días de abruptos tira y encoge habían llegado a su fin. Y en agosto pasado, dirigiéndose a la Asamblea Nacional, declaró: “Hay que borrar para siempre la noción de que Cuba es el único país del mundo en que se puede vivir sin trabajar”.

Pero si esta frase constituye un reconocimiento insólito, también lo es el propósito de despedir a 500.000 trabajadores de la nómina estatal, proceso que se extenderá hasta el próximo abril.

Al menos otro medio millón irán a parar poco a poco también a la calle, y las fuentes alternativas de empleo, como las cooperativas y el trabajo por cuenta propia, deberán absorber la mayoría de los desempleados.

Los líderes cubanos son más adictos que la mayoría de dirigentes del mundo a la retórica políticamente correcta. Tanto es así que los desempleados en la Isla son “los disponibles” y las reformas económicas sólo constituyen una “actualización” del modelo cubano. Los lineamientos socioeconómicos que el Congreso del Partido aprobará, como está previsto, insisten en que el Estado continuará controlando la economía y que la igualdad no se verá comprometida. Y si el lector está pensando ahora mismo en la cuadratura del círculo, yo también.

Puede que Cuba se encuentre en el vértice de un nuevo contrato social. Si las reformas tienen éxito, los cubanos de a pie tendrán más a su cargo su bienestar que en ningún otro momento desde 1959.

La eliminación de los subsidios, la reducción de los gastos sociales, la contratación de otros cubanos y el pago de impuestos suponen una transformación general de la manera de pensar de los cubanos; y muchos prosperarán, pero otros no.

Raúl Castro y sus seguidores también deberán modificar su manera de actuar. Hasta el 19 de noviembre, más de 80.000 ciudadanos habían solicitado licencias para trabajar por cuenta propia: el 35% las obtuvo, el 15% está pendiente de aprobación, y la mitad de los solicitantes recibieron una negativa.

En 2011 el Gobierno pretende invertir 130 millones de dólares en bienes que se venderán a los cuentapropistas. En retrospectiva, podríamos mirar hacia atrás y descubrir una encrucijada: por primera vez las políticas económicas seguirán su curso sin que nadie las entorpezca. En el camino, los líderes cubanos comenzaron a entender la sabiduría escondida en la máxima del fallecido líder chino Deng Xiaoping: “Da igual que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones”.

Durante su visita a China en 2003 Fidel Castro declaró: “No puedo estar realmente seguro de qué clase de China estoy visitando”. Y recientemente, Ricardo Alarcón, también desde el país asiático, señaló: “Cuba está preparada para aprovechar la experiencia de desarrollo en reforma y apertura de China”. Si vemos a los líderes cubanos intentando resolver la cuadratura del círculo, la suerte está echada.


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