Actualizado: 30/09/2022 17:38
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Crónicas

¿Enemigo rumor?

El último entusiasmo habanero: el gobierno permitiría a los padres viajar con sus hijos menores cuando salgan a trabajar al extranjero.

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Corre en estos días por las calles de La Habana el rumor de que en septiembre pasará Raúl a anunciar un paquete de medidas que incluiría una muy soñada: el derecho de los padres a viajar con sus hijos menores cuando salgan a trabajar en el exterior.

Afuera, en el extranjero, no es un secreto, hay droga, hay violencia y están las enfermedades ideológicas todas del decadente sistema burgués. En Cuba, en cambio, el niño está seguro, protegido por completo. Tiene leche asegurada hasta los siete años, escuela gratuita hasta la universidad, y aun siendo hijo de un obrero común, si el niño tuviera necesidad de un trasplante de hígado o de corazón, aquí lo tendría sin costarle un centavo.

Podrían ser estas las razones que llevaron el gobierno a tomar medidas que no siempre han sido entendidas por los padres en plan de viaje. Ni siquiera por los leales.

Anita Luaces, por ejemplo. Perteneciente a una familia de profesionales universitarios destacados, economista ella misma, poseedora de un inglés y un francés correctos, quince años de militancia en el Partido, otros tantos de cuadro de alto nivel en el Ministerio de Comercio Interior, divorciada, madre de dos hijas de once y trece años a su cargo, consiguió un contrato de trabajo en Palmas de Canarias, y no le permitieron viajar con sus hijas. Anita Luaces, que en ese momento era gerente de la tienda recaudadora de divisas en el Hotel Comodoro, no entendió. Para llevarse a las hijas tendría que irse definitivamente, le dijeron. Anita Luaces no lo pensó dos veces.

Situación parecida viviría Osvaldo Navarro, poeta que tenía fama de dogmático. Cuando después de años en Moscú como consejero cultural regresó a La Habana con su mujer, la poetisa Elena Tamargo, y su pequeño Nazim, la plaza de Elena en el Consejo de Estado, donde traducía del alemán, había sido amortizada. Eran los años tremendos del comienzo del Período Especial. Pensando en mantener unida la familia, Elena Tamargo, que había conseguido un contrato para enseñar en una universidad de México, le consiguió otro a Osvaldo.

Ella no halló dificultades para marcharse ni las habría tenido Osvaldo de no ser por Nazim.

Después de un largo año de gestiones hasta con el santero, no obstante los pasados grandes contactos de Navarro con la cúpula y el mucho ron para olvidar y los muchos cigarrillos consumidos, al fin el otrora poderoso Osvaldo Navarro logró escapar gracias a una gestión del ministro de Cultura Abel Prieto.

Tampoco el dogmático Osvaldo Navarro entendió. Metió en un sobre sus fotos y documentos de cuando teniendo catorce años peleaba en el Escambray con los alzados, lo selló, y hoy, todavía peleando, pero al revés, vive en Miami.

Anita Luaces no, ella no es luchadora política. Para Anita, Cuba, como para dos millones de cubanos en el exterior, es melancolía y el recuerdo de la mejor parte de una vida perdida.

La vi en Palmas de Canarias en mayo de 2005. Allá está pagando la casa que financiada por el banco compró en un hermoso barrio, tiene coche y un trabajo elegante; su hija mayor estudia Arquitectura y trabaja por la mañana en una tienda, la menor está acabando el bachillerato.

Por lo que me dijo Anita (no sé si creerla), ninguna de las dos ha sido violada ni consumen drogas ni andan con grupos fascistas, y el hospital donde sin costo alguno operaron de apendicitis a una de ellas, parecía un hotel cinco estrellas.

De montones que conozco, he sacado estas dos historias a fin de dar una idea del entusiasmo que está viviendo La Habana al oír hablar de la nueva medida en camino. Claro que no me extrañaría que de rumor no pasara la misma, de deseo de desesperados echado al viento con la ilusión de que se cumpla. En definitiva, tampoco en Cuba hemos dejado de ser el soñador rupestre de Altamira.


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