Actualizado: 17/08/2018 22:24
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Zafra de los Diez Millones, Memorias de la Revolución, Medicina

Estrenándome como médico en el Central Oriente

CUBAENCUENTRO continúa este nuevo año con la sección cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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Había pasado el primer día de aquella jornada de la Zafra de los Diez Millones en el Central Dos Ríos próximo a Palma Soriano; muy en la mañana el administrador del policlínico me llevó por aquel terraplén a lo que sería mi lugar de trabajo en el Central Oriente, un central o ingenio azucarero que no era central.

En efecto el Central Oriente es, y sigue siendo, un batey donde había funcionado un central con ese nombre, allí solo quedaban las ruinas. Localizado a noroeste de la ciudad de Palma Soriano en ese tiempo era un poblado de escasas viviendas.

El administrador condujo hasta las ruinas del central donde una pequeña casa de madera con techo de zinc destacaba sobre las bases de lo que fue el ingenio azucarero; era la Posta Médica. Mientras accedíamos al local me dijo que ese sería el lugar donde viviría porque mi trabajo no era el atender enfermos, sino controlar los aspectos de higiene del Centro de Elaboración (elaboración de alimentos) que me había mostrado a la entrada del poblado. La posta médica era una habitación que servía de consultorio, otra de dormitorio y un pequeño baño sin ducha con una toma de agua y un lavamanos, todo muy sucio. En un estante había un bien surtido de medicamentos. “Estás en un lugar histórico —me dijo—, aquí fue donde Fidel se reunió con el jefe de los casquitos”[1]. Se dio media vuelta y se fue.

Aquel lugar sí que era un lugar de interés histórico. Hay una referencia que da cuenta sobre el encuentro a finales del año 1958 de Fidel Castro con el general del Ejército Constitucional de Cuba, Eulogio Cantillo Porras, quien fuera el Jefe de Operaciones del Ejército, esto dice la información:

El Jefe de Operaciones del Ejército, General Eulogio Cantillo, buscando una salida a la grave crisis que se había generado en Cuba al no aceptar las guerrillas el resultado de las elecciones generales…; se entrevista con Fidel Castro el 28 de diciembre en el viejo central azucarero cerca de Palma Soriano.[2]

Todo indica que después del encuentro con Cantillo Porras, el futuro dictador estuvo en ese lugar hasta el 1 de enero de 1959, cuando se enteró de que ya Batista había abandonado el país, esto según esta fuente:

El domingo 28 Castro se encontró con el general Eulogio Cantillo, en las cercanías de Palma Soriano. El comandante paso la noche del 31 de diciembre en un ingenio azucarero cercano a Palma Soriano, acompañado de Celia Sánchez (a) “Norma” y algunos de sus comandantes…, a pocas cuadras del comando, se encontraba Errol Flynn rodando una película.[3]

Siendo así, me encontraba estrenándome como médico en un lugar histórico, pero del cual no se habla mucho, como no se habla de las implicaciones que tuvo aquel encuentro para el fin de las hostilidades. Como sea me acomodé en aquel lugar como pude y dos horas después llegó un trabajador sanitario con el que fui al Centro de Elaboración para ser presentado.

Esta era una facilidad para la preparación de cientos y en ocasiones miles de raciones de alimentos para los macheteros y otros trabajadores de la zafra; aun cuando por aquella zona ya había terminado los cortes, este centro continuaba elaborando raciones y era allí donde debía de cumplir mi trabajo como una especie de inspector sanitario; para mí que ya me veía dando consultas médicas aquello no me gustó mucho..., pero bueno.

Fui presentado en el centro al administrador principal y pronto me di cuenta de que era el lugar más importante del poblado con unos 30 empleados, la mayoría mujeres; disponía de recursos para preparar cientos de comidas que eran enviadas a distintos puntos. Había un pequeño comedor para los empleados y algunos visitantes asiduos y especiales que por allí pasaban; pronto nos sirvieron un almuerzo que era una delicia, pero la sorpresa fue cuando el administrador se acercó para preguntarnos si tomarías malta o cerveza, (¡!) malta le dije…, me trajo dos.

Entonces pasaron unos días, cuando iba al comedor aprovechaba para inspeccionar el centro de elaboración y regresar a la posta donde pasaba el día leyendo a la luz de la única bombilla que había. Eran días grises, lluviosos y contrariados. Unos tres pacientes me visitaron solo buscando alguna medicina; una anciana jamaicana vino muy solicita a brindarse para lavar la ropa, al día siguiente estaba lista, no quiso cobrarme, pero sí aceptó algunas medicinas que le di. También vino una mujer de inusual apariencia para presentarse y decirme que era la esposa del secretario del partido en el poblado y que podía ir a su casa en las tardes a ver la televisión (uno de los dos televisores que había en el batey). Esa misma tarde fui a ver el noticiario.

Al cuarto día vino el trabajador sanitario con la orientación de que debía de hacerle estudios bacteriológicos: exudado nasofaríngeos y coprocultivos, a todos los trabajadores del Centro de Elaboración; me dejó todo el material y me dijo que lo guardara cuando tomara las muestras en un lugar frío hasta que él regresara.[4]

Fui de inmediato al Centro de Elaboración y hablé con el administrador que se mostró preocupado. Le dije que estuviera tranquilo en un gesto de colaboración que me convenía. La preparación de los exudados fue fácil. Como eran dos turnos puse a todos los trabajadores en fila y usé el hisopo en cado uno de ellos, frotando en la parte posterior de la garganta, y ponía el hisopo en un tubo que quedaba bien cerrado. No podía hacer más. El problema era el coprocultivo.

Realizar un coprocultivo requiere de un procedimiento más complejo, pero en realidad se trata de tomar una muestra de heces fecales para determinar si hay gérmenes que producen alguna enfermedad gastrointestinal. Es útil en lugares donde se manipulan o procesan alimentos. Siendo más complicado el procedimiento, el trabajador sanitario me dejó los mismos hisopos y tubos para esto, por lo que le di a cada trabajadora un hisopo y un tubo y las mandé para el escusado que había en el patio, no sin antes explicarles lo que debían hacer. Todas regresaron con la muestra, no sé de donde la tomaron, pero las puse en el saco de plástico que me dejaron. Después el problema fue con el administrador, cuando todo aquello lo deje muy bien empaquetado en uno de los refrigeradores. Al día siguiente el trabajador sanitario vino a recogerlo. Estaba muy contento con mi trabajo.

Para las tomas de ambas muestras, pero sobre todo para las muestras de coprocultivo, no se siguieron las más elementales normas, pero era así como se hacían las cosas por aquellos tiempos; mejor ni discutir sobre todo si usted es un estudiante de medicina devenido en médico.

En ocasiones atendí algunos pacientes que iban llegando y mostré mi mejor hacer en la atención y cuidado de ellos. Entonces aprendí que lo más importante es escuchar, sobre todo si usted tiene todo el tiempo disponible.

Los días sucedían sin novedades, leía hasta el cansancio y solo me detenía para ir a desayunar, almorzar y comer al Centro de Elaboración, donde aprovechaba para conversar con los empleados(as). En ocasiones le echaba mano a algún somnífero del estante para poder conciliar el sueño. No había preocupación en la administración del Centro de Elaboración, todo estaba bien.

A las dos semanas de estar en aquel lugar, una tarde decidí ir a ver la televisión. Entonces fue que me encontré al Comandante en Jefe dando un discurso que me sorprendió, tanto a mi como al primer secretario del partido y su esposa. Era el 19 de julio de 1970 y el dictador anunciaba que no se llegaría a la meta de los 10 millones de toneladas de azúcar en aquella Zafra que comprometió a todo el país. Visto en el tiempo el discurso no merece ni leerse, pero las palabras fueron simples: “…pero si ustedes quieren que les diga con toda claridad la situación, es sencillamente que no haremos los 10 millones. Sencillamente”.

Con esta sencillez se comprometió todos los recursos de una nación en una meta inalcanzable, consecuencia de una decisión errónea tomada por una personalidad desquiciada y obcecada. Conocí de personas que se alegraron y aún se alegran de aquella ruina colectiva, como conocí de cortadores de caña, que, sabiendo la noticia, tomaron la mocha y en las noches se fueron a los cañaverales a trabajar, aun sabiendo que no llegarían a la meta.

Había desconcierto y disgusto en aquella casa, la del primer secretario del partido comunista en aquel poblado; mejor me retiraba a mi posta médica, ya los días traerían otros afanes como así fue.

Dos días después de aquella noticia vinieron en un jeep a buscarme. El camino fue largo por toda la carretera central hasta llegar a un punto cerca de Yaguabo, entre Cauto Cristo y Cacocún, esto en la provincia de Holguín. Allí estaba el campamento principal del Contingente Lenin, una fuerza de cientos de macheteros que aún continuaban en los cortes de caña en una zafra que había fracasado.

Me faltaba la experiencia del campamento Las 44; hasta aquí como médico poco había hecho.



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