Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Periodismo, Homosexualismo, Crónica

Farah María, periodismo en el que creo

Este periodismo de nueva factura se enfrenta a los vicios en los que incurre el periodismo oficial cubano. Lejos de enfatizar en la crónica épica del presente, se adentra en la vivencia del sujeto y a través de ellas es que realiza su crítica social

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Como a Farah le gustan los tipos malos, a nadie sorprenderá saber que sus dos maridos salieron de la prisión del Combinado del Este el mismo día.

Si alguien era respetada en el Barrio de Colón, ese barrio mestizo, con olor a rumba y aliento a alcohol, esa era Farah María. En Refugios, entre Industria y Genios, Farah vivía con un mulato de cara cortada, bugarrón “de toda la vida” y quien la tocara, o le gritara maricón, no salía con vida. Eso todos lo sabíamos.

La historia de la marginación homosexual siempre empieza con la ofensa. Lo que recuerdo de la Farah de mi barrio eran los gaznatones que le daba aquel mulato, y a ella, doblando por Industria rumbo a Prado, moviendo las caderas, mal pintada, mal querida.

Ahora recuerdo más, gracias a Jorge Carrasco y su maravilloso perfil “Historia de un paria” que ha resultado finalista del Premio Gabo 2017. (Carrasco ganó el premio en el certamen. Información recibida luego de la publicación de este texto. Nota de la Redacción de CUBAENCUENTRO.)

La homosexualidad en Cuba, así como la diversidad de género, se han convertido en tema de manipulación política y los estudios oficiales obvian la pluralidad de la sociedad y el tejido de relaciones barriales. Ya en épocas tempranas en la conformación de la nacionalidad cubana, el transformismo formó parte de la vida diaria, y hay evidencias gráficas de este en referencias a cabildos y carnavales. El fenómeno no fue ajeno a la vida de la ciudad a principios del siglo XX, e incluso, figuras como Manolo Meylán, reconocido como el primer travesti cubano, llegaron a figurar como bailarinas del, nada más y nada menos, cabaret Tropicana.

En mi barrio, Farah era uno de los tantos personajes aceptados. De ella se contaba que si alguien le gritaba en plena calle le prendía fuego como un pomo lleno de alcohol de bodega. También decían que una vez, cuando niño, se subió a la azotea y te tiró, porque su padre le pegaba, porque en su casa no podía vivir una puta maricona.

Todo eso se contaba hasta que Carrasco le dio voz e hizo lo que a veces el periodismo olvida: dejar a un lado los anhelos personajes y dejar que sea el mismo personaje quien le cuente su verdad en el mismo sitio en el que las cosas ocurrieron; las calles de La Habana.

Mi papá me daba tantos golpes por esas travesuras que un día me subí a la azotea del edificio y por poco me tiro. Vino la policía y vino todo el mundo, y yo gritando que me iba a tirar.

Este periodismo de nueva factura se enfrenta a los vicios en los que incurre el periodismo oficial cubano. Lejos de enfatizar en la crónica épica del presente, se adentra en la vivencia del sujeto y a través de ellas es que realiza su crítica social.

Este texto evidencia los conflictos reales de la diversidad de género apelando a un anecdotario revelador, lejos de tópicos reverenciados desde el poder, y, sobre todo, realizando su denuncia desde el hecho, no desde el panfleto.

Este perfil se inserta dentro de una nueva tendencia en la que jóvenes periodistas buscan en lo narrativo una forma de esquivar el anquilosado lenguaje de la prensa cubana. Por una parte, la descripción del fenómeno, que siempre es personal, y por otra, centrar el protagonismo en la vivencia y la forma de contarlo del entrevistado, aunque “entrevistado” es una palabra demasiado corta en la significancia de lo que describe.

Discrepo con Jorge, Farah no es, ni ha sido, un paria. Crecer siendo homosexual entre el barrio de Colón y San Leopoldo conduce a desarrollar un esquema de autodefensa que solo puede ser efectivo desde dos posiciones que ella supo usar como nadie: la ausencia o la guapería. Ella supo aislarse cuando los peligros fueron demasiados, y ser la más brava cuando sabía que iba a ganar. Nunca fue un paria, siempre ha sido una sobreviviente.

Yo era la reina de la prisión. Estuve en un pabellón donde había alrededor de trescientos homosexuales. Aquello me encantó. Hacía lo que me daba la gana. Me vestía de mujer con vestidos hechos de sábanas, pelucas de tiras de saco. Con pasta de dientes me maquillaba los párpados y los labios me los pintaba con pintura roja.

Cuba no se merece el periodismo de Granma. En esta profesión la Isla disfruta de una tradición demasiado rica para que los últimos sesenta años la empañen con notas sobre el sobrecumpliento de la cosecha de plátano microjet. Leer este texto reconcilia y abre puertas, y estos reconocimientos sitúan al nuevo periodismo cubano en una ventana en la cual otros fenómenos sociales tienen cabida.

La excelente cobertura sobre el huracán Irma que ha desplegado un medio independiente como Periodismo de Barrio es una muestra de que un periodismo distinto es posible en una isla asediada por prohibiciones y censuras durante demasiado tiempo.

Los premios tienen como efecto el reconocimiento y la vitrina. Hoy hay más que leer, y más que saber gracias a textos como este. Desde el individuo que es Raúl Pulido Peñalver, primero Lulú, ya para siempre Farah María, es posible comprender más sobre la homosexualidad y el transformismo en Cuba que desde toda la propaganda tendenciosa e interesada del CENESEX y su presidenta.

Estamos más cerca de un buen periodismo gracias a este perfil de Jorge Carrasco que no solo merece el reconocimiento de ser finalista del Premio Gabo, merece ser leído, merece ser divulgado.

Este texto no utiliza a Farah, no la pone como cabecilla de un movimiento, ni siquiera enfatiza en su dolor. Este es un texto limpio, sin opiniones, donde los hechos son protagonistas. Leerlo es caminar con ella, por las calles de mi barrio, intentando pensar que una Cuba que no existe, aún es posible.


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