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Sociedad

Guayaba y gaceñiga

A pesar de la propaganda oficial, las condiciones de vida de los ancianos cubanos desinflan los elogios.

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Gregoria Benito a veces no reconoce al Jesús sangrante colgado en la sala de su casa, así que no se le pida que sepa quién es Eugenio Selman-Housein Abdo.

"¿Un terrorista?", responde sin más cuando se le pregunta. Tiene 77 años.

La señora Benito, jubilada de maestra de enseñanza primaria, se ganaba la vida bordando canastillas o tejiendo, pero su incipiente Parkinson la sacó del negocio.

No se rinde. Ahora vende mermelada de guayaba y gaceñiga (panetela) en el portal de su casa. Con voz afelpada invita a todo el que pasa.

"No tengo idea. ¿Es cubano?", inquiere Zenón, mascando un mocho de tabaco. Entre escupitajos, pregona bolsas de nylon a la entrada de un mercado de barrio y la saliva se le escapa cuando farfulla. Sobrepasa los 80.

Muchos como ellos ignoran quién es el doctor Selman, hasta hace unos meses médico de cabecera de Fidel Castro. Sin embargo, el galeno tiene "buenas noticias" para ellos.

"Cuba resulta un país ideal para alcanzar los 120 años", sostuvo Selman al dirigirse al V Congreso Internacional de Longevidad Satisfactoria, que tuvo lugar en el Hotel Nacional de La Habana.

Para el experto, hay seis normas básicas para llegar a una edad avanzada de manera satisfactoria. La primera es la motivación, "que es lo que le impulsa a uno a hacer cosas"; siguen una alimentación moderada, salud, actividad física, cultura —"porque espiritualmente te hace bien y te relaja, el estrés es una de las enfermedades más graves que tiene el mundo"—, y el medio ambiente, "empezando por el cuarto donde uno vive" y atendiendo cosas como la luminosidad o los ruidos.

Las pautas de Selman-Housein suenan a ciencia ficción cuando Filiberto mira para el techo.

Inventando

"Un buen día me cae encima", dice señalando con la barbilla sin afeitar las vigas salientes.

Por tramos, el techo ha perdido el estuco y las capas de masilla. Los lamparones de humedad son concéntricos. Hacen que la habitación tome aspecto cavernario. El sol se abre paso a través de una ventana que pronto dejará de serlo. Hay fresco.

"Si duermes con luz, no llegas a los 120 años", afirmó en su conferencia Selman Housein, porque "la luz hace que la glándula epífisis no segregue melatonina, que es la que profundiza el sueño", explica.

Apoyándose en su cayado de ajete, Filiberto recorre entre cuatro y cinco kilómetros vendiendo haraganes. Los fabrica con recortes de goma y por cada uno pide treinta pesos. Trabajó casi toda su vida como inspector de trenes. Con su jubilación de 250 pesos, unos diez convertibles, cubre sus primeros días de mes. El resto "hay que inventar, ¿y qué no inventa el cubano?".

Gregoria, Zenón o Filiberto no son noticia en La Habana. Como muchos ancianos, ni se sabe cuántos, viven incrustados en un mundo de carencias del que saben saldrán con la muerte.

Ni leen, ni escuchan noticias, ni pasean, ni "comen fuera", y el televisor, soviético y arrinconado, habla de una vida pasada. Tienen bastante de que ocuparse con tratar de llevarse un pan a la boca y comenzar, solitarios, una existencia sin alicientes.

De acuerdo con datos oficiales, la expectativa de vida del país es de 76,8 años y se espera que en el próximo quinquenio llegue a 80 años.

De una mano a la otra

El gobierno se ufana de su sentido previsor. Hace más de quince años se viene preparando para asumir un fenómeno indeseable: el progresivo envejecimiento de la sociedad, cuyo segmento de personas con 60 años o más sobrepasa la cota del 15% del total de habitantes.

En el período, dispuso una red de gabinetes geriátricos en capitales de provincia, sobre todo para ofrecer charlas, procuró que más de 400.000 adultos mayores participen diariamente en actividades físicas y sociales en los llamados "círculos de abuelos", y hace un par de años aumentó en cincuenta pesos como promedio las jubilaciones.

La inyección financiera benefició a 6,6 millones de personas por incrementos de salarios, pensiones y prestaciones de la asistencia social.

Coincidentemente, el Estado subió la tarifa eléctrica y escalaron los precios al consumidor en los mercados en divisas y agropecuarios de libre concurrencia. Todavía más, muchos productos subsidiados también cayeron en la vorágine inflacionaria.

El café, uno de los artículos más consumidos por los ancianos, mejoró en calidad pero aumentó su precio en más del doble.

"Fue como pasar dinero de una mano a la otra", reconoce un economista.

Según un estudio especializado, un núcleo familiar promedio de cuatro personas, dos adultos y dos menores de edad, aumentó sus ingresos salariales en unos 105 pesos. Al mismo tiempo, el incremento de algunos precios de la canasta básica normada elevó esos gastos a unos 90,6 pesos mensuales.

Con la diferencia, tal familia deberá hacer magia: asumir las tarifas eléctricas, que subieron hace dos años, acudir al mercado libre de alimentos y cubrir otras necesidades de productos de primera necesidad que se venden sólo en pesos convertibles o en pesos cubanos, a muy altos precios.

A inicios de la actual década, un análisis del Centro de Estudios de la Economía Cubana estimó que un núcleo promedio de cuatro personas en La Habana necesitaba siete veces sus ingresos salariales para cubrir un ABC de necesidades.

Letra muerta

El artículo 3 de la Ley de Seguridad Social de 1979 establece que "se protege especialmente a los ancianos; a las personas no aptas para trabajar; y, en general, a todas aquellas personas cuyas necesidades esenciales no estén aseguradas o que, por sus condiciones de vida o de salud, requieran protección y no puedan solucionar sus dificultades sin ayuda de la sociedad".

Filiberto es uno de los que espera que ese artículo 3 no sea letra muerta. Su solicitud para el arreglo del techo y las ventanas data de hace dos años.

"Los trabajadores sociales me tomaron todos los datos, pero nada. Me dicen que hay mucha gente necesitada. Ya están de nuevo las lluvias y tengo que estar toreando las goteras", se queja.

Zenón piensa que si su nieto, que trabaja de maletero en un hotel, "le deja caer algo", se tirará a descansar un par de semanas y tendrá para mejores tabacos. "Son mi vida", manifiesta entre chupadas.

"Y gracias que tengo las medicinas que me mandó el médico", exclama agradecida Gregoria. Son casi las once. Nadie pasa, nadie compra, pero ella sigue pregonando, casi susurrante, en medio de la noche.

"El poder de Dios es inmenso", dice espantando las moscas del plato que ella sólo es capaz de ver. "Alguien vendrá".