Actualizado: 14/12/2018 10:51
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Habana Nuestra

El inventario de destrozos en la capital cubana puede ser interminable, según cuentan quienes vienen de allá

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Yo te amo, ciudad
aunque sólo escucho de ti el lejano rumor
aunque soy en tu olvido una isla invisible
porque resuenas y tiemblas y me olvidas
yo te amo, ciudad.
Gastón Baquero

I

Quien quiera conocer una parte de la historia de la capital cubana debe visitar la Maqueta de La Habana. En el Municipio Playa, ocupa un espacio de 22 metros de largo por 8 de ancho, y una escala de 1 en 1000. La idea original fue del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital (GDIC), imitando modelos parecidos como la de Nueva York en Queens —The Panorama of the City of New York—de unos 850 metros cuadrados, la impresionante Roma Imperial, o la de Berlín, que con 3000 metros cuadrados es una de las más grandes del mundo.

En el caso de la maqueta habanera, al menos en la época de su inauguración, tenía diferentes colores para identificar el tiempo en que cada edificio, plaza y parque fueron construidos. Creo recordar que la época colonial tenía un color rojo, la llamada republicana un color hueso, y la levantada en tiempos recientes, bajo el régimen comunista, blanco. Hay algunas fotografías actuales con edificios de otros colores, tal vez de otra maqueta, la de la Habana Vieja.

Desearía imaginar que dar pintura a las miniaturas nada tiene que ver con lo que la maqueta representa en sí misma: la denuncia de una estafa. Lo hecho y aun en pie de la época colonial, y lo edificado en los últimos sesenta años bajo la egida revolucionaria, apenas llega a la mitad de lo construido en tiempos de la Republica. Casi toda la ciudad que todavía se resiste a morir, fue erigida a golpe de puro concreto y cabilla, pico y pala, en menos de medio siglo. Los barrios de Santos Suarez, Lawton, una parte del Cerro, Luyanó, Miramar, el Vedado y el Nuevo Vedado y la Víbora, con sus enormes palacetes y edificios, ninguno igual al otro, cumplirán ahora setenta u ochenta décadas.

No sería ocioso mencionar la cantidad de cines —en una época más que Nueva York—, teatros, cabarés, restaurantes y salones de baile que inundaban la noche habanera. El litoral de la ciudad se llenó de clubs náuticos, algunos muy exclusivos, y otros donde por una cuota frugal podía el asociado recibir todo tipo de servicios junto al mar. Hubo barrios opulentos, y barrios pobres, y también marginales, como los hay en cualquier otra gran ciudad.

II

La Habana siempre será un estado de ánimo. El ánima de quienes le dan vida. O el fatum de los que se la quitan. Fiesta innombrable, diría el Poeta de Trocadero. La Ciudad de las Columnas, también la llamó quien se decía habanero de la Calle Maloja —¿un certificado de nacimiento europeo? Pero es, sobre todo, la ciudad de José Martí y del Padre Félix Varela.

¿Cómo pudo destruirse así? ¿Cómo la capital, en cuyas calles no han explotado bombas ni ha sido calcinada por el fuego, derribados sus edificios por la metralla, parece hoy una zona de guerra? ¿Cómo puede aprenderse tan rápido, sin sentir vergüenza, el arte de hacer ruinas?

Quienes nacimos un poco antes o poco después de la Revolución de 1959 no conocimos esa Habana de desigualdades, pero al mismo tiempo, llamada el Paris del Caribe. Mi generación fue testigo del deterioro paulatino, de la depredación y la desidia. Un vago recuerdo de la infancia son las últimas bodegas y las quincallas privadas, el pomo de leche y el periódico en la puerta de la casa, que nadie se llevaba. Jalisco Park y Conney Island funcionando. Las mansiones convertidas en escuelas primarias, años más tarde tiendas en dólares. Otras residencias albergaron muchachas campesinas que jamás habían visto un inodoro. Para cocinar arrancaban las ventanas de maderas preciosas para hacer leña. Nadie se disgustó por aquello, y en vez de enseñarle a las desdichadas campesinas reglas de urbanidad, dejaron que alguna que otra mansión se coinvirtiera en cuartería.

A medida que la escasez aumentaba, desaparecían de los parques los bancos, las plantas, los bombillos y las mariposas y las flores. La intervención de los negocios privados dio un tiro mortal al barrio habanero. Ya no habría pregón ni carretonero. El dueño de bodega, ahora administrador, no podía fiar ni brindar el vasito de cerveza a los contertulios. El despojo del estilo de vida citadino concluyó con la malograda Zafra de los Diez Millones, y aquellos apagones, en una ciudad donde las últimas Leyland intoxicaban la brisa del Malecón.

Hubo una pausa tras investir a la Ciudad de la Habana de cierta autonomía. Algún ropaje decente para el Festival de la Juventud y los Estudiantes en 1978. Pero nuevamente vendrían los azotes con el llamado Periodo Especial, y la ciudad toda parecía más miserable en la medida que la Habana Vieja se desperezaba, y como me dijo un amigo nacido y criado en el Vedado, la Habana vieja era ahora todo lo demás.

Para hacerla aún más invivible, inventaron ponerle “gas de la calle”. Picotearon avenidas y calles. Quienes tenían que tapar los huecos, desaparecieron con el cemento y la piedra, y al primer aguacero, la Habana fue la ciudad de las furnias. Las alcantarillas tupidas por la basura la convirtieron en una desgraciada Venecia tropical. Hoy día no hay amortiguadores que aguanten un round de tráfico capitalino.

El inventario de destrozos puede ser interminable, según cuentan quienes vienen de allá. Y lo peor de todo es saber que, aunque exista la voluntad de hacer algo, no tienen los recursos ni a los habitantes de la Habana parece importarles. Han vivido entre ruinas, y se han acostumbrado a tirar los escombros en un contenedor enorme, la ciudad donde malviven.

III

El régimen cubano desarrolla un plan para celebrar los quinientos años de la Habana con cierta dignidad. Creen que con una manito de pintura, nuevos carros para recoger la basura y algunas avenidas bacheadas resucitaran la Habana señorial, aquella que como imán atraía artistas de todo el mundo. Ampones también, por supuesto. Si reconstruyeron Berlín, Budapest, y Varsovia, ciudades arrasadas hasta el suelo, ¿por qué la Habana no puede resurgir de las cenizas, quitarse el polvo de encima después de medio siglo en el almacén de la indolencia?

En primer lugar, quizás se necesiten alemanes, húngaros y polacos para la tarea. Sin amar la Habana, sin sentido de pertenencia y de referencia a ella, ni todo el oro del mundo puede lograr el milagro de hacerla regresar a sus mejores tiempos. El sentimiento autodestructivo de los habitantes solo puede explicarse por el desplazamiento de las frustraciones y la violencia hacia objetos inanimados antes que a personas, aunque a veces la exteriorización de la violencia llegue al prójimo en forma de malas palabras, gritos, incluso agresión física.

Una sociedad infeliz, acosada por la miseria y la desesperanza, no puede construir nada nuevo, bello y bueno. Antes de pintar un edificio o reparar una calle, es vital que la persona crea que esa calle y ese inmueble son parte de su vida, que no son cosas ajenas, del “Estado”. ¿Volverán los cines, los edificios, los clubs y las bodegas a tener dueños, única solución real para responder por su mantenimiento y protección? Es la parte humana del asunto. Es lo primero para empezar a pensar una Habana feliz, presentable.

Otro factor es la inversión material. La Habana necesitará miles de millones de dólares para recuperarse. La remodelación y el rescate de las estructuras originales suele ser mucho más costoso que las nuevas construcciones. Todo sería más fácil si los habaneros, piensen como piensen, vivan donde vivan, pudieran invertir en la reconstrucción, y nadie interfiriera en ello, salvo por cuestiones técnicas.

La Habana volverá a ser el París del Caribe. Eso nadie debe dudarlo. Solo tiene que pasar este breve apagón mental y espiritual de sesenta años, efímero tiempo para una ciudad que, a pesar de todo y contra todo pronóstico, cumple cinco siglos de vida palpitante. La razón para tanto optimismo es simple: la Habana sigue viviendo en muchos de nosotros.


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