Actualizado: 26/11/2020 16:04
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Reforma Migratoria, Emigración, Exilio

Hay murallas, y murallas

Hay una muralla en EEUU hacia la Isla, pero la principal rodea a Cuba también desde hace años. Esa se comenzó a erigir por los Castro cuando en enero de 1959 por decreto se restringió el libre movimiento de los cubanos

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El artículo de José Alejandro Rodríguez, “Al turismo del emigrado, abre la muralla…”, publicado inicialmente en Progreso Semanal y reproducido en el blog de Silvio Rodríguez, Segunda Cita, me mueve a varias consideraciones. Pero antes, quisiera referirme al autor.

José Alejandro (Pepe) es un periodista de Juventud Rebelde, a quien conocí hace más de 30 años en un corte de caña en Cuba. Siempre he tenido la impresión de que es una persona decente y un periodista que quiere ejercer bien su profesión. Prueba de ello es una especie de “yo acuso” que escribió en 2009 titulado, “Contra los demonios de la información secuestrada”, que fue rápidamente removido de la edición online de JR, al parecer, por atrevido. Allí, Pepe denunciaba las decisiones “excesivamente centralizadas” sobre la economía y la sociedad, acordadas “desde arriba”, que afectaban lo que se podía o no informar en un periódico. En aquel artículo se atrevió contra el programa de TV La Mesa Redonda y el Granma al calificar las informaciones sesgadas en estos medios como “mesaredondización” y “granmatitis”. “Información es información” decía, y ampliaba su andanada en una especie de catarsis autocontrolada.

Después de este episodio, he seguido con asiduidad su esquina en JR, donde atiende cartas de lectores y les exige a dirigentes y administradores respuestas que satisfagan las demandas y quejas de la población que llegan al periódico. Intenta buen periodismo en eso. Trata de llamar al “pan, pan y al vino, vino”, y como lectores nos damos cuenta de la pasión, y en ocasiones la cólera, que lo asiste al descubrir absurdos, negligencias, abusos y lo que ahora se ha dado en llamar “burocratismo”, término que en la Cuba de hoy incluye todo lo anterior, más, en ocasiones, corrupción. Es de admirar la labor de Pepe. Sobre todo si se tiene en cuenta que Cuba es un país donde la prensa está totalmente controlada, las censuras están a la orden del día, y no son pocos los periodistas e intelectuales que una y otra vez han reclamado infructuosamente más “flexibilidad” en los medios, incluido Pepe. No quiero usar, aunque sería acertado, el término libertad porque no creo que la “libertad de prensa” sea demanda pública de ningún periodista oficial, todavía. De Pepe tampoco.

Quisiera adjudicarle al artículo sobre la muralla, los cubanos y el turismo el beneficio de la duda y pensar que el autor estuvo obligado a centrarse en una sola cara de la moneda, como parte de esas restricciones sobre la prensa que el régimen impone, a las que él aludía en el 2009. Pero en ese ejercicio, el artículo queda manco y resulta poco respetuoso del derecho que como cubanos deben tener los emigrados.

Los cubanos que han anclado residencia en cualquier otro país, sea Estados Unidos, España, Canadá, cualquiera, por las razones que sean, no viajan a Cuba a visitar las Cuevas de Bellamar, sino a visitar la familia que dejaron, o a reencontrarse con un país que conocen solo por referencia de los padres o abuelos. Por lo general, no es un viaje turístico. Se vive una situación de división familiar muy dolorosa que data ya de medio siglo, de la cual el régimen cubano no debiera seguir sacando lascas. Para eso bastan las abusivas tarifas telefónicas, los pagos por concepto de pasaportes, permisos de salida y entrada, permisos de residencia en el exterior, y un gran etcétera que ha sido denunciado en múltiples ocasiones. Bastan los permisos de salida y los cuños que se imprimen o no, a discreción de un funcionario, en los pasaportes de los cubanos. Pepe no aborda este asunto, sino se limita a hacer una descripción de las restricciones y sanciones de Estados Unidos con relación a Cuba; que existen, pero constituyen solo una parte de las limitaciones que gravitan sobre aquellos cubanos que emigran hacia ese país.

Es sabido que los cubanos residentes en el exterior que así lo deseen no pueden invertir en la Isla, como sí se le permite a un extranjero. Ni siquiera pueden viajar por la cantidad de tiempo que deseen. Ya no invertir legalmente en los nuevos pequeños negocios privados, aunque las remesas familiares que envían nutren esta actividad en cantidades desconocidas. El propio José Alejandro reconoce en su artículo que “no hay cifras oficiales, de cuánto entra a Cuba en remesas y en los bolsillos de nuestros hijos, hermanos, tíos y primos”. Pero lo que sí conoce el cubano que las envía y el que la recibe es cuánto se embolsilla el régimen con cada remesa, al tiempo que perciben cuánto deja de invertirse en el desarrollo nacional. Sin más escrutinio a cargo de instituciones financieras u otras entidades internacionales.

Si en Cuba, como sugiere el artículo de Pepe, se quiere explotar ahora lo que especialistas llaman “turismo nostálgico”, se deben también implementar una serie reformas, entre ellas, una radical reforma migratoria que incluya el levantamiento de restricciones al retorno para aquellos cubanos que lo deseen. Un emigrado de Dominicana, México, Vietnam o China, tiene la posibilidad de regresar y reasentarse en su país de origen, si en el país receptor no le fue bien. En Cuba esto no es posible, o al menos las leyes que lo dificultan no han sido revocadas. En la actualidad, Cuba prescinde de inversiones financieras y de capacidades adquiridas por sus emigrados. Véanse, en sentido contrario, las experiencias positivas de los chinos de ultramar en la transformación de ese país con sus asociaciones y foros de emprendedores, las de los vietnamitas que van y vienen sin restricciones, y las de tantos emigrados de este mundo, menos los cubanos. No se necesitan dilatados estudios. No es con remiendos aquí y parches allá con lo que se lanza una nueva política migratoria y hacia la diáspora, el asunto requiere de elaboración abarcadora, seria y urgente.

Un reciente informe del Cuban Research Institute (CRI) de la Universidad Internacional de la Florida, elaborado por un grupo de expertos cubanos —La diáspora cubana en el siglo XXI—, aborda las varias vías que de conjunto la diáspora cubana pudiera emprender para ayudar al desarrollo de su país de origen, una vez que el Gobierno de la Isla levante las sanciones que le impone. En ellas, el turismo nostálgico es solo una de las muchas vías de un paquete, que requiere como imprescindible para su implementación una reforma migratoria radical. “La actual legislación promueve la emigración unidireccional permanente y obstruye el transnacionalismo de la diáspora con la Isla”, dice el Informe, y argumenta la necesidad de revertir esa situación. A esto también se han referido publicaciones como Espacio Laical y Palabra Nueva, con análisis que José Alejandro no entra a considerar en su artículo, ni los economistas participantes en el Seminario sobre Economía Cubana y Gerencia Empresarial a los que hace alusión al parecer tampoco.

No es asunto, como dice Pepe, solo de la “reticente derecha miamense”, o de una administración norteamericana, es responsabilidad del régimen que impera en Cuba frente a la nación. Las violaciones del derecho al movimiento las impone ese régimen contra todos los cubanos, y sobre la diáspora, se viva en EEUU, o en cualquier otro punto del globo terráqueo.

Hay una muralla en EEUU hacia la Isla, pero la principal rodea a Cuba también desde hace años. Esa se comenzó a erigir por los Castro cuando en enero de 1959 por decreto se restringió el libre movimiento de los cubanos, se les llamó después “gusanos” a los opositores, “traidores” a los que se iban, y cuando hace unos años un ministro del régimen intentó definir quién era cubano y quién no según sus filiaciones políticas. Esa muralla tiene hoy una sólida construcción. No hay que abrirle puertas, Pepe, ni intentar remiendos a modo de reformas, hay que derribarla.


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