Actualizado: 19/10/2018 10:27
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Lorenzo Fuentes, Literatura, La denuncia de hoy

José Lorenzo Fuentes, muerto en vida y olvidado en la muerte

José Lorenzo Fuentes sufrió el ostracismo en Cuba durante más de dos décadas

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En los próximos días se cumplirán 59 años de una Revolución que no ha conseguido para su pueblo la producción de bienes de consumo que prometiera en sus ya lejanos inicios, ni la creación del nivel y el modo de vida decoroso que asegurara década tras década del pasado siglo.

Lamentable; el único plan que ha sobrecumplido el castrismo es la producción del odio, la exclusión, la injusticia en sentido general.

Y con todo conocimiento de causa escribo “lamentable”, porque hoy, para muchos de los que éramos púberes aquel 1 de enero de 1959 —lo sé, no pocos de mis contemporáneos y compatriotas lo manifiestan aquí y allá— en lugar de rabia al constatar lo antes dicho, sentimos tristeza.

Tristeza tal vez porque muchos de los entonces gestores —con pasión tanta, gestores— de lo que luego sería un régimen totalitario ya casi sexagenario, han resultado también víctimas de este a lo largo de los años.

La Revolución socialista de Cuba, lamentablemente, sembró el odio de hermano a hermano, de padres a hijos y viceversa, de amigo a amigo, etcétera.

¿Alguien podría asegurar que la política no es capaz de enemistar a familiares y amigos? Pareciera. Pero en la “política comunista” no ha sido así. No puede ser así. Esta “política” ha exigido a sus adeptos que nieguen, como lo hace ella propia, a aquellos de sus familiares y amigos que no comulguen con la Revolución y así lo hagan saber.

Todavía hoy nos llegan noticias de una amiga cuyo hermano es oficial de la policía en Cuba y él, su hermano, cumple con verdadera convicción esa decisión de no departir jamás con ella, quien se encuentra en Estados Unidos. Lo mismo sucede con aquellos que hoy, oficiales del ejército, aceptan quizás con deleite la lejanía que deben establecer con algunos excondiscípulos —antes amigos de primera línea— que abandonaron la carrera cuando todos eran cadetes, y hoy viven en el extranjero.

Son solo dos ejemplos.

La pregunta es sencilla: ¿Alguien, en su pleno juicio, puede estar de acuerdo con un régimen que excluye, anatemiza, humilla, censura, encarcela a quienes no estén de acuerdo con su ideología y así lo expresen aun por la vía pacífica?

La respuesta también pareciera sencilla, pero no lo es. De modo que politólogos, sociólogos y psicólogos sociales deberán encargarse de explicar por qué no es sencilla.

José Lorenzo Fuentes sufrió el ostracismo en Cuba durante más de dos décadas, aun resultando, desde entonces, uno de los mejores narradores de nuestra literatura. [Esto ocasionó que a muchos de mi generación nos dieran gato por liebre: no eran los mejores aquellos que nos vendían como tales, pero eran fieles al sistema o al menos complacientes con este.]

A mediados de la década de 1960, cuando faltaba poco para que le aplicaran la “ley” de Saturno, ya José Lorenzo había publicado, entre otros libros, El lindero (1953), El vendedor de días (1967) y ese manojo de cuentos fuera de serie que fue y será Después de la gaviota (1968).

Ya entonces el escritor había obtenido el preciado Premio Hernández Catá en 1952 y gozaba de alto reconocimiento en Cuba y América Latina.

Una mañana, el director de la cárcel en que se hallaba preso, como solemos decir los cubanos, intrigado (el director), lo llamó a su oficina y le preguntó:

—Lorenzo, ¿de verdad cuál es tu delito?

—Ninguno —contestó el recluso.

La duda del director del presidio surgía porque ¿cómo sería posible que a un hombre acusado de “Traición a la Patria”, solamente le hubiesen condenado a 3 años de cárcel cuando este delito conlleva la pena de muerte o al menos 20 o 30 años en prisión?

Esta respuesta sigue en el aire y tanto ella como otros diversos y tristes detalles de la vida de Lorenzo deberán salir a la luz cuando aparezcan sus memorias.

Desde la época dicha, José Lorenzo quedó fuera de la literatura cubana; es decir, resultó un muerto en vida para la cultura de la Isla. Si bien él continuaba escribiendo su obra.

Al morir en Miami —donde se exiliara 25 años atrás— el pasado 17 de diciembre había sumado a su obra libros tales como Hierba nocturna (2007) o El cementerio de las botellas (2012), así como Cuentos completos (2013) y la antología personal Mis mejores cuentos (2016) —donde incluye par de textos hasta entonces inéditos.

Como tantas veces había expresado, escribió hasta que la falta de lucidez o la muerte se lo impidieran: recientemente vio la luz su novela Cleopatra virtual.

José Lorenzo Fuentes es —es— sin dudas uno de los más altos exponentes de la narrativa cubana de todos los tiempos. Y en lo que se refiere al género cuento brilla aún más alto.

La noticia de su muerte aún no ha sido dada por la prensa autorizada en la Isla —toda en la nómina salarial del régimen.

En cualquier país con un gobierno sin odio, el aviso de su deceso habría aparecido en la primera plana de los periódicos y en las introducciones de noticieros radiales y televisivos.

Mas, hasta hoy, ni siquiera allá, en su Santa Clara natal, se ha dado a conocer por algún medio la desaparición física del maestro. Esto resulta aún más triste si tomamos en cuenta que José Lorenzo Fuentes es, hasta el presente, el más grande escritor nacido en aquella ciudad.

Es demasiado lamentable.

Demasiada tristeza.

Demasiada impiedad.


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