Actualizado: 27/01/2022 17:36
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Represión

Jueces como policías, abogados como cómplices

Primavera de 2003: Raúl Rivero rememora las vivencias del juicio que lo convirtió en un Josef K. cubano y del que salió condenado a 20 años de prisión.

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Recuerdo otro miembro del tribunal. Un mulato viejo, canoso. Guayabera empercudida, sin plancha en las alforzas y un viso en los rebordes de los bolsillos. Durmió mucho, con unos cabezazos hondos que iban de la mesa del pupitre al respaldo de su silla de madera. Salía, a veces, de esos repelones con una especie de sobresalto, pero volvía enseguida a sus ensoñaciones. A lo mejor soñaba que era joven y feliz y libre y ejercía su carrera con decencia en una sociedad con democracia. Por eso, por compasión, nadie se atrevió a despertarlo.

No obstante, firmó nuestra sentencia sin reparos y a lo mejor eso le ayudó a despejarse definitivamente y el café que le brindó el oficial de la policía le quitó de una vez la saliva pastosa y amarga que tenía en la boca.

Un tercero, un cuarentón de traje incoloro, dibujaba con tesón alguna obra maestra porque cuando repasaba el lápiz chino con esmero, levantaba el papel y lo miraba complacido, con alegría de artista invitado a exponer en El Louvre. Pero enseguida corría a perfeccionarlo. Así hasta que tuvo que abandonar la pieza para ir a firmar para que a Ricardo y a mi nos condenaran a 20 años.

Y la auxiliar que leía las actas, también inolvidable en su traje de camaleón cuqueado. Nos llamó apatrídas y trasnfúgas, bilicosos y vibóras, en una confusión de acentos y un arrebato de eses que nos dejó mucho peor de lo que éramos.

Abogado también el instructor del caso, un militar con nombre falso que un día se llamaba Catalino y al otro Vladimir y por las noches Anselmo, pero los jueves se llamaba Nicanor. El lunes iba de Casimiro y al almuerzo ya era Sergio o Manolín o Baldomero. Nicasio fue un domingo. Un hombre inculto y violento que no va a leer nunca a nuestro poeta, muerto en Madrid, en el exilio, Gastón Baquero, autor de un poema magistral sobre una rosa de Villalba.

Pidió clemencia, si acaso pidió algo

Para el final, nuestro abogado defensor. Contratado para dejarnos libres a Ricardo y a mi. Muy joven, enfrentado a su primer juicio de corte político, hizo lo que hacen desde 1959 todos los abogados defensores en Cuba: no pidió justicia, pidió clemencia, si acaso pidió algo.

Lo conocí tres días antes de la función circense. A medianoche, me sacaron de la celda que compartía con tres acusados de tráfico de drogas. Me llevaron los guardias hasta un salón donde sólo se veían dos butacas y ningún micrófono, pero estoy seguro que había más micrófonos que asientos. El abogado también.

Por eso, los quince minutos que nos dieron para que se familiarizara con el caso nos sobraban porque el hombre quería saber lo menos posible de mis trabajos como periodista independiente.

Creo que es un buen hombre. Hizo lo que pudo. Lo que pasa es que no podía hacer nada.

Diez minutos antes del juicio me dejaron entrevistarme con él en una oficina del tribunal y me pidió que no respondiera preguntas, ni hablara nada. "¿Para qué?", me dijo y sacó un pañuelo blanco.


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