Actualizado: 27/01/2023 18:43
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Edificios, Derrumbes

La ciudad que se derrumba

El Estado cubano, en su proceso de abdicación de sus responsabilidades sociales, solo les ha dejado a quienes viven en la Isla la opción de los créditos baratos para reparaciones de viviendas

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El reciente derrumbe de un edificio en Centro Habana es una triste noticia que nos habla de muertos, heridos y damnificados. Trágicos perdedores de la actualización.

Pero la noticia no es una sorpresa.

La sorpresa es que no pase con mayor frecuencia.

En realidad si esto no ocurre todos los días en la capital cubana es porque nuestros arquitectos e ingenieros nos legaron un parque inmobiliario sólido, a prueba de los años y las muchedumbres. Y porque nuestros compatriotas, en sus muchas prácticas de sobrevivencia que algún día habrá que historiar, han ingeniado las mil y una maneras de apuntalar esos edificios agrietados, y seguirlos habitando hasta que la gravedad pasa la cuenta a sus obstinados retadores.

No voy a detenerme en un balance de logros y derrotas de la ciudad en esta larga era postrevolucionaria. Solo digo que, aun considerando los consabidos beneficios sociales, la ciudad perdió mucho más de lo que debió perder para lograr un desarrollo territorial más equilibrado a nivel nacional. Y perdió mucho porque perdió al segmento de clase media e intelectual más dinámico. Porque perdió su excelente infraestructura al calor del descuido y la desidia. Y porque, finalmente, perdió su particular toque metropolitano al calor del mediocre estoicismo plebeyo de la clase política postrevolucionaria. Una nueva capa dirigencial que tuvo especial cuidado de repartirse previamente las mejores viviendas en los mejores lugares, y de reservarse algunos sitios excepcionales de placeres lúdicos para compensar sus desvelos revolucionarios.

La Habana fue sacrificada por una élite postrevolucionaria que entendía el cambio como una obstinación antiurbana y al hombre nuevo —cito a Emma Álvarez Tabío— como un buen salvaje en permanente asedio a la ciudad. Aún recordamos la Habana invadida de campesinos, las ferias ganaderas en los jardines del Capitolio, la “caturrización” frustrada del Cordón de la Habana y aquel desatino ridículo de Fidel Castro cuando proponía mudar la capital a Guáimaro. Y también la conversión de verdaderas joyas arquitectónicas en cuarterías u oficinas públicas a las que se adicionó cocheras improvisadas, casetas en jardines y azoteas, habitaciones donde había portales y balcones, y las famosas barbacoas que han llevado estos edificios a límites extremos de resistencia constructiva.

Si los primeros años revolucionarios pueden mostrar —junto con sus logros en beneficio de las mayorías urbanas— un legado arquitectónico respetable —la Habana del Este, las ciudades-jardín de Pastorita, la escuela de arte de Cubanacán— lo que vino después fue patético: varias manchas formalizadas de arrabalización cuya expresión más conocida es Alamar y uno de los edificios más originalmente feos de todo el planeta: la embajada soviética. Debido a que los controles policiacos impedían los asentamientos precarios en las periferias urbanas —como sucede en las urbes tercermundistas— la ciudad terminó tragándose su marginalidad, manifestada en un hacinamiento sin precedentes que da vida a cerca de 10 mil cuarterías con condiciones infrahumanas de habitación.

Me temo que estamos comenzando a vivir otra fase de la historia de esta ciudad. La ciudad “socialista” —mediocre y aburrida— está cediendo el paso a otra ciudad cuya “marca” es precisamente la historia metropolitana negada por cinco décadas, con su glamour, sus misterios y sus noches de lentejuelas y sexo. Justamente la Habana que Eusebio Leal restaura a la medida tanto de sus propias inclinaciones hispanófilas y cortesanas como del gusto de los consumidores, reales y potenciales. La Habana que se diseña a lo largo del litoral, y que se extiende por campos de golf y marinas reservadas. Una Habana que muy poco tiene que ver con la pobre gente que perdió viviendas y familiares en Infanta y Salud.

La Habana que inicia un proceso de gentrificación al calor de la apertura —aún tibia pero inexorable— del mercado inmobiliario. La Habana elegante que vuelve a perfilarse donde ahora vive la vieja élite política y crecientemente la nueva élite emergente, íntimamente vinculadas, en ese proceso metamórfico que nos regala el General/Presidente desde su actualización.

La Habana del futuro capitalismo cubano.

Una Habana A que pasa por encima de gente que, como los damnificados de Infanta y Salud, esperan cada noche una catástrofe. Para estos, como para los miles de damnificados que sobreviven en albergues, para los cientos de miles que esperan una nueva vivienda o una reparación capital de la existente, lo que va a quedar va a ser una Habana B, una Habana de pobres y empobrecida, la ciudad de los peores servicios y las peores condiciones ambientales.

Ya ni siquiera les queda la ilusión del apartamento en Alamar en el fondo del túnel. El Estado cubano, en su proceso de abdicación de sus responsabilidades sociales, solo les ha dejado la opción de los créditos baratos para reparaciones de viviendas. Cuando sea posible acceder a ellos en medio de ese régimen de miseria repartida y poder monopolizado que la degradada élite cubana insiste en presentar como una opción de futuro.


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