Actualizado: 17/10/2017 10:31
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La Habana

La Habana y sus centros

Centros políticos, culturales y económicos, espacios de éxitos y frustraciones en los que muchos cubanos han dejado jirones de sus existencias

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La Habana es una ciudad de muchos centros.

Por un lado, están los numerosos centros barriales y municipales particularmente simbólicos en los municipios con historias desagregadas, como son los casos, en el este, de Regla y Guanabacoa. Por otro lado, los centros a escalas del total del conglomerado urbano, aquellos lugares que han albergado poderes políticos o económicos, o han proveído servicios culturales a niveles mayores. Todos ellos han sido importantes como concreciones históricas, espacios de éxitos y frustraciones en los que muchos cubanos han dejado jirones de sus existencias.

El primer centro de la ciudad fue un eje que, corriendo paralelo a la orilla de la bahía, enlazaba las plazas Nueva (hoy conocida como plaza vieja), de San Francisco y de Armas, y a la que desde el siglo XVIII se agregó la plaza de la catedral. Se completaba con un trazado de pocas calles que cruzaban los bordes legales de la ciudad, simbólicos durante más de un siglo, y efectivos desde el siglo XVIII, cuando se terminaron las imponentes y muy caras murallas de la ciudad. El resto era un reguero de casas bordeadas de matas espinosas que protegían a sus habitantes de los perros jíbaros, los cimarrones y los salteadores de todo género, pero no de las bandadas de mosquitos que, según los cronistas, eran más voraces que todas las especies españolas conocidas.

Pero según la ciudad fue creciendo y la zona de intramuros se convirtió en un barrio de menor importancia, el centro fue ubicándose en el ring de la muralla, una franja de unos dos kilómetros que comenzaba en la fortaleza de la Punta y concluía en los arsenales de la bahía. Albergó los principales edificios públicos y también los más elegantes. Y lo fue por cerca de un siglo, cediendo lugar a dos puntos ubicados en el Vedado.

El primero de ellos fue la Rampa, cuya relevancia no residió en el alojamiento de edificios públicos (como en los dos casos anteriores) sino en la concentración de servicios lúdicos culturales, con la ayuda de un inmejorable entorno ambiental. El segundo fue un fracaso monumental: la Plaza Cívica, luego denominada Plaza de la Revolución. Desconectada espacialmente de la ciudad, escoltada por edificios y monumentos poco atractivos, y ella misma convertida en un páramo, esta plaza terminó siendo conocida por sus marchas y concentraciones políticas. Es decir, justamente por ser lo que sociológicamente se denomina un no lugar, un lugar a donde la gente va para un fin muy específico y se marcha apenas se consigue el fin. De alguna manera un lugar para pasar, no para estar.

La historia es, por supuesto, mucho más compleja y junto a los centros reconocidos yacen infinidad de proyectos frustrados como fueron, para citar dos casos, la intención de convertir la playa de Marianao en un gran espacio lúdico para las clases altas republicanas, o, más tardíamente, el proyecto de Sert de trasladar el centro hacia el lado este de la bahía. Incluso pudiera decirse que hoy existe una tendencia a la conformación de un nuevo centro en beneficio de los nuevos ricos emergentes y tecnócratas vinculados al capital extranjero en los terrenos aledaños a Monte Barreto. Al decir preciso de Coyula, “…un enclave de riqueza desligado del resto de la ciudad”.

Creo, sin embargo, que aun asumiendo el carácter multicéntrico irremediable de la ciudad, ningún lugar pudiera recabar esa distinción con mayor autoridad que el ring de la muralla. Y en particular el segmento que se origina en el castillo de la Punta y fenece en los espacios arbolados de la calle Monte.

Y es así porque esta zona reúne lo mejor de la arquitectura colonial tardía y republicana de Cuba, que en algunos casos se expresa en edificaciones de una calidad tal que podrían figurar entre las mejores a nivel mundial. Piénsese, por ejemplo, en el art decó del edificio Bacardí, el neoclasicismo del palacio Villalba, el rebuscado art nouveau del edificio Velasco Sarrá (actual sede de la embajada española) y otras muestras de la mejor arquitectura ecléctica, donde pudiéramos mencionar los centros asturiano y gallego y el palacio presidencial, hoy devenido museo. Pero además es la zona de la Habana que posee los mejores espacios públicos confortables y enlazados en una sucesión que comienza en el Paseo del Prado y culmina en el Parque de la Fraternidad, incluyendo al Parque Central y a los jardines del Capitolio y del Palacio Presidencial.

Pero si la riqueza arquitectónica no bastara, la zona ofrece otra peculiaridad única: su densidad histórica.

Aunque las murallas de La Habana fueron brutalmente demolidas (a excepción de unos pocos fragmentos decorativos que aún subsisten) han dejado más de una herencia urbana, un ejemplo de lo cual es la zona aludida. Como en toda obra defensiva, en torno a las murallas estaba prohibido realizar construcciones perdurables. En un principio se trataba de una zona de contención o glacis de 1200 metros, lo que fue paulatinamente reducida a unos 200 metros. Según la ciudad creció y desbordó las murallas —hacia 1810 vivía más gente fuera de ellas que intramuros— el glacis quedó ubicado en el centro de la ciudad lo que incrementó su valor inmobiliario.

Desde fines del siglo XVIII el glacis fue utilizado intensamente como zona lúdica con la construcción de la primera versión del Paseo del Prado, del Jardín Botánico, de varios emplazamientos de distracciones y, para usos militares y de exhibición, del Campo de Marte. Pero fue sobre todo bajo la gobernación de Tacón (1834-1838) que la zona comenzó a adquirir el perfil elegante que hoy tiene.

Carlos Venegas describió este proceso en un insuperable libro (La urbanización de las murallas) próximo a cumplir dos décadas. Y en particular nos ha descrito cómo la habilitación urbana del glacis corrió de la mano de las pugnas entre los sectores comerciales españoles representados por la capitanía general, y los sacarócratas en pleno apogeo, aliados al intendente Conde de Villanueva. Unos y otros colocaron piedras sobre piedras para dejar una huella simbólica en lo que ya se vislumbraba como el comienzo de otra Habana. Curiosamente, entre las obras que nos dejó Villanueva está la emblemática fuente de la india, una alegoría vergonzante de una clase que inventó una tradición indigenista para ocultar la barbarie esclavista que sustentaba sus refinamientos culturales.

De cualquier manera, Tacón cruzó su Rubicón al construir dos enlazamientos vitales del glacis. En primer lugar, con el centro político de la ciudad y la colonia (entonces ubicado en la plaza de armas) mediante un corredor que dio vida peculiar a las calles O'Reilly y Obispo, devenidas calles comerciales por excelencia. Y luego, mediante el trazado de un paseo que terminaba en las laderas del Castillo del Príncipe y comunicaba con la casa de descanso de los gobernadores en la actual Quinta de los Molinos.

La historia de la zona tras el derribo de las murallas en 1863 estuvo marcada por una intensa especulación inmobiliaria y por sonados fraudes que llegarían hasta el mismo siglo XX con el conocido affaire de la estación de Villanueva. Pero, afortunadamente, fue posible preservar suficientes espacios públicos. Fueron estos espacios los que, ya entrado el siglo XX, sedujeron a Forestier, un arquitecto paisajista discípulo de Hausmann para quien la razón de una ciudad era el dinamismo de sus espacios públicos.

Lo que sucedió posteriormente es bien conocido. En su calidad de centro urbano, el ring de las murallas ha alojado por siglos todo tipo de acontecimientos, desde la más alta política hasta los concernientes a la vida cotidiana de la gente común. En sus predios se produjeron los incidentes de la acera del Louvre, fueron fusilados los estudiantes de medicina, se dieron las más sonadas tánganas antimachadistas, se debatió y aprobó la constitución liberal de 1940 y se libró el heroico combate del Directorio Revolucionario en los predios del Palacio Presidencial. Pero también en ellos mucha gente “del interior” hacían su entrada a la ciudad y sufrían un primer choque con sus bellezas y sus durezas. Fue un pedazo de ciudad, según Cabrera Infante, de muchas luces “haciendo de la vida un día continuo”. Fue historia y fue poesía.

Definitivamente, mi centro es ese que nace en la misma entrada de la bahía y se desvanece en las parcelas frondosas del Parque de la Fraternidad. No creo que haya un lugar mejor en La Habana.

Y usted, ¿qué opina?


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