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Paliza, Represión, La denuncia de hoy

La impiedad castrista

Sobre ese innoble precepto del comunismo cubano de atentar contra la anatomía y la dignidad del contrario

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La primera ocasión en que supe de representantes del poder en Cuba que golpearan a otros, impunemente, fue en la década de 1960. Se trataba de grupos de jóvenes comunistas que la emprendían, sin piedad, contra otros jóvenes cuya única falta era el gusto por la música del grupo de rock británico The Beatles.

Fui testigo presencial, como se dice, de alguna paliza que recibieron los jóvenes simpatizantes de The Beatles allá en la Loma del Burro, en Luyanó. No quiero ser inexacto, ni mucho menos que mi memoria —mi mala memoria— me lleve a mentir: dos muchachos huían loma arriba y unos 6 o 7 los perseguían. El motivo de la persecución lo comentaban varios señores y señoras que se hallaban en la cafetería a la entrada del cine, al pie de la Loma, allí en la calle Reyes.

A este tenor fui testigo asimismo por aquellas fechas, en Santa Clara, de persecuciones habituales contra jóvenes que, según el parte, gustaban de escuchar a los creadores de Yesterday; sobre todo en los inicios del segundo lustro de la década de 1960.

Recuerdo que había un joven comunista de apellido Santana —mulato con cara de matón, de dentadura superlativa— que exhibió alguna vez, en público se podría decir, la manopla con que golpeaba a los muchachos que padecían de “beatlemanía”.

Vale aclarar que para escuchar al grupo británico era necesario tener un radio de onda corta, y mucha suerte para conseguir la sintonía con las emisoras que los trasmitían. O poseer algún disco de estos músicos; lo cual era casi imposible.

O sea, The Beatles, más que censurados, estaban prohibidos en la Isla. Por tal motivo se llevaban a cabo las golpizas contra sus jóvenes —casi todos lo eran, según se sabe— admiradores isleños.

Algunos miembros de la Unión de Jóvenes Comunistas, doy fe de ello, protestaron en los respectivos núcleos de esta organización: no era justo lo que estaba ocurriendo. Hubo promesas de liquidar el asunto, si bien, como en otras situaciones parecidas, era “muy difícil atajar al ‘pueblo’ enardecido que así se expresaba contra quienes se enfrentaban a los principios de la Revolución”.

Esta fue, decía, la primera ocasión en que fui testigo de ese innoble precepto del comunismo cubano de atentar contra la anatomía y la dignidad del contrario, o de quienes ellos calificaban como contrarios.

Si bien, no hay que olvidarlo, muchos de quienes creían en aquella Revolución continuaron creyendo y aguardando que las mareas bajaran, de modo que no se cometieran más “errores” de este tipo.

2

A partir de abril de 1980 se lleva a cabo la gran orgía de violencia contra todo aquel que —luego de los sucesos de la embajada de Perú y el establecimiento del puente por el puerto del Mariel por el cual, en unos días, lograron salir 125.000 cubanos, según cifras oficiales— hiciera saber sus deseos de marcharse a EEUU o, aunque no lo hiciera saber recibía, a ojos vista, el aviso de Inmigración para tales propósitos.

Orgía. Turbas y más turbas perseguían y golpeaban sin compasión a los aspirantes a exiliados. Esta vez fue la afrenta nacional. Podríamos afirmar que no hubo un rincón urbano de Cuba donde no se ejerciera de alguna forma “la violencia revolucionaria” contra quienes mostraban como única culpa el deseo de abandonar el Paraíso.

Este servidor fue testigo de no pocos atropellos. De una mujer con sus hijos enfermos a la cual las hordas no le permitieron salir de su vivienda hasta que llegó el esposo, quien recibió su tanda de golpes antes de poder partir con ella y su hijo hacia el hospital. O la desconexión de la electricidad a la vivienda de un matrimonio que también padecía ciertas enfermedades. O la humillación de ver cómo obligaban a mujeres y hombres “escorias” a arrodillarse ante la imagen de Fidel Castro como condición para dejarlos en paz.

Confusa, contradictoria resultaba la situación. Por una parte, la consigna era “¡Que se vaya la escoria!”, lo que significaba el júbilo por la partida de quien molesta, de quien no vale la pena, y por la otra ultrajaban, humillaban sin clemencia a la “escoria”. ¿Cómo era eso de expresar regocijo porque aquellos se iban hacia EEUU, pero a la vez golpearlos, denigrarlos?

Soy testigo de que no todos los simpatizantes de la Revolución, y aun militantes del Partido Comunista de Cuba, participaron en el festín.

A no pocos vi tratando de detener al “pueblo enardecido”, pero sin conseguirlo.

Ya lo sabemos: la indecencia, la cobardía de la que suelen hacer gala esos hombres —y mujeres— que traen consigo o han adquirido en el camino el gen de la carencia de decoro a la que se refiriera José Martí. (Veamos lo que lleva a cabo en la actualidad la Guardia Nacional Bolivariana en Venezuela.)

Amigos de quien suscribe se trasladaron al Comité Provincial del Partido Comunista de Villa Clara con el propósito de que les explicaran por qué tanta injuria. Nada, lo mismo: esa “escoria” de la cual estaban celebrando su partida, contradictoriamente era blanco de “importantes segmentos de la población” que se sentían traicionados por quienes hasta entonces habían estado “tapaditos” en lo que se refería a posturas políticas e ideológicas.

Falso. Todo no era más que una asquerosidad muy bien orientada por los niveles superiores. Así, era posible ver a la Policía contemplando las palizas a la “escoria”, pero presta a socorrer a los golpeadores en caso de que algún “gusano” intentase siquiera defenderse.

Por aquellos días se implantó en la Isla un verdadero terror. Llama la atención que los piquetes gubernamentales aún se cebaron, equivocadamente, contra quienes en realidad no habían recibido permiso para partir o ni siquiera tuviesen en sus planes hacerlo.

3

Hacia la mitad de la década de 1980 y en la siguiente surgen más bien embriones de lo que luego serían células mejor o peor organizadas que se autoproclaman contestatarias del régimen. El Partido Comunista, como siempre en casos como este, operando en las sombras, se ocupa de propagar la noticia de que estas organizaciones disidentes poseen muy pocos miembros. Lo cual es cierto: para tomar el camino de la disidencia en la Cuba comunista había y hay que tener valor sobremanera y estar dispuesto aun a ver cómo se anula la posibilidad de que tu hijo —por muy talentoso que fuese— obtenga una beca de estudios o no consiga ingresar en la carrera universitaria de su preferencia. Solo unos cuantos y unas cuantas muy valientes residentes en la Isla se declaran opositores desde aquellas fechas y hasta hoy.

En la década de 1990 el régimen crea algo tan vil como las llamadas “Brigadas de Respuesta Rápida”, agrupaciones de civiles que con el amparo del Gobierno se dedican a golpear, con todo, a quienes se atrevan a mostrar en público su ánimo contestatario o acaso se manifiesten de algún modo contra el castrismo.

En la medida en que el nuevo siglo ha avanzado, se han fundado nuevas células de disidentes —aunque pequeñas y siempre proscritas— y asimismo la agrupación Damas de Blanco, compuesta por mujeres, como su nombre lo indica, y que como los demás grupos contestatarios se manifiesta pacíficamente. Y en el mismo monto el régimen ha recrudecido la represión, las golpizas contra los protestantes, pero ahora llevadas a cabo no solo por grupos de civiles alentados por el Gobierno sino además por oficiales de la Policía de ambos sexos.

Hoy, resulta raro el día en que no obstante el monopolio del castrismo sobre los medios de comunicación, no se reciban noticias sobre vejámenes, zurras a grupos disidentes o individualidades de este corte, lo cual incluye a mujeres. Sin piedad. En algunos casos hasta dejarlas o dejarlos sin conocimiento.

Esto es uno de los “logros” fundamentales de una Revolución cuyo lema fuera, entre otros: “Del pueblo y para el pueblo”.

Pero ya ven, hoy sus gendarmes, sus aprendices de esbirro y aquellas fuerzas del orden que en algún momento fuesen proclamadas para “salvaguardar las conquistas de la Revolución”, son los principales adversarios de una población sumida en el espanto y la miseria, que por lo mismo no tiene “logros” que resguardar.

Vale aclarar que lo antes relatado solo es posible aquilatarlo cuando uno vive fuera de Cuba durante una etapa que nos permita obtener la información correspondiente. La censura, el dominio del régimen sobre la prensa autorizada en la Isla —toda en la nómina del Gobierno— no concede al ciudadano de a pie los elementos imprescindibles para una valoración equitativa.

Y si alguien se preguntara ¿cómo es posible, luego de lo expresado en estas líneas, que aún hoy en la actualidad haya ciudadanos comunes y corrientes simpatizantes del castrismo?, la respuesta es más fácil: no sabemos cuántos podrían ser, no hay elecciones libres, ni censos ni plebiscitos ni encuestas ni etcétera.

Así van las cosas…


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