Actualizado: 01/07/2022 16:17
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Orden, Transición, Justicia

La imposibilidad de hacer una transición sin transar

La identificación del castrismo con el partido del orden ya ocurre, y en ello se explica cada vez más su apoyo actual

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Muchos cubanos creen que se puede hacer una transición, sino exitosa al menos chapucera, sin transar con nadie en el bando gubernamental, al eliminar de a cuajo el aparato e instituciones del Estado, y por lo menos apartar de la vida política a todos los castristas —hay quien sueña con fusilarlos—, o como ellos los llaman, a todos los comunistas. Proponen en esencia una nueva revolución, de una radicalidad quizás posible en 1789, pero que desde 1917 al día de hoy se ha demostrado imposible. Si es que aspiramos a vivir civilizadamente, en un Estado de derecho y no en una anarquía, en uno de esos estados fallidos semi-barbáricos en que se vive en buena parte de Centroamérica.

Digámoslo con claridad: el Cambio No Fraude, esa discontinuidad rupturista absoluta, legal y política, ese cambio en que no se dejará nada en pie, para reiniciar por completo el país, es en sí un fraude cuando menos, y sin duda una idiotez de la que se valen algunos demagogos para manipular a las muchedumbres, en lo fundamental emigradas —en el exilio muchos usan la política cubana para impulsar sus agendas políticas en los países de acogida, no al revés; para ganar alcaldías, legislaturas, o darle la mordida del león, desde muy lejos de la candela, a las ayudas que muchos organismos y países destinan a ayudar a democratizar a Cuba.

Miremos atrás, en la historia de nuestro país, a otras transiciones violentas. En 1898 fue otro Estado, el americano, con su ejército experimentado en la administración civil de los territorios derrotados del Sur solo unos años antes, quien impidió el caos y permitió una transición exitosa de la soberanía española a la independiente.

En 1933, una parte de la burocracia administrativa del Estado se mantuvo en su puesto, o por lo menos fue desplazada por otros burócratas con experticia, quienes habían llevado esos mismos cargos solo unos años antes, durante las presidencias de Zayas, o del general Menocal. Porque antes de la asunción presidencial de Machado, en Cuba había funcionado, en precario, una alternancia de poderes, la cual entrenó en el gobierno del país a muchos que después integrarían la oposición antimachadista. Además, si bien las Policía Nacional y municipal fueron barridas casi por completo, el ejército nacional se mantuvo en cambio relativamente intacto, y a partir de la sustitución de su oficialidad por nuevos tenientes, capitanes o comandantes, auto ascendidos de entre los clases y soldados, se convirtió en el verdadero poder de la república. Más, así y todo, con una burocracia entrenada y un ejército fuerte, la república trastabilló al borde del caos entre 1933 y 1937.

Por su parte, en 1959, los que ocuparon el poder ya habían creado su propio ejército, uno que, a diferencia del Ejército Libertador, 61 años antes, respondía a un mando único e indiscutido. Incluso con esa ventaja el nuevo poder mantuvo activas por varias semanas a parte de las tropas del antiguo ejército, algunas hasta el verano, y la burocracia gubernamental pudo beneficiarse de los burócratas expertos de anteriores gobiernos antibatistianos, o simplemente de muchos que simplemente permanecieron en sus puestos tras el 1º de enero —en general el Estado cubano mantuvo la misma estructura prerevolucionaria, la cual solo cambió en un lento proceso de transición que no vino a terminar hasta mucho después, en 1976.

Mirando a otras latitudes tenemos a la revolución de Lenin, una de las más radicales del siglo pasado —la China, sobre todo a partir de la Revolución Cultural, fue mucho más radical. La Revolución Rusa de Octubre de 1917 es evidente se hizo sobre el interés de una institución del anterior Estado, el ejército zarista, por ser desmovilizado[i]. Tampoco debe de perderse de vista que, tras un primer periodo durante el cual Lenin se propuso limpiar de la vieja burocracia a las oficinas del Estado, incluso ya antes del final de la guerra civil había cambiado por entero de idea, y así el naciente Estado soviético no tardó en reclutar a cuanto viejo burócrata no hubiera muerto, o hubiese emigrado, en la vorágine revolucionaria. Incluso en el nuevo Ejército Rojo, Trotsky, su creador, aplicó muy pronto la práctica de permitir que se enrolaran de nuevo los antiguos oficiales que estuvieran dispuestos a ello.

Caso a destacar, por cierto, es el de la Alemania del Este, en que los soviéticos al crear la nueva administración comunista, terminaron por no tener escrúpulos en mantener en sus puestos a muchos miembros de la burocracia nacionalsocialista —no había nadie más disponible, en verdad—, o incluso en crear un órgano de inteligencia, la STASI, sobre los hombros de antiguos agentes de la Gestapo, u oficiales de la Abwehr disuelta por Hitler, recién en 1944.

Lo esencial aquí es que ninguna revolución, y mucho menos transición, puede hacerse hoy, dadas las complejidades de la economía y la vida social, que para nada se parece a la bucólica del siglo XVIII, o aun del XIX —esa vida de bodegas de barrio, herrerías e inventores ignorantes de la ciencia contemporánea, la cual cierto conservadurismo sueña recuperar como solución a los problemas del presente—, sin apoyarse en instituciones del viejo Estado, o al menos sin tener a personas entrenadas en el manejo del sofisticado estado contemporáneo. Puede decírsenos, con toda razón, que al final esas transiciones mencionadas “fallaron”, por la carga de pasado que asumieron. Pero esa visión, que solo puede ser asumida a posteriori, por quienes discuten o quieren echar abajo el legado de esa anterior revolución o transición, deja a un lado una realidad. El que en el fugaz instante del cambio, ante quienes lo impulsan, se abre una dicotomía: o barrer con todo y provocar el caos total, el regreso a la ley del más fuerte y sobre todo al imperio de las muchedumbres, en definitiva el regreso a la barbarie, o intentar de alguna manera mantener el proceso de cambio bajo control, dirigible y con objetivos claros. Si optan por lo último, invariablemente deberán transar con algún sector de poder anterior, o con alguna de las instituciones sobre las que se elevaba; si optan por lo primero… bueno, pocos políticos han demostrado una determinación por el caos semejante a la de Mao —significativamente Mao era un político extraoccidental.

Lo real es que las oposiciones al régimen carecemos de un ejército propio, poderoso y disciplinado, como en 1959; que en la Cuba de hoy, a diferencia de aquella de 1933, no ha habido alternancia de poderes en cuatro generaciones, por lo que habría que improvisar por completo una nueva burocracia y permitirle que aprenda sobre la marcha; y que, para rematar, ningún Estado vecino poderoso, léase Estados Unidos, da muestras de estar dispuesto a intervenir en la olla de grillos en la cual se convertiría Cuba, en el caso de lograrse la revolución radical con que embelecan a las muchedumbres ciertos demagogos.

Un vacío de poder, una revolución de tal radicalidad no vista antes en la Isla, no lleva hacia donde sueñan quienes parecen creer que poco después desembarcarán en Cuba y directo serán llevados en andas por el pueblo, a ocuparse del nuevo gobierno. Puede que sí, que se hagan con la silla presidencial, pero solo provisionalmente, porque no tendrían un aparato estatal efectivo debajo de ellos para imponer el orden imprescindible a la sofisticada sociedad contemporánea. El país se hundiría en el caos, se desataría una verdadera guerra civil entre las muchedumbres de individuos que más ganan que pierden con ese escenario caótico, lanzados a ocupar lo que puedan, y de paso a perseguir a todo el que identifiquen con el antiguo poder, y las personas con algo que perder, desde estatus, hasta tranquilidad y propiedades, quienes ante unas nuevas autoridades sin mucha seguridad para ofrecerles, no tardarán en nuclearse alrededor de un partido de antiguos castristas.

Porque en el largo plazo, en el escenario de una revolución radical, hecha con la intención de echarlos por completo a un lado, volverían a ganar los antiguos castristas. Estos se convertirían entonces en el partido de orden, no tanto en el de los viejos castristas, o de la independencia nacional y la igualdad socioeconómica. En el partido de quienes valorarán ciertas ventajas del presente —para entonces pasado reciente—, sobre todo los niveles de seguridad más altos que en el resto de Latinoamérica. O sea, en el partido de quienes por temperamento no soportan el cambio o la inseguridad, ni aun para bien y por breves periodos —en cualquier sociedad un número importante de individuos—; de quienes tienen un estatus privilegiado, sea el de residente en un barrio en el cual en medio del caos los “indeseables” pueden atreverse a pretender residir, o el de compradores frecuentes en una de esas tiendas en MLC que la “chusma” no tardaría en saquear; desde quienes poseen un puesto de dulces, un hostal o una finca, hasta acciones en un hotel, o en una empresa minera… pero también en el partido de los propietarios por venir, o de los gobiernos vecinos. Porque sin duda ningún vecino desea tener al de al lado sumido en el caos, ese estado político de por sí tan contagioso.

De hecho, esa identificación del castrismo con el partido del orden ya ocurre, y en ello se explica cada vez más su apoyo actual. El régimen es cada vez más y más identificado como el único sostenedor del orden, alrededor del cual se empiezan a nuclear ya no solo ni fundamentalmente los “comunistas”—de hecho, los verdaderos comunistas se van convirtiendo poco a poco en parte de la oposición al régimen Canelo—, sino quienes saben perderían algo en el caos. El régimen, por tanto, ya no es apoyado tanto por pretenderse el proyecto igualitario que hace mucho no es, sino que, por el contrario, es asumido por los sectores favorecidos, o por las personas con un temperamento afín al orden, como su única defensa efectiva ante esa masa amenazante de los que no tienen nada que perder en el caos. La masa amenazante de los desfavorecidos, para quienes radicalizar el caos es claramente una opción con posibles dividendos.

No en balde en su presentación de las protestas del 11 y 12 de julio de 2021, el régimen sobredimensionó el componente de los saqueos o el vandalismo. Y es que no puede pasarnos desapercibido el que para muchos los escasísimos saqueos de tiendas, ni tan siquiera la amenaza de intervención extranjera, se convirtieron en la principal razón para desmarcarse de las protestas y apoyar —a regañadientes— al régimen. Así, el argumento más exitoso del régimen inmediatamente después de las protestas, para movilizarse apoyo hacia el interior de la sociedad insular, fue precisamente el de presentarse como un gobierno cuyo principal logro ha sido el mantener a Cuba como un país muy seguro, tranquilo, con elevados niveles de control. No el presentarse como uno “revolucionario”, empeñado en imponer la igualdad socioeconómica, o en sostener la defensa de la soberanía nacional en un entorno imperial. O sea, que en un final el discurso que le funcionó al régimen, hacia un sector de la población no pequeño, fue en sí un discurso de orden.


[i] El ejército, compuesto de campesinos reclutados a la fuerza, y que habían servido durante tres años en el frente, apoyó al primer partido político que se dijo dispuesto a sacar de inmediato al país de la guerra. Lo llamamos zarista aquí, porque a pesar de haber ocurrido una revolución anterior, en febrero, ésta, con todo y su carácter democratizador, había dejado intactas a las fuerzas armadas de la autocracia.


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