Actualizado: 19/10/2017 11:37
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La justicia y el camillero

En Cuba la ley fue ilegítima para proteger al ciudadano contra el poder del Estado en la figura de un camillero

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El joven santiaguero Andrés Carrión Álvarez iba a ser juzgado. ¿Motivo?: traducir al lenguaje tropical la sentencia de Benedicto XVI: el comunismo no funciona. ¿Su supuesto delito?: desorden público, por el cual podría haber penado entre uno y cuatro años en cualquier cárcel de la Isla. ¿Testigos?: la opinión pública en pleno, que pudo ver en tiempo real la osadía de un santiaguero indignado por la miseria que inunda la Isla, y que parece endémica en su zona oriental. ¿Acusador?: el Estado, quien se disponía a reunir las pruebas materiales y periciales de una acusación instruida después de sopesar, no el probable delito en sí, sino el impacto y el precedente de un hecho inédito.

¿Cómo transcurriría el proceso? Entre la desesperación de una familia, el vacío que siempre produce la descarga psicológica, el montaje de la venganza de Estado y el clamor humanitario por la misericordia de un régimen condescendiente. Sí, porque aunque no lo parezca, todavía existen en plena modernidad gobiernos generosos y benévolos —no regímenes de derecho―, como ciertos despotismos del siglo XVIII, siempre dispuestos a dar pasos positivos para beneplácito de las diplomacias realistas.

¿Y el camillero?: absuelto por la justicia desde el principio. ¿Cuál?: la que administra el poder, no la de la ley. El poder le absolvió de antemano con un galletazo que se adelantó a aquella. El camillazo lo condenó porque la Cruz Roja no permite que su instrumental sea empleado por la justicia revolucionaria. Pero el trompón que ese revolucionario sin nombre propinó a Carrión, lo enalteció ante la justicia del régimen, que supo esconderlo de la mirada incisiva de la opinión pública. Esta entonces ya no podría ser testigo en un juicio en el que la parte acusadora no era el derecho, sino el poder.

¿Lectura primera del juicio que no fue?: la ley apareció contra Carrión, después de quebrantada por el poder del camillero. ¿Lectura segunda?: el poder pervirtió a la ley y la ley pervirtió al poder. ¿Lectura tercera?: la venganza iba a emplear la toga para dar gravedad jurídica a la ley del más fuerte. ¿Cuarta lectura?: la pelea en Cuba, así se confirmó, no es solo de león pa’ mono amarrado, sino de león contra mono encarcelado… por ley. ¿Quinta lectura?: la justicia individual resultó legítima cuando defendió al poder, precisamente porque vulneró la ley. ¿Sexta lectura?: la ley fue ilegítima para proteger al ciudadano contra el poder del Estado en la figura de un camillero. ¿Séptima lectura?: la ley nos dice que todos los ciudadanos somos iguales ante ella, el poder nos dijo que no. ¿Octava lectura?: el grito político, que funda nuestra historia, iba a ser condenado por la ley. ¿Novena lectura?: la posibilidad de indignarse está solo protegida por la ley democrática; es únicamente viable, pues, fuera de Cuba. ¿Décima lectura?: la justicia en Cuba no se venda.

Y sin venda la justicia es una farsa. Y ridícula. Porque acusar a Carrión por desorden público era un delito imposible, en un lugar imposible, atestado por guardias de seguridad, que reveló cierto patetismo jurídico. Lo único coherente en este caso habría sido la acusación por propaganda enemiga, lo que habría constituido desde luego un absurdo político por una razón histórica y por una razón retórica: no se puede bajar lo que ya descendió, ni se puede juzgar a alguien por lo que ya fue dicho antes por el poder, sin consecuencias jurídicas. Simple cuestión de precedentes.

¿Qué pasaba en verdad con Carrión? Mi versión es esta: sucedió lo que un prestigioso historiador británico llamó el poder del simbolismo en la historia. Santiago de Cuba ya no es la misma, simbólicamente quiero decir, después del grito de Carrión. La ciudad heroica agotó su ciclo mítico según el cual todo lo que ocurría en otras partes de la Isla era impensable en la ciudad de los héroes.

Grito de Yara y Grito de Baire fueron bramidos precedentes, según la historia que nos han narrado, en el largo camino hacia el triunfo santiaguero de la revolución cubana total. Y no se admitían ya más gritos. No por gusto se utiliza el término cuna cuando se hacen inferencias y referencias políticas a aquella ciudad. Y las cunas se cuidan y se protegen con un velo contra el ataque nocivo de los elementos de la naturaleza, que es la contrarrevolución. Lo que hizo el grito de Carrión fue romper frente a los observadores internacionales, en un momento de máximo foco, máxima inquietud y máximo nerviosismo de Estado, las vitrinas que protegían la infancia histórica de un proceso político que perdió el rumbo al entrar rápidamente en la adolescencia.

Y las rompió de un modo que inhabilita la mejor respuesta posible de la llamada revolución: la política. ¿Tiene el poder algún discurso ideológico a mano para contestar a Carrión? Hablemos en serio. Carrión devela y pone a fin a la inocencia creída en la que hasta ese momento vivía el poder en la ciudad de Santiago de Cuba, y expresa, con el único estilo que le enseñaron, que se puede ser héroe, esta vez cívico, frente a cualquier cosa que se llame comunismo. Después de todo, la revolución que entró a Santiago era popular y democrática, no comunista. Una advertencia y un recordatorio tardíos que el joven santiaguero les hace en vida a muchos viejos revolucionarios.

Mito roto, venganza detenida. Lo que empezó el camillero lo iba a terminar el Gobierno, que torcería el derecho para administrar su propio galletazo. Y, hasta el día del juicio final, nos enteraremos de presiones por mea culpas e intentos por demostrar que Carrión fue un instrumento de ya sabemos quién. Camillero insatisfecho; justicia en bambalinas.


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Andrés Carrión Álvarez.

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