Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Juego, Lotería, Charada

La lotería

Si la lotería la introdujeron los españoles, la charada fue un asunto de los chinos

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La lotería no fue un invento de los cubanos. Esto hay que aclararlo porque muchos cubanos creemos que lo hemos inventado todo. El juego lo trajeron los españoles.

Los españoles tenían grandes expectativas cuando descubrieron nuestra Isla; pero no les hizo falta terminar la conquista para darse cuenta de que el mondongo no era carne. Para sacar un puñadito de oro había que raspar el lecho de los ríos, y los ríos no eran muchos, más bien lo que abundaba eran los mosquitos.

Esta desoladora verdad sumada a que los indígenas llevaran una vida bastante aburrida para los europeos, hasta el punto de que los perros eran mudos y si uno les daba un cocotazo no mordían, obligó a los españoles a pasar el tiempo en dos actividades fundamentales: el juego con las mujeres de los siboneyes y el juego con los naipes. En las partidas apostaban pepitas de oro y a sus amantes, ingenuas indias que quedaban traumatizadas al ser objeto de un erotismo exótico, exuberante y sobre todo muy inquietante y escalofriante, todo lo cual podrá sonar muy cacofónico, pero así era la cosa.

Pues bien, por aquellos días que se pierden en los rincones viscerales de la historia, la lotería ni siquiera se había creado en España. Allí se creó en la segunda mitad del siglo XVIII, y en Cuba el primer sorteo se efectuó el 11 de septiembre de 1812, y el de la república en septiembre de 1909, es decir el mes 9 del año 9 del siglo XX. Y quien sabe si es por eso que el terminal que más haya salido en la lotería sea el 99, ya que es tan desagradable que nadie lo juega.

Pero lo que hizo cubana a la lotería fue la charada.

Si la lotería la introdujeron los españoles, la charada fue un asunto de los chinos.

Los chinos, que fueron llegando a Cuba a partir de junio de 1847, parecía que no mojaban, pero empapaban. Nadie los calculó. Mientras el teatro vernáculo se burlaba de ellos haciéndolos pasar por tontos, los chinos empezaron a unirse y protegerse en sociedades y a trabajar como insignificantes hormiguitas laboriosas; y en cualquier esquina ponían una lavandería, un fiambre o una fonda, un puesto de frutas y de hortalizas, y cuando se vino a ver buena parte de La Habana comía de los chinos, y los chinos —por supuesto— comían de La Habana, gracias a cuya simbiosis ambas partes se nutrían aunque de modos diferentes: los cubanos el estómago y los chinos el bolsillo.

Lo cierto es que la lotería era un sorteo de fríos números de billetes cantados. Y los chinos, que daban la impresión de estar dormidos cuando estaban despiertos, pero en rigor no se duermen ni durmiendo (por eso tal vez hayan logrado una sociedad tan próspera), se les ocurrió infundirle vida y espíritu a la lotería. Y fue entonces que inventaron la charada, que consistió en ponerle un nombre a los números, y así el 1 fue el caballo, el 3 el marinero, el 10 el pescado grande, el 18 el pescado chiquito y hasta el inodoro tuvo su número, que fue el 00.

Es decir, los chinos llevaron muchos referentes de la vida cubana a los números de la lotería, un modo muy ingenioso y atractivo de vincular el lenguaje del mundo concreto al lenguaje del mundo abstracto de las matemáticas, y en esa curiosa alquimia de negocio y poesía, en medio de la cual flotaba una adivinanza en verso cuya respuesta correcta era el acierto del número premiado, pusieron a jugar a casi toda La Habana, cuyos habitantes no solo vivían pendientes de los sucesos de su vida diaria para relacionarlos con el significado de los números, sino también vivían atentos a sus sueños.

Solo así puede explicarse que mi abuela, en lo que canta un gallo, pasara de la pobreza extrema a la baja clase media porque una mañana, así de simple, abrió la puerta de su casa y vio un huevo con un tabaco y una cinta roja y jugó el 37, que es la brujería; y se sacó 1.000 pesos, con los cuales compró una quincalla que, para colmo, no la llamó Sabater y Familia o Sabater y Cía, sino Sabater y Lotería; es decir, un nombre que no tiene nombre en los anales de los nombres comerciales. Pero le duró lo que un merengue en la puerta de un colegio porque no vendía un chícharo; por lo cual razonó que si no la vendía a tiempo no disfrutaría un quilo del premio cuyo monto total había invertido en comprarla.

En una sociedad de individuos viscerales, emotivos y supersticiosos la lotería y la charada encontraron una tierra muy fecunda, por lo que era cosa común ver dondequiera a un billetero o al bolitero caminando por los barrios, mientras la gente comentaba el verso y se rompían la cabeza tratando de saber si el “animalito que anda por el tejado” era el 4 (gato), el 29 (ratón), el 22 (sapo), el 35 (araña), el 43 (alacrán), el 21 (majá), el 47 (pájaro), o el 55 (cangrejo).

La lotería se convirtió en un negocio redondo, con una tela enorme que cortar, pues todo podía estimular al jugador, para quien la vida funcionaba como un sistema de signos o de símbolos cabalísticos que remitían a los números de la lotería; por lo cual el juego llegó a ser un vicio que se presentaba como un atractivo modo de ganar dinero.

Algunos representantes del Senado intentaron proyectos de ley para acabar con la lotería calificándola como algo inmundo y fue inútil. La charada fue prohibida, pero el negocio era más sugestivo que las sanciones, y como el policía se llevaba al bolsillo su mascada, doblaba la esquina pensando que si te vi ni me acuerdo.

No pasó mucho tiempo sin que la influencia de la lotería alcanzara los predios del teatro y el cancionero popular, el discurso político, la literatura humorística y las crónicas periodísticas, hasta introducirse en el habla cotidiana, ya que una monja eran 5 pesos y un pescado 10; el 17 pasó a llamarse San Lázaro y el 77 sus muletas.

En esa cálida pasión popular de la lotería se fraguó el jugador, un individuo que, desde que amanece hasta que se acuesta, está a la caza de los sucesos cotidianos de la vida para traducirlos al complejo lenguaje de los 100 números de la lotería, cuyos términos hoy pasan las 1.500 significaciones.

Se ha dicho que la lotería es la esperanza del pobre, pero los pobres no son tan pobres de esperanzas como para cifrar su única esperanza en la lotería. En ella también fijan parte de sus anhelos gente con dinero, títulos académicos y de muy diversos oficios y hasta notables profesiones.

Todo esto hace pensar que la lotería es mucho más que un simple juego de azar y un negocio: es uno de los elementos de esa tan llevada y traída olla donde se dice que se cocinó lo cubano, ya que la lotería es parte de un paquete donde conviven viejas costumbres y tradiciones, no todas las cuales deben ser necesariamente ejemplares para que sean genuinamente cubanas, aunque nos pese.

Solo así puede comprenderse por qué nuestras fondas, bodegas, bares, parques, esquinas y autoridades se confabularan con el bolitero. La gente jugaba a la lotería, la lotería jugaba con la gente, y los gobiernos jugaban con ambos, ya que el juego, que tiene las mismas propiedades que la adicción a las bebidas, es la morfina que anestesia por un tiempo el dolor de las penurias, pero nunca las resuelve.

En fin, que la lotería era un gran juego ejecutado por un criollísimo equipo formado por banqueros, recogedores de terminales, jugadores y autoridades en las gradas —como si ellas estuvieran fuera del juego—, en el cual el único que perdía era el más necesitado de ganar: el iluso apostador, quien soñaba con un gato y ponía toda la esperanza del mundo en el 4, pero le tiraban el 9 (elefante). Es decir, un negocio perfecto. Una trampa que no lo parece. Una especie de dulce abismo.

“Hagan juego señores, hagan juego —decían los que vivían del juego—; el punto gana y se ríe, el banco pierde y se va…”.


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