Actualizado: 23/10/2017 19:03
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Sistema Escolar, Becas, Educación

La Nueva Escuela

Aún están por escribir las memorias de las becas en Cuba

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Muchos años después, frente a una joven que había ingerido tinta de limpiar zapatos para quitarse la vida y salir de la beca, el padre me preguntaría: ¿Y usted, ha estado usted becado alguna vez?... ¿acaso no sabe que esas escuelas son como cárceles? De pronto retrocedo en el tiempo. Recuerdo la primera vez que mi madre me llevó a conocer la beca. Era una enorme mole de prefabricado, todavía con olor a pintura fresca, y decenas de jovencitos y jovencitas vistiendo uniformes azul marino caminando sobre sus sombras en los pasillos de granito pulido; los muchachos ríen, parecen felices al escapar de la férula de sus padres, como en ese momento lo deseo yo.

Aún están por escribir las memorias de las becas en Cuba. Sobre todo de aquellas de finales de los 60 y toda la década de los 70, llamadas Escuelas Secundarias Básicas en el Campo (ESBEC), Institutos Preuniversitarios en el Campo (INPUEC), y la inolvidable Escuela Vocacional Vladimir Ilich Lenin, quizás la joya de la corona de esa época. No deberíamos olvidar las llamadas Escuelas Camilo Cienfuegos, o Camilitos. Pero estas últimas, y era de conocimiento para padres y alumnos, tenían una disciplina y un perfil orientado a formar cuadros para la vida militar.

La idea, dicen, había surgido del propio Comandante en Jefe. Y este, a su vez, se había inspirado en una profecía martiana: el valor de formar jóvenes en el estudio y en el trabajo al mismo tiempo. Así se crearía el Hombre Nuevo. De tal manera, la Beca quedaba santificada: lo prometió Martí (Bautista que anuncia el Mesías), y lo cumplió Fidel (Nuevo Adán, el Salvador).

Los jóvenes que entrabamos a la Nueva Escuela —para las cuales hasta Silvio Rodríguez escribió una pegajosa y mediocre melodía— en general no teníamos ni la menor idea de cómo era la vida independiente, separados de los hogares. La mayoría de los varones estábamos sin un pelo en el cuerpo, las niñas empezaban a sentir como reventaban sus pezones y muchos aun mojaban la cama. Al comenzar en el grado siete, los becarios que éramos entonces no pasábamos de 11 o 12 años. Hoy, mirando nuestros hijos, puede parecer un crimen, una negligencia enviarlos tan tiernos fuera de casa durante una semana, y verlos solo unas horas entre sábado y domingo.

Sucedió como en tantas ocasiones en Cuba. Una extraña mezcla de circunstancias hizo que todos fuéramos colaboradores con la infamia. Los alumnos, adolescentes o a punto de serlo, por naturaleza buscaban la libertad sin compromiso, o sea, irse lejos de casa. Entrar a un sitio donde había cientos de jóvenes, cuidados por juventudes un poco mayores (maestros), consagrados con las palabras aquí aprenderán a hacerse hombres y mujeres, era suficiente para ofrecerse sin resistencia a los formadores de la Nueva Casa. El uniforme era bello: azul marino, más oscuro el pantalón y la zaya, y azul tenue la camisa o la blusa.

Los maestros, salvo unos pocos, eran alumnos de grados superiores. El Destacamento Manuel Ascunse prometía carreras universitarias expeditas, sueldos elevados y ubicaciones cerca de la cuidad una vez concluidos sus compromisos con la Patria y con Fidel. De ese modo, los maestros eran también alumnos que recibían clases en las llamadas sedes. Y el uniforme era azul, azul oscuro, con blusas y camisas casi grises. El problema era la distancia entre los azules; a veces, corta, demasiado precaria… en todos los sentidos.

Los padres que se consideraban revolucionarios tenían sus hijos en becas. Era muy bien visto. También un alivio. Los hijos venían los sábados al mediodía, y empezaban a regresar por los Puntos de Control a las becas al mediodía del domingo. Para los padres había, además, una suculenta carnada: los alumnos becarios tendrían prioridad para las carreras universitarias.

La geografía insular se fue inundando de edificios de prefabricado, dos o tres bloques, con edificios para la docencia y los albergues. Estaban dotados de modernas cocinas, laboratorios para ciencias, aéreas deportivas para practicar casi todos los deportes, comedor gigante, y en esos primeros días con un surtido de alimentos bastante aceptable. Las bibliotecas tenían una buena cantidad de volúmenes de literatura nacional y universal. Y había talleres para aprender algo de los oficios —educación laboral—, y un teatro donde se proyectaban películas todas las semanas…

Entonces… ¿Qué tenían de malo las becas? Quizás las respuestas sean casi siempre personales; lo que fue bueno para unos, fue malo para otros. Quienes estaban en contacto directo con los alumnos y los dirigían eran estudiantes de grados superiores, de escasa formación académica y peor moralidad. El insulto, la amenaza —quitar el pase, es decir, no ir a tu casa el fin de semana—, y hasta la violencia física —vamos a resolver esto en el baño—, era común. Los maestros lo sabían, los directores lo sabían. Pero todos callaban porque quizás, pensaban, no había otra manera de controlar 500 muchachos encerrados en unos cientos de metros.

En ese ambiente, como decía el señor, cuasi carcelario, se aprenden muchas cosas… Por ejemplo, si perdías —robaban— el abrigo o la corbata, lo cual significaba no salir de pase, el consejo de aquellos individuos era que resolvieras por tu cuenta. Está de más decir cómo se quema la mano la primera vez que se toma algo ajeno después de educarse en lo contrario. Pero es solo la primera vez.

Se dijo que el trabajo en el campo —tres horas por la mañana o bajo el ardiente sol tropical de la tarde— era con apropiadas normas para niños y jóvenes. No lo podría confirmar. Solo recuerdo aquellos cordeles infinitos, perderse las manos en la hierba que inca y resbala, las manos teñidas de rojo ladrillo que no se cae ni con jabón de lavar Batey; en los lodazales se hunden los pies delicados y los hongos y los olores rancios colonizan el cuerpo por primera vez; el rocío de las hojas de plátano y de tabaco empapan las camisas, y ellas se pegan al cuerpo como lapas, chupando los huesos. Algunos de mis colegas de la Nueva Escuela todavía andan con callos de las guatacas y los machetes que con 12, 13 y 14 años tuvieron en sus manos por mucho tiempo. Pero se aprende. Se aprende a aplastar la hierba, a romper o perder los instrumentos, robar y comer los frutos prohibidos —léase fresas—, a enfermarse para quedarse limpiando el albergue o en el llamado autoservicio.

También se aprende a tener buenas notas. Para eso a veces hay que copiar del otro. Aunque la primera vez sientes que se te queman los ojos pues tus padres te enseñaron en casa que copiar era una falta grave. ¡Bah!… es solo la primera vez. El profesor, quien depende de esas calificaciones para su propia evaluación, brinda su ayuda desinteresada antes, durante y sobre todo después de las pruebas. Quien tenga la curiosidad de revisar los datos de los años 70 en varias secundarias y pre-universitarios en el campo quedara perplejo: casi un 100 porciento de aprobados, o sea, de 500 o más alumnos, ninguno retenido en el mismo grado, ninguno suspenso en la nota final.

Y en ese ambiente hostil, absurdo, fue donde conocimos por primera vez el valor de la amistad. Aquel o aquella de la litera o el surco de al lado. Resonando en el otro, como en un espejo, nuestras mismas ansiedades y temores. Y allí también, en las becas, la primera novia o el primer novio, tomados de la mano caminando por el pasillo central, aprovechando las pocas oscuridades para el beso y la caricia como nunca volverán a ser iguales. Y así, a pesar de todos esos palos que nos dio la vida, como diría Fayad Jamís, la mayoría de nosotros aprendió a decir te quiero.

Hago estas reflexiones cuando recién ha comenzado un nuevo curso escolar en Cuba, y creo haber oído que ya no existen becas en el campo. Puede ser un alivio por la misma razón que aquello fue una locura: la libertad con responsabilidad no se aprende en las escuelas sino en las familias, y al echar abajo la ascendencia de las familias sobre los vástagos, se destruye la familia que es, tarde o temprano, derrumbar la sociedad toda.

Una amiga cubanoamericana me preguntó un día qué era eso de las becas. Su esposo, un cubano escapado en balsa hace más de veinte años, cada vez que tiene una situación difícil, le dice: “No te preocupes mi amor, yo me crie en una beca en Cuba”. Traté de explicarle algunas de estas cosas pero ella no entendió mucho. Bueno, tal vez ni nosotros mismos sepamos muy bien que es criarse en una beca. Algún día habrá que exorcizar esos fantasmas que, en la misma medida que nos hacen imbatibles ante la adversidad, nos han hecho sentimentalmente vulnerables… Por eso la pregunta al vuelo es: ¿habrá que esperar 100 años para tener otra oportunidad sobre nuestra tierra?


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