Actualizado: 23/10/2019 9:47
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Teléfonos, Memorias de la Revolución, Represión

La obsesión de Justino

CUBAENCUENTRO continúa esta sección, cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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En Santa Clara y, sobre todo allá en mi barrio —como en casi toda Cuba—, había pocos teléfonos privados. Quien más parecía sufrir por esta carencia era el amigo Justino Hernández*, quien vivía a par de cuadras de mí.

Solía Justino dedicar largas charlas a la necesidad de estar bien comunicados, rápidamente comunicados, y para eso no había surgido mejor invento que el teléfono, decía.

Se sabía el origen de este medio y aun de casi todos los modelos de aparatos que, desde entonces, habían sido concebidos por el hombre para hablar a distancia.

Justino, buena gente, afirmaba que me envidiaba: luego de 16 años, mi solicitud había sido tomada en cuenta y, en 1993, me instalaron una línea telefónica.

Aquel día en que ya pude hablar por teléfono desde mi casa por primera vez, fue Justino la primera persona que me visitó para felicitarme. Nunca se lo dije, pero en diversas ocasiones me rompí la cabeza, como se dice, pensando cómo se podría lograr que Justino, un modesto ingeniero que trabajaba en la Empresa de Confecciones Textiles, pudiera contar con una línea telefónica privada. Yo había llegado a la conclusión de que, para él, tener un teléfono en la casa, con el paso del tiempo se había convertido en una obsesión.

Cuando salí para México, en 1995, se había corrido la voz de que no pasaría mucho tiempo para que inauguraran una nueva planta que “surtiría” de teléfonos privados a ciertos barrios de Santa Clara. Entonces, claro, pensé en Justino. Al fin...

Aquel rumor se hizo realidad aproximadamente al final de la década de 1990, y así proliferaron los teléfonos particulares en determinada región de la ciudad y específicamente en nuestro barrio.

Poco después de la arribazón de teléfonos a Santa Clara, viajé hasta allá. Naturalmente, una de mis primeras acciones fue llamar a Justino, precisamente por teléfono, para felicitarlo.

—Justi, al fin, coño... Porque le zumba el cuero que para tener teléfono haya que estar esperando...

—Oye, oye, deja ese tema, deja ese tema...

—¿Qué pasa, Justi...?

—Nada, nada, mejor ven por acá y hablamos en persona. —Y colgó el auricular.

Unas horas después fui a visitarlo.

“Ahora estamos más jodidos que antes —me confesó el buen amigo Justino Hernández—: resulta que tenemos teléfono, y tenemos que pagarlo mensualmente, pero casi no podemos hablar o hablar con mucho cuidado”. “¿Por qué no pueden hablar...?, ¿por qué con mucho cuidado?, ¿cómo es eso, Justino?”. “Porque el Gobierno está monitoreando las llamadas”. “Pero bueno bueno, Justino... ¿cómo ustedes saben que les están monitoreando las llamadas?”. “Porque las están monitoreando... es elemental, ¿no te das cuenta? ¿Cómo puedes pensar que no las van a monitorear? ¿Me entiendes?: la están monitoreando”.


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