Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Héroes, Mártires, Fusilamientos, Ochoa

La persistencia de lo olvidable

La persistencia de lo olvidable acosa a los cubanos de adentro y de afuera

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“No hay nada más estable que lo temporal”
A.H.

Cuando yo nací el único muerto reciente e ilustre había sido John F. Kennedy.

Los muertos cubanos, si bien no ilustres, eran, como la sangre, más numerosos: eran todos los nombres de los Comités de Defensa de Revolución, de escuelas y fábricas. De los más notorios, Camilo Cienfuegos; los demás pues comenzaron a morir poco a poco: Ernesto Guevara, Lázaro Peña, Osvaldo Dorticós, Celia Sánchez. Toda esa gente que, de tanto mencionarse y verse, parecía la gran cosa.

Gente que, de hacerle caso a los que nos contaron —digo contaron: machacaron— su crónica, eran los autores de la única Historia cubana cuyo machaque valía la pena. Que, sin ellos, nos dijeron, Cuba sería un páramo, una seudorepública, un Estado satélite, un predio de nepotismo, un emporio de familias pudientes, un tugurio para turistas de medio pelo, un país en manos de asnos con garras rotas.

O sea, lo que es hoy.

Con el tiempo, ahora lo sabemos, el pie de cría de Alegría de Pio se multiplicó como clarias en agua turbia. Se sumaron nombres y apodos a los del poder: generales recién planchados, edecanes, espías, comandantes de diversas categorías, pistoleros, contrabandistas y cachanchanes. La élite revolucionaria en pleno.

Algunos, machaque mediante, adquirieron el aura de hojalata de los héroes equivocados. Ya sea por haber librado guerritas ajenas, o por andar metidos en la exportación de revoluciones, eran una suerte de leyendas de la post Sierra. El azote de la CIA y el Comando Sur. Guajiros pasados por agua en el río Moscú, estudiantillos alfabetizados en Lubyanka, alumnado de la KGB y la STASI, egresados sin laude de la academia Frunze, corderos del PCC, echando extrañas peleas en África, o Centroamérica: en primera fila donde quiera que no estaban los problemas de Cuba.

Alguna vez escuché las sagas de alguno de ellos, susurradas con voz de enterados. Debo admitir que, siendo un adolescente del que chorreaba la doctrina y la desinformación a partes iguales, me impresioné sin cuestionar la relevancia o veracidad de lo que me contaban. Caramba, mira la gente increíble que nos gastamos acá en nuestra tremenda isla, pensé.

Claro, en esa época de las historias a media voz yo no sabía que Cuba era una isla de mierda. Todavía pensaba que Cuba era la gran cosa y que sus héroes de Nuevo Vedado, a pesar de su menguada envergadura y escasa prestancia, eran de la talla de Caupolicanes y Bolívares.

Un día me sorprendió la purga en que fusilaron a varios de ellos. Ochoa y los otros. Andaba yo por entonces noviando con la que sería la madre de mi hija mayor, esta ya una millenial que aun no nacía cuando aquel repugnante fiscal desbarraba y aquel pobre negro temblaba, la boca atrapada en la tenaza del terror.

Tanto para mi hija mayor como para la menor, nacida cuatro años después, los muertos de esas limpias, y de otras, no son Historia, pero sí historia. De mencionarse el asunto, un “ah, sí…” puede que sea la respuesta. Pero no van a reconocer nombres. Son para ellas aun menos de lo que fueron Kennedy y Camilo para mi: muertos que se invocan para el machaque, como a los escritores muertos, como si ya nadie escribiera, como si no sobraran militarotes cheos que, si bien ya no pelean guerritas ajenas, o tal vez por eso, se van disolviendo en lo olvidable.

Porque mis hijos, para su bien, nacidos sin lastres, ya no tienen que olvidar.

Pero nosotros tenemos el deber de olvidar. El olvido es necesario. Es necesario. Es necesario.

No el olvido del perdón y la generosidad, sino el del deshonor y el desdén.

Se trata de acabar de asumir que han sido 60 años de caída libre. Se trata de acabar de aceptar, de una vez y por todas, que solo el mecenazgo de la Unión Soviética y el CAME, y el posterior soporte de los chavistas venezolanos, fueron el freno temporal al desplome de economía, sociedad y nación. Se trata de reconocer finalmente que ningún hecho de esos palafreneros del fidelismo mejoró a Cuba.

Ninguno de ellos hizo lo necesario para crear un país funcional, lógico, exitoso. Ninguna de sus misiones, encargos, peleas, acciones, puñaladas, disparos o caricias convirtieron a Cuba en la patria a la cual se quiere arribar, y no de la que se quiere huir. Todos ellos, portaestandartes de la infamia castrista y post castrista, fueron, y son, cómplices de desastre nacional.

Los héroes necesarios, el magnicida, el sedicioso, el que llevaría en sí la dignidad de la que carecemos los cubanos contemporáneos, nunca aparecieron. Entre tanto inútil a olvidar, esos hubieran sido lo único recordable.

La persistencia de lo olvidable acosa a los cubanos de adentro y de afuera. Unos y otros alaban y maldicen por igual a las mismas personas y acontecimientos. Unos y otros conspiran —unos a sabiendas, otros quién sabe por qué— en hacer perdurable lo desechable. Unos y otros mencionamos nombres que debieran escupirse, escribimos apellidos que debieran borrarse, invocamos lo repudiable como si valiera la pena.

A unos y otros, a todos, todavía nos acosa, sin que siquiera nos percatemos, lo más olvidable: la ponzoña que transpira desde la puta entraña de una piedra infame, y no acabamos por deshacernos de esa inservible persistencia.


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