Actualizado: 24/11/2020 19:05
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La Red Avispa y el trasfondo del derribo de las avionetas

Existían dos razones importantes para derribar las avionetas por parte del gobierno cubano

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La película La Red Avispa, actualmente entre los primeros lugares de Netflix, dirigida por Olivier Assayas con actores de la talla de Penélope Cruz y Gael García Bernal, entre otros no menos importantes, ha resultado muy controversial por más de una razón.

Esto no es una crítica de cine. Mi propósito es poner en claro algunos aspectos de la realidad histórica que la cinta ha eludido o tergiversado. Demás está decir que el resultado, independientemente de sus éxitos o aciertos en el campo cinematográfico y de las intenciones reales, cae en una simplificación maniqueísta de “buenos” y “malos” que refleja un viejo prejuicio sobre la comunidad cubana en el sur de La Florida. Los cinco espías son héroes que se sacrifican para prevenir actos terroristas perpetrados por grupos del destierro, los cuales, además, acuden al narcotráfico para sus fines políticos. No se trata de que estos actos no hayan sucedido, pero no tipifican la generalidad de las organizaciones anticastristas.

El eje de la trama es el drama emocional de la familia de uno de los espías infiltrados, René Hernández, mientras que se elude la tragedia de cuatro familias cubanas cuyos hijos fueron asesinados en el espacio aéreo entre Cuba y Estados Unidos por aviones cazas del régimen castrista, cuatro jóvenes que no eran militares, ni pretendían realizar actos violentos de ningún tipo, sino que luchaban pacíficamente por sus ideales de libertad, y parte de la responsabilidad de este crimen, pesa sobre la conciencia de esos espías. La realidad no es en blanco y negro.

Por todo lo anterior, a pesar de que se anunciaba que la cinta era una coproducción de España, Francia, Bélgica y Brasil, llegué a sospechar que era en verdad una producción netamente cubana hasta la mitad de la película, en que salen a relucir la disidencia interna y la coalición Concilio Cubano, cuando se dice: “Las represalias fueron brutales. El régimen castrista atacó al Concilio Cubano con todas sus fuerzas… encarcelaron a cientos de activistas, personas que no estaban armadas, que sólo esperaban a reunirse de manera pacífica en La Habana”.

La afirmación de esta verdad salva a esta película de ser calificada de panfleto cinematográfico castrista al estilo de la famosa serie televisiva En silencio ha tenido que ser. Tiene, además, un acierto, porque casi todos los reportajes que han tratado el derribo de las avionetas, no han mencionado a Concilio Cubano, que fue clave para entender por qué fueron derribadas.

Muy recientemente se habían producido los derrumbes, desde dentro, uno tras otro, de los regímenes comunistas de Europa del Este y había gran expectativa de que el de Cuba fuera el próximo, aquejado por la gran crisis económica que provocara la pérdida de ese mercado. Por eso se veía con gran interés el surgimiento de Concilio Cubano y el encuentro nacional que proyectaban celebrar en La Habana el 24 de febrero, día escogido porque había sido la fecha en que se había iniciado la última guerra independentista de Cuba contra el colonialismo español. Muchos grupos del destierro se aprestaron a dar su apoyo a Concilio Cubano, entre ellos, Hermanos al Rescate.

Sin embargo, los realizadores de la cinta, al hablar de lo ocurrido ese 24 de febrero de 1996, cometieron un grave error. Ponen tomas de archivo de una manifestación violenta en La Habana con un letrero: “Cuba ese mismo día”. ¿Qué imágenes eran esas? Pues no otras que las protestas ocurridas dos años antes, 5 de agosto de 1994, un momento crucial de profunda crisis económica del llamado Período Especial, cuando gran número de personas que habían acudido al Malecón atraídos por el rumor de que el régimen iba a permitir ese éxodo, al saber que era falso, desataron, en una mezcla de desesperación, rabia y frustración, los hechos vandálicos de romper vidrieras mientras gritaban consignas antigubernamentales, hecho conocido como el Maleconazo. Fue entonces cuando Castro decidió abrir la válvula de escape del éxodo masivo de balseros el 12 de agosto de 1994, tras lo cual, el presidente Clinton anunció el decreto de que sólo los que tocaran tierra estadounidense tendrían derecho a quedarse y que serían penados todos aquellos que rescataran balseros en el mar, por lo que Hermanos al Rescate cuyos pilotos se dedicaban, originalmente, a rescatar a personas en el mar que habían huido de Cuba en balsas, no pudo continuar en esa actividad humanitaria y tomó un carácter más politizado: en más de una ocasión volaron sobre la Habana para lanzar panfletos y volantes anticastristas, sin que el régimen tomara medidas drásticas para impedirlo, más preocupado por el surgimiento de un movimiento disidente unido, como era Concilio Cubano, y en particular, su proyectada reunión nacional.

En la cinta se presentan las imágenes del Maleconazo como si se hubiera producido el día antes del derribo de las avionetas, e inmediatamente, al parecer —digo al parecer porque el orden de los hechos queda muy confuso—, hacen una retrospectiva donde se dice que Concilio Cubano se creó en otoño de 1995 y que acordaron reunirse en febrero, supuestamente el siguiente año. Es entonces cuando ocurren los encarcelamientos. Y al terminar la retrospectiva, se dice: “Al día siguiente”. Y aparece Basulto, líder de los Hermanos al Rescate, anunciando a la prensa que ese día volarían sobre La Habana para lanzar proclamas. O sea, no sólo trasladan la revuelta del 94 al 96 sino que además, la convierten en obra de la disidencia, en evidente contradicción con lo que habían dicho antes sobre la condición pacífica de los disidentes. Los verdaderos disidentes no realizan actos vandálicos.

En la cinta, cuando aparece Basulto dando la conferencia de prensa, los periodistas le preguntan qué noticias tiene sobre los disidentes en Cuba y él responde que ninguna, pero en los hechos reales él sí las tenía, porque el Buró de Información de Derechos Humanos, que de hecho se había convertido en portavoz de Concilio Cubano, había confeccionado una lista de más de cien líderes de la disidencia arrestados donde se agregaba la organización a la que pertenecía cada uno, así como el día, la hora, y el lugar donde cada disidente había sido detenido, y esta información se repartía día tras día entre todas las organizaciones que en Miami apoyaban a la disidencia interna, entre ellas, Hermanos al Rescate. Y esto lo sé, porque quien dirigía ese Buró era quien hoy escribe este artículo.

Pero no sólo se le había proporcionado esa información, sino también la advertencia de que no volara ese día sobre La Habana, porque nos había llegado, confidencialmente, de boca de un alto oficial castrista, que las avionetas podían ser derribadas. ¿Por qué Basulto no hizo caso e incluso, en la propia cinta, aparece tan confiado? Porque ya anteriormente había realizado misiones semejantes sin que pasara nada.

Pero esta vez era diferente ¿Por qué? Porque había dos razones importantes para derribar las avionetas.

La primera razón salta a la vista. Había en ese momento un escándalo internacional sobre el encarcelamiento de más de un centenar de personas pacíficas que sólo habían procedido de acuerdo a los artículos 19 y 20 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos sobre libre expresión y asociación, y el régimen tenía muy pocos argumentos creíbles para defender su arbitrario proceder. Era preciso desviar la atención hacia este acto, que aunque brutal, podía ser defendido con el argumento de que se trataba de reiteradas violaciones del espacio aéreo cubano por aviones procedentes de Estados Unidos, un país supuestamente enemigo, tripulados por cuatro personas, tres de los cuales eran ciudadanos estadounidenses. Era, supuestamente, una cuestión de defensa de la “soberanía”. Y el propósito se logró en un cien por ciento. Desde ese momento, toda la prensa se enfocó en el derribo de las avionetas, y los disidentes presos quedaron completamente olvidados, hasta el punto de que ninguno de los reportajes y crónicas sobre el caso de las avionetas, a lo largo de los años —al menos yo no vi ninguno—, mencionó que la causa de aquel vuelo trágico había sido en solidaridad con los líderes presos de Concilio Cubano, hasta que se exhibe esta película, La Red Avispa.

Mientras tanto, el régimen se cuidó muy bien de no liberar a los líderes disidentes presos hasta asegurarse de que Concilio Cubano no iba a resurgir. Se habían cortado las cien cabezas de la Hidra de Lerna y había que esperar que el “monstruo” acabara de morir. Y así fue.

La otra razón tiene que ver con un acontecimiento que la película no toca para nada —ni tiene por qué hacerlo—: el proyecto de ley Helm-Burton, una ley que supuestamente apretaría aún más la soga en el cuello de la economía cubana, promovida por la Fundación Nacional Cubano-Americana, la más poderosa de las organizaciones de exiliados cubanos. Era muy controversial, no sólo porque podía afectar los intereses económicos de Estados Unidos, sino porque además, imponía condiciones para el futuro de Cuba, por lo que algunos exiliados anticastristas la calificaron de “nueva Enmienda Platt”.

El proyecto de ley era sabido que no iba a ser aprobado en el Congreso. Su aceptación era mínima, y hasta el presidente Clinton cabildeaba para que no se aprobara. ¿Qué fue lo que provocó un cambio en la balanza tan radical para que se aprobara y el propio Clinton lo firmara? Pues el derribo de las avionetas. Estados Unidos tenía que responder de alguna manera al asesinato de tres ciudadanos americanos y eso era lo único que tenían a mano para demostrar su indignación.

Cuando fue firmada el 12 de marzo, algunos exiliados ingenuos exclamaron jubilosos: “¡El mismito se mató!” Se referían a Fidel Castro, de quien se sabía, estaba tras aquella operación, aunque quien presentara la cara fuera su hermano como jefe de las Fuerzas Armadas. Pero en realidad, Castro había logrado justamente lo que quería. Su lema había sido siempre “convertir el revés en victoria”, y eso lo había aplicado a la política de embargo a Cuba: el “bloqueo” siempre cargaba con la culpa de los descalabros de una política económica absurda.

Pero en este caso se trataba, más que de un fracaso, de una victoria, porque ahora la ley Helm Burton le daba el pretexto perfecto para imponer una política represiva draconiana, no solo para atemorizar a la disidencia, sino además, y sobre todo, a los reformistas dentro de sus propias filas, que cada vez adquirían más fuerza, tanto del Partido como de la juventud comunista. El 27 de marzo, Raúl Castro acusó públicamente de “diversionismo ideológico” y de, estar “al servicio del imperialismo”, a los intelectuales del Centro de Estudios de América (CEA), centro creado por el propio Partido Comunista, que en diferentes publicaciones habían abogado por una política más participativa. El CEA, que sufriría una profunda purga, fue el chivo expiatorio perfecto para detener al caballo de Troya de la ola reformista, y el 24 de diciembre de ese año promulgó la Ley 80 —complementada posteriormente con la 88—, más conocida por los opositores como “Ley Mordaza”. A partir de ese momento, todo aquel que criticara públicamente la política gubernamental, podía ser acusado de estar en contubernio con el enemigo y ser sentenciado a altas condenas por traición a la patria, como hicieron, en 2003, con setenta y cinco destacados disidentes en lo que se conoció como “Primavera Negra”.

De este modo, los disparos que derribaron las dos avionetas, fue una jugada dirigida, como por carambola, no solo a callar a la prensa internacional por los dirigentes presos, sino además, a sofocar, dentro de Cuba, toda forma de disensión.


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