Actualizado: 26/11/2021 14:39
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Ventana del lector

La Señora Juanita

Una consulta con una psíquica lleva a la autora a descubrir un testimonio sobre las cárceles cubanas

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Se puede escribir no un libro, sino miles si cada uno de nosotros, los cubanos del exilio, contamos nuestra experiencia personal para salir de la cárcel cubana cuyas rejas son el límite marino que circunda la otrora Perla del Caribe, hoy Isla del desencanto.

Conocí hace muy poco tiempo a una anciana mujer cuya impronta me dejó tan impactada que le arranqué la promesa de que me contara su historia personal para llevarla a un libro. La señora, que en estos momentos lleva sus noventa y cinco años con una serenidad y parsimonia propias de esta edad, me narró que fue presa política y canjeada por el Gobierno cubano cuando el ex presidente norteamericano Jimmy Carter inició un prometedor diálogo con el Tiranosaurio de cuyo resultado devino un canje en el que ella junto con un grupo de presos políticos arribó a Estados Unidos en los años ochenta.

De cómo la trataron en la cárcel, de las torturas verbales de que fue objeto, de las amenazas y las múltiples vejaciones de que fue víctima habla en voz baja y cadenciosa dejándonos la sensación de escuchar un cuento prohibido que nos transporta a un mundo desconocido por muchos cubanos en el país que se jacta de no violar los derechos humanos.

Llegué casualmente a casa de la Señora Juanita por pura curiosidad. Queriendo conocer más allá de lo que nos depara el día a día, alguien de pronto me dijo que si quería consultarme con la Señora Juanita. Me eche a reír. Encontré tan descabellada la idea de una consulta personal que lo tomé a broma. Con todo respeto, no creo en vaticinios, ni predicciones futuristas, ni en sibilas modernas. No creo en santos. No creo en adivinadores. Y sin que nadie se ofenda, tampoco creo en la Virgen María aunque la venero por ser la Madre de Dios.

Realmente no creo en nada de esas cosas porque solo creo en Dios, a quien le doy el crédito absoluto. Por lo tanto, era tan remota la idea de que yo fuera a ver a la Señora Juanita como de que haría un viaje a la Luna el próximo mes. Y ahí quedo el asunto.

Pero ya la semilla estaba sembrada. En mi mente no germinó el pensamiento de saber más de lo que me corresponde, sino la más pueril curiosidad de indagar por qué tanta gente iba a verla. Y todos coincidían en lo mismo: como acertó en mí.

Una de esas mañanas en que no sabes cómo vas a jugar con tu vida, la llamé. Tal vez no había un buen programa de televisión, ya me había leído el último buen libro prestado o no sabía qué hacer con mi breve tiempo libre y decidí tentar el destino. Terminé llamándola. Me contestó una voz gangosa y baja que apenas entendí. Achaqué a sus muchos años la densidad de su palabra. Me dio una cita para las 2:00 de la tarde. Mi hijo, tan solícito, se brindó a llevarme. Llegué justo una hora antes de lo previsto. La Señora Juanita estaba en plena siesta digestiva.

Entonces me senté a estudiar el entorno. Si ella fuera una poderosa sibila sería millonaria, pensé. Es lo mismo que siempre he pensado de estas psíquicas. Pero el ambiente hogareño no era precisamente el de una millonaria. Comencé a juzgar la decoración interior y, hasta donde llegaba, el grado de confort familiar. Soy sincera, no me disgustó.

De pronto, un cuadro más allá de mi cómoda visión atrapó mi mirada. Varias palmas enjutas de frondosos penachos verdes se adueñaron de mis ojos porque me recordaron la foresta natural de mi país. Con toda la delicadeza del mundo pregunté quién era el pintor. Esperaba escuchar un nombre conocido o desconocido de los medios que yo aún ignorara. Alguien me dijo: es del nieto de Juanita. Y se dedica a pintar. Ah, tiene muchos cuadros pintados. Eso no contestó mi pregunta. Yo quería saber a estas alturas si se dedicaba a la pintura desde el punto de vista profesional, pero no me atreví a preguntarlo.

Entonces, como saliendo del ensueño de la lenta digestión, la Señora Juanita me dedicó una cálida mirada y me dijo: ven, que te voy a atender. Oh, milagro. Media hora antes de lo previsto.

Una atenta mano condujo su sillón de ruedas a una habitación y allí nos quedamos reconociéndonos, la Señora del Tiempo y yo, la escéptica.

Por señas me invitó a tomar asiento frente a ella y con una lentitud digna de Cien Años de Soledad, me dijo que partiera en tres el manojo de cartas.

Delante de mí comenzaron a pasar mis primeros anos, la soledad de mi primera infancia, la desazón de mi adolescencia, la incertidumbre de mi juventud.

En la segunda partición aparecieron amores fugaces u olvidados, envidias que dañaron y marcaron mi vida, esperanzas rotas y sueños no vencidos.

En la tercera, me dijo que era una persona dichosa; me dio risa. ¡Dichosa! respondí preguntando. Sí, dichosa, dijo con seguridad mientras entraba lentamente de nuevo en el letargo digestivo que yo misma había interrumpido casi una hora antes. Por momentos dormitaba y reaparecía briosa para darme algunas instrucciones. Llegamos a la etapa de los matrimonios y los hijos. Repetí, solo uno, no he tenido más. Pero aquí salen dos. Me dijo. No, solo uno. Conteste. Es que son dos nietos. Por eso salen dos, traté de arreglar el asunto. Pero eres dichosa porque no has rodado en este país, tienes techo, tienes trabajo. Y reafirmó: eres una mujer dichosa.

En la medida en que hablaba conmigo me di cuenta de que era una persona sabia más por los años vividos que por alguna profesión al respecto. Y como todo sabio, podía predecir por señales del desarrollo psicólogo y la conducción de capciosas preguntas cualquier entrevista personal. El tiempo favorece eso.

Sin darme cuenta, comencé a preguntarle sobre su vida, la forma en que llegó a este país, cuándo y cómo lo hizo. Fue de ese modo que supe que había sido una presa política canjeada cuando la gestión personal del ex presidente Carter. Suave, lenta y serena me habló de su pasado, de cómo enfrentó el régimen castrista, de cómo fue vejada, de qué manera la encarcelaron, así como de las cárceles a las que fue confinada. Tuvo miedo, pregunté: claro. Pero lo vencí. Al final, terminas venciéndolo.

La consulta futurista del Tarot de la Señora Juanita no me impresionó realmente tanto como a muchos les habrá sucedido porque, repito, no creo en vaticinios del hombre.

Mas, lo que sí me impresionó y me dejó con ganas de volver a ver a la Señora Juanita fue su propia historia. Una historia personal que merece la pena contarse para que no quede solo como una simple huella en el recuerdo de alguien, sino para que muchos sepan de qué forma ignominiosa han sido humillados en su propio país muchos y muchas cubanas antes de poder conocer la palabra libertad.

Dios quiera que la vida nos dé el tiempo suficiente a ambas para dejar un preciado legado de sufrido testimonio de una mujer en las soterradas cárceles de Cuba por el único delito de no estar de acuerdo con el régimen castrista y haberse enfrentado al mismo. Muchas historias personales palidecen ante la de ella.


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