Actualizado: 07/12/2022 17:02
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| Cuba

Ayudas, Exilio, Oposición

La verdadera ideología de los inconformes de la Isla

Si se identifican mayores coincidencias entre el exilio y la oposición interna, se debe al hecho de que las ayudas del primero se dirigen hacia los opositores que compartían su visión política

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Quien paga, manda. Suele echarnos en cara el régimen cubano a los opositores internos, a través de sus lleva y trae de la Seguridad del Estado, al tocar el tema de nuestra necesaria relación con intereses más allá de las fronteras geográficas de la República de Cuba. Estén dentro de la sociedad transnacional cubana, o no.

No le falta razón al régimen, sin embargo, y en base a ello su ideal de tener la exclusiva en los pagos. Porque para alcanzar una posición política propia, un individuo requiere ser independiente económicamente con respecto a los demás agentes políticos envueltos en el asunto en cuestión. Su subsistencia no puede depender de ninguno de ellos. Quizás de intereses ajenos al asunto, pero no de aquellos inmiscuidos de modo directo en él.

Lo incuestionable es que los cubanos al interior de la Isla carecemos por completo de independencia económica. Dado el modelo de sociedad totalitaria impuesto, dependemos del estado cubano para tener un trabajo, un negocio, o en general para conseguir conservar una fuente de lo básico para subsistir. Si el estado cubano decide privarnos de cualquier posibilidad de subsistencia, cuenta con todo lo necesario para hacer efectiva esa decisión, aun sin encarcelarnos. No podremos optar por un empleo en el sector estatal, y tampoco en el privado, a resultas de las presiones sobre nuestro empleador; ni soñar con obtener una licencia para poner un negocio privado; y muchísimo menos podremos vivir del amplísimo sector ilegal en la economía cubana, si el sobredimensionado y muy eficiente aparato de vigilancia y control recibe la orden de enfocar su atención en nuestras personas.

Incluso el que consigamos un empleo en una empresa extranjera, vía Internet, o una pareja allende nuestras costas que nos mantenga –algo muy común en la Cuba contemporánea-, depende de la buena voluntad del único proveedor de conexión en la Isla: el estado cubano a través de su monopolio estatal ETECSA.

En fin, el cubano isleño, para tener una fuente de subsistencia, necesita renunciar a tener otra posición política que aquella que el Estado cubano le impone. Si insiste en tener una propia, sobre todo en cuanto al asunto cubano, deberá emigrar, y buscarse un empleador ajeno a la política cubana, o hacerse con un negocio cuya clientela fundamental no esté compuesta por cubanos. Porque sin duda, sólo el emigrar no nos garantiza la posibilidad de tener una independencia de criterio en cuanto a Cuba y la sociedad transnacional cubana.

Con todo, en el exilio será cien, o mil veces más fácil que en la Isla el encontrar el empleador o la clientela ideal para hacerse con esa independencia: personajes como Lázaro Fariñas, Carlos Lazo, Edmundo García, y un larguísimo etcétera, así lo demuestran. Mientras en la Isla muy pocos de quienes han optado por tener su propia posición política han logrado conservar su trabajo, su licencia de trabajador por cuenta propia, o el negocito semiilegal con que completaban sus entradas.

A quienes no niegan la existencia de ese control totalitario, pero sostienen que en definitiva se justifica, dado que el Estado cubano representa los intereses de los cubanos de la Isla, les respondo que el dicho Estado no puede representar al isleño, por las mismas razones que en la sociedad medieval un noble o un príncipe de la Iglesia no representaban al campesino. Mientras los líderes del Estado, los Castro, los Diázcaneles, los Gerardos Hernández… con todo lo esencial asegurado, pueden darse el lujo de vivir en una concepción “heroica” y trascendentalista de la realidad, los cubanos de a pie, absortos en una eterna lucha por la subsistencia, no llegamos a alcanzar nunca esas “desinteresadas” esferas. Hay, por lo tanto, una desconexión de niveles de realidad entre de un lado los líderes e ideólogos del estado, que al tener todo asegurado en casa —e incluso una casa y sin peligro de derrumbe—, pueden darse el lujo de vivir en la lucha infatigable por mantener independiente a la nación cubana del “monstruo imperialista”, o en el impulso y construcción de una sociedad utópica, y del otro lado los ciudadanos de a pie, quienes entre interminables fatigas cotidianas no podemos detenernos en tales sutilezas.

Como en la sociedad medieval, es la ausencia de otras posibilidades de vida que las convenientes al noble, al príncipe de la Iglesia, o al cuadro dirigente cubano, o en todo caso el difundido supuesto de que los de abajo requieren de un paternalismo a tiempo completo, lo que puede hacer creer a algunos que existe una coincidencia de intereses entre potentados de un lado, y siervos de la gleba o ciudadanos cubanos de a pie, del otro. Cuando en verdad no es así, dado que es precisamente el trascendentalismo heroico de la cúpula, su desconexión con lo cotidiano, el que nos mantiene necesariamente en la precariedad a los de abajo.

En cuanto a los muchos cuadros medios de ese Estado, que no lideran nada y solo cumplen órdenes, la diferencia está dada en que para ellos es importante conservar un Estado del que reciben, o roban, lo necesario para vivir. A la vez que ese estado, en una sociedad centrada absolutamente alrededor de él, les permite a ellos acceder a un estatus superior, el cual estatus no están seguros podrían conservar en una sociedad diferente. Porque como en cualquier sociedad autoritaria, el castrismo sobrevive sobre todo por el interés de los muchos mediocres que saben a ciencia cierta que en un diseño meritocrático, cualquiera sea este, a ellos les estarían vedadas las posiciones de privilegio, de “machos beta de la manada”, de que disfrutan en el ordenamiento actual.

Lo importante aquí es esto: El Estado cubano, por sus fines “heroicos” y trascendentalistas, va necesariamente en contra de los intereses de la mayoría llevada a los limites de la subsistencia, y por lo mismo incapaz de hacer suyos tan elevados fines. De cola en cola, atrapado casi todo el tiempo en los límites de una legalidad demasiado ajustada a unas posibilidades por demás esqueléticas, es poco probable que el individuo pueda hacer suyos la lucha por el comunismo, o por la independencia absolutista del país en que le tocó nacer, pero sobre cuyos destinos no tiene en un final ninguna posibilidad real de opinar.

Dentro de Cuba, mantener una posición diferente a la impuesta por el Estado, sólo se hizo posible para un gran número de individuos a partir de las aperturas hacia la emigración en los inicios de la década del noventa. Mas esa posibilidad no garantizaba el poder hacerse con una verdadera posición propia. Entonces, el libre flujo de dinero y recursos hacia Cuba, desde la emigración, estimulado por un estado necesitado de dólares para seguir en funciones tras la debacle del campo socialista, permitió el financiamiento de una amplia oposición interna. Pero como es lógico, no de cualquier oposición interna, sino de aquella que mejor respondiera a los intereses y a la visión política del asunto cubano de los financiadores.

No discuto aquí el derecho del exilio a participar en la vida política nacional. Sobre todo la absoluta legitimidad de que, al negársele la participación directa, se haga con agentes internos que impulsen sus intereses, y representen su visión del asunto cubano. Solo constato el hecho de que al depender para su subsistencia de los apoyos de ese exilio, o sea, de un grupo con una visión e intereses propios en el asunto cubano, no puede considerarse independiente a la oposición interna, sino en realidad como representante interna de una posición al menos no por entero propia.

El que por necesidad el exiliado y el isleño promedios tampoco comparten los mismos intereses y visiones en cuanto al asunto cubano, resulta evidente. Sin lugar a duda la reacción ante el súbito anuncio del hundimiento del archipiélago cubano en las entrañas de la Tierra, en los próximos diez minutos, sin tiempo por tanto para escapar de él, no será vivido igual por una colera de Centro Habana o un carretonero de Camajuaní, que por un cubano peluquero afincado en Hialeah. Porque digamos lo que digamos, no hay comparación entre darse cuenta uno que va a ahogarse en diez minutos con todo lo querido y con todos sus recuerdos, y saber que en cambio solo se te hundirán recuerdos y querencias, y ni tan siquiera todas, que ya muchas otras habrás hecho en el nuevo país de residencia.

Digan lo que digan, no es lo mismo vivir la Isla, o más bien sobrevivirla, como única opción para gastar los limitados años de esa única vida dada a cada cual, a vivir con la mente y el corazón en ella, muy bien, pero con partes más prosaicas de la anatomía a buen recaudo de su día a día y de su destino concreto.

Más allá del común interés de exiliados y cubanos isleños en deshacerse del actual régimen político —presente únicamente del lado de acá—, solo en aquellos de los segundos que han conseguido elevarse por encima de la espesa niebla ideológica en que vivimos los cubanos de la Isla, pocas más coincidencias de intereses pueden detectarse, dada la muy diferente situación económico-social, y la contrastante atmósfera político-cultural en que vivimos unos y otros, dentro de la heterogénea sociedad transnacional cubana.

Por ejemplo, para la absoluta mayoría de los cubanos que nunca han dejado la Isla, el ideal de un estado de derecho les resulta tan inalcanzable intelectualmente como podría serlo para un subdito francés de Luís XIV, a diferencia de lo que ocurre para muchos emigrados, que ya han vivido en un sistema político semejante —muchos emigreésdemuestran ser conscientes de esta verdad al cuestionar algunas ideas y propuestas de los opositores internos en base a que “no han viajado lo suficiente”, “no conocen el mundo”, “carecen de información actualizada”… Por otra parte, mientras para el exiliado promedio el asunto de la recuperación de bienes nacionalizados no les es de importancia, ni tan siquiera secundaria, para no pocos isleños sí les es vital, ya que muchos de ellos solo cuentan con el terrenito heredado de las leyes de reforma urbana, o agraria, para hipotecarlos o venderlos, y así hacer frente a los retos de la transición con algo en los bolsillos.

Si hoy se identifican mayores coincidencias entre el exilio y la oposición interna, la visible, se debe, sin duda, al hecho de que las ayudas del primero se han dirigido preferentemente hacia aquellos opositores que compartían ya, o que voluntariamente han transado compartir su visión política de los asuntos mas relevantes, e incluso hasta anteponer la defensa de los intereses del exilio, por encima de los propios. Ha habido, por tanto, un proceso de selección artificial, inconsciente la mayor parte del tiempo de parte del exilio —aunque no siempre de parte de los opositores—, en acción sobre el universo opositor, que ha moldeado a esa oposición a imagen y semejanza de cómo el exilio cree debería ser y pensar una oposición Interna al castrismo. Proceso que entre otros ha sido estimulado por el propio Estado cubano, con el fin de presentar a sus oponentes como de creaturas del más allá de las fronteras físicas; aunque sin duda no de las espirituales de la transnación cubana.

De hecho no solo para subsistir la oposición interna depende de las ayudas del exilio. Incluso para hacerse visible, conocida al menos más allá de las fronteras geográficas de la república, sin su ayuda no lo podría lograr. Así, cabe presumir que existe en el país una posición opositora, representante genuina de las aspiraciones de los cubanos isleños, que sin embargo no consigue visibilizarse en ninguna parte por esa falta de coincidencia con el exilio. O mejor, que al no conseguir recursos, ni modo de hacerse visible, queda en potencia y no llega a desarrollarse.

Para resumir lo dicho hasta ahora: dentro de la sociedad isleña, las no coincidencias con la visión e intereses del exilio, existen y son significativas. Solo que la ausencia de independencia económica dentro de la sociedad isleña, a resultas del totalitarismo impuesto, obliga a todo inconforme dispuesto a denunciar, y enfrentar, la anterior situación, a adoptar programas y visiones no totalmente propios, que obligatoriamente deben responder en lo esencial a los intereses de los miembros del grupo con el cual le es más fácil obtener lo necesario para su subsistencia o visibilizarse: el exilio cubano.

Para identificar esa posición opositora del cubano isleño, no coincidente por entero con la del exilio, que no se desarrolla en primer lugar por la inteligente argucia del presente Estado cubano, o más bien de su fundador, Fidel Castro, de impedir la independencia económica al interior de la Isla, lo primero es preguntarse: ¿qué es lo que realmente deseamos los cubanos de la Isla?

Shumpeter negaba que el obrero industrial, al menos el no ideologizado y que pensara en su circunstancia con cabeza propia, y racionalmente, tuviera alguna de las motivaciones que le atribuye Marx. Para Shumpeter, el proletario de Marx aspira antes que nada a poner un pequeño negocio aparte, un taller mecánico, por ejemplo, y convertirse en un pequeño burgués. Lo demás, su aceptación de las ideologías y los sindicatos no es un fin en sí, sino un paliativo mientras se consigue realizar su aspiración.

Algo semejante puede decirse del cubano isleño: su aspiración, si alguna tiene, si no pertenece a ese amplio segmento de la población cubana que parece conformarse con el “ir tirando”, es la de emigrar, en especifico a Estados Unidos. Su aceptación de las respuestas ideológicas, planes y perretas del exilio no tiene otra intención, en la mayoría de los opositores, que la de preparar las condiciones para realizar esa, su verdadera aspiración central; o en todo caso la de buscarse un suministrador distinto, ya que con el régimen ha decidido no tiene muchas posibilidades, sea por procedencia social o temperamento, para practicar la misma filosofía del “ir tirando”.

Hay dos causas que confluyen en esa dirección. La primera y más superficial es que, al el Estado cubano totalitario imponerse al individuo como el intermediario obligatorio de cualquier esfuerzo colectivo más allá del circulo más íntimo —incluso en éste intento intermediar en sus años de gloria, a inicios de los ochenta, como cuando en un congreso de la UJC Fidel Castro hablaba de la conveniencia de casar entre ellos a los estudiantes de medicina—, al mantener un eficientísimo aparato de control y represión para precisamente evitar cualquier esfuerzo colectivo no mediado por él, ha desalentado en el cubano lo que llamaremos el impulso asociacionista.

Escaldados por más de una experiencia negativa, unos cubanos prefieren callar y ocuparse de lo suyo, y de su familia —de manera significativa un consejo que suelen darnos muy a menudo los agentes de la Seguridad del Estado: ocúpate de tu vida. Otros, tras seis décadas de castrismo, han llegado a metabolizar de tal manera la interferencia paternalista, que también ellos perciben el intentar cualquier esfuerzo colectivo, sin la intermediación del estado, como algo necesariamente animado por intenciones siniestras. Así lo propuesto sea una asociación para atender las necesidades de los niños enfermos de cáncer. Porque el solo hecho de que a ti se te haya ocurrido algo así, y a la revolución no, demuestra que la modestia, la humildad, no son lo tuyo, que eres una personalidad ambiciosa de un estatus superior, capaz por lo tanto de cuestionar el lugar de los dirigentes máximos de tu sociedad, como sus guías indiscutibles.

En ambos casos el resultado es el mismo: los cubanos de la Isla, tras sesenta y tres años de socialismo leninista, nos hemos vuelto más reacios a ocuparnos de los asuntos comunes a nuestra sociedad, de lo que pudieron serlo nuestros ancestros en cualquier momento histórico anterior, sobre todo en la tan denostada “República Burguesa y Mediatizada”. A los primeros de los mencionados más arriba es la suspicacia, el miedo lo que los lleva a asumir esa actitud apática hacia los esfuerzos colectivos, o lo que es lo mismo, lo que los conduce hacia el individualismo. A los segundos es esa infravaloración de sí mismos, al quitarles lo central a la dignidad humana: el no admitir a nadie incuestionablemente superior, la que les permite comportarse sin remordimientos como individualistas rampantes, siempre y cuando papá estado no los mira. Como los niños, estos no tienen a mal comportarse por completo al contrario de lo que sus padres le indican como lo correcto, al menos mientras la atención de sus padres no está enfocada en ellos. A fin de cuentas, parecen decirse, es esa incapacidad nuestra de hacer lo correcto, lo que nos indican nuestros mayores y dirigentes, la que explica su superioridad y justifica el control de éstos sobre nosotros.

Por tanto, el cubano, al intentar solucionar su incomodidad con su situación actual, tiende a hacerlo de manera individual. Unos por miedo, otros en ese pacto de sometimiento con el régimen que los libera de la responsabilidad de intentar elevarse como personas, o les permite ahorrarse el esfuerzo continuo que implica mantener un criterio propio. Y sin duda la solución individualista por antonomasia, en la Cuba de hoy, para resolver la situación precaria en la cual vivimos, es precisamente el emigrar. Uno, y a lo mucho su familia.

Lo más importante, y esencial, sin embargo, es que el cubano ha perdido la confianza en lo nacional. Frases y preguntas repetidas por todos, como: “esto no lo tumba nadie, pero tampoco lo arregla nadie”, o “¿y de qué vamos a vivir después, si esta gente -los castristas-, no han dejado ni dónde amarrar la chiva?”, expresan esa incredulidad del cubano ante la posibilidad de un destino nacional compartido en el que él, personalmente, pueda mejorar sus condiciones de vida. Aunque poco puede saber de la verdadera historia de su país, adoctrinado desde el siglo XIX en los mitos y leyendas románticos que desde entonces han ocupado el lugar de aquella disciplina intelectual, se huele que los problemas de Cuba y de los cubanos son más profundos y anteriores al “daño antropológico” provocado por el castrismo. Al repasar su propia vida, y las de sus conocidos más concretos, cree incluso descubrir que “los cubanos en solitario echamos palante en cualquier parte, el problema llega cuando nos juntamos varios cubanos, entonces en la juntamenta es que se nos sale todo lo malo”.

En todo caso, se dice, otros quizás saldrán beneficiados con un nuevo proyecto nacional, sobre todo los exiliados, pero no él, y por tanto “no va a hacer patria para nadie”. Lo más aconsejable, por si lo bueno sucede, lo que nos conviene, es esperarlo tranquilo allá afuera, para formar parte después de la gente con todas las barajas en la mano para triunfar, “cuando la tortilla se vire”. Sobre todo para no tomar los riesgos para la vida que de necesidad traería aparejado cualquier cambio violento.

Para los cubanos isleños lo nacional se ha vuelto un sinónimo de sacrificios, tras 62 años en que tanto el discurso oficial como la realidad le han impuesto esa relación, y, tampoco nos engañemos, tras unas experiencias de vida independiente previas a 1959 en que si algo predominó entre los cubanos de a pie fueron las desilusiones con esa independencia política. En consecuencia es muy poco probable que un individuo cuya vida haya transcurrido entre sacrificios desconocidos para la mayoría de los occidentales, al menos para la mayoría de los occidentales a partir de 1945, nada menos que en nombre del nacionalismo, vaya a buscar en él la solución a sus problemas nacionales.

En sí, el castrismo debe ser interpretado como un régimen político que intentó llegar a las cotas de independencia política que la Isla nunca tuvo antes de 1959, en esencia por una conjunción de razones materiales y por su devenir histórico. Cuba, en primer lugar, carece de la extensión, geográfica o poblacional, o de los recursos físicos, como para poder alcanzar incluso los niveles más bajos de autarquía económica. Por otra parte, por su evolución histórica, surgió y se desarrollo como una dependencia europea, integrada por completo en la naciente economía global, como suministradora de unos pocos productos semielaborados. Esta obligatoria dependencia económica de otras economías necesariamente ha condicionado el grado de independencia política a que puede aspira el archipiélago cubano, y viceversa, cualquier intento de llevar demasiado lejos la independencia política amenaza las posibilidades económicas de la nación.

El castrismo en definitiva ha funcionado como un experimento, en el cual el nacionalismo cubano ha sido llevado a esos límites absolutos a los que siempre deseo atreverse. Un experimento que le ha dejado a las grandes mayorías, más que la idea diferenciada –los cubanos no solemos llegar a las ideas diferenciadas, en todo caso se las copiamos a algún académico extranjero-, el presentimiento de que el nacionalismo cubano, con su carga central de antiamericanismo, es algo inviable. A menos, claro, que se esté dispuesto a asumir el modo de vida numantino, plagado de sacrificios diarios, tan alabado por las élites castristas, o en general por todos aquellos “amigos de la Revolución Cubana” que no deberán asumirlo nunca.

Para el cubano isleño, la solución definitiva a los males de Cuba es la anexión a Estados Unidos. Pero como aquí en la Isla impera un régimen ultra nacionalista, el cual considera que la sola propuesta anexionista es el más abominable de los crímenes, y como además ese régimen ha convertido a ese cubano isleño en un individualista, este opta simplemente por “anexarse” él y su familia, al emigrar. Que a los tres meses ese “anexado por cuenta propia” reincida en el nacionalismo, y llore mientras se atraganta con arroz, frijoles negros y yuca con mojo, o niegue todo su apoyo a cualquier propuesta anexionista, solo habla de la nostalgia natural a cualquier desarraigado. Además de esa tendencia al nacionalismo, incrustada en el subconsciente de un grupo nacional como el cubano, aparecido nada menos que en la Era Romántica, o de los Nacionalismos.

Por cierto, el que recientemente una considerable parte del exilio haya pedido con tanto denuedo la intervención militar, solo demuestra que por más nacionalistas de frijoles negros y yuca con mojo que se clamen, en el fondo ellos también son conscientes de que la anexionista es la única solución realista y definitiva a un problema que arrastramos desde la década de los ochenta del siglo diecinueve: el que desde entonces hayamos estado subordinados a poderes políticos demasiado celosos de esos mismos poderes —primero Madrid, luego los nacionalistas de La Habana-, mientras a la vez no éramos, ni podíamos ser, más que un complemento de la gran economía a la vista casi de nuestras costas.

Por tanto, la verdadera posición del cubano isleño, al que le importa algo más en la vida que el “ir tirando”, es la anexionista. Un anexionismo muy individualista, dadas las pocas posibilidades de realización como proyecto nacional que el cubano isleño ve en ese ideal, y que se manifiesta en el deseo de emigrar a Estados Unidos. Esta posición “antinacional” lo enfrenta naturalmente a la sobredimensionada clase política castrista, con ese ultra nacionalismo suyo, en que encuentra justificación a sus privilegios y a su estatus; pero también, aunque en menor medida, al nacionalismo nostálgico del exiliado.

Son las estructuras mentales anquilosadas, provenientes de circunstancias pasadas, en que quizás funcionaron y servían para algo, quienes nos impiden ver con claridad la solución a nuestros problemas concretos del presente. Mientras los cubanos, isleños o exiliados, que sacamos poco o nada del actual régimen, heredero de la solución nacionalista asumida por nuestros ancestros en el pasado, no nos decidamos a romper con la misma, seguiremos en las mismas, y no habrá un verdadero punto de contacto entre los dos grupos de cubanos dejados a un lado por la clase política entronizada sobre el país.

El nacionalismo fue la única solución abierta ante los cubanos de 1898, frente a la realidad de un Estados Unidos que era entonces una nación étnica, que nos despreciaba por nuestros orígenes étnicos, culturales y religiosos diferentes. Entonces, la única relación a que habríamos podido aspirar dentro de la órbita de Washington fue la impuesta a Puerto Rico o Las Filipinas: la colonial. Sin embargo, Estados Unidos de enero de 2022 son muy diferentes a los de enero de 1899. De ser un país mayoritariamente “blanco”, y protestante, ha pasado a ser un país diverso, multirracial, en que la influencia cultural latina y católica es ya tan o más importante que el legado afroamericano. Ambas sociedades, la cubana y la americana, por su grado de mestizaje tanto racial como cultural, son en sí mismas adelantos de la futura sociedad global, y en ese sentido es totalmente natural que ambas se aproximen, y que la más pequeña busque integrarse en la hermana mayor.

¿Se quiere convencernos a los cubanos isleños de que nuestra destartalada Isla puede tener un futuro tras la caída del castrismo, en el que cada uno de nosotros estemos incluidos en el bando de los que algo han ganado? Pues la única manera es convencernos de la posibilidad real de que para ese entonces Cuba acceda a la Unión Americana como un estado más, con los mismos derechos que todos los demás. Solo esta posibilidad puede hacer que en el cálculo racional entre nuestra situación presente, y los riesgos de enfrentar al régimen, el resultado sea asumir estos últimos. Solo esa posibilidad de emigrar sin moverse del lugar de nacimiento, puede convencernos de abandonar la solución ganadora hasta ahora de “anexarnos” individualmente.

¿Que existen grandes obstáculos a esa solución del lado americano? Sin duda, pero no infranqueables, si los cubanos que no vivimos del mito nacionalista nos ponemos de acuerdo y empezamos a tirar desde varios lugares ideológicos para acercar definitivamente a nuestros dos países.

Mientras en el exilio no admitan esta realidad, los exiliados siempre encontrarán cubanos isleños dispuestos a hacer oposición a la manera que encuentran a bien los exiliados. Pero en gran medida, o casi por completo, para sacar lo necesario para “ir tirando”, o para reunir los méritos o las relaciones que nos permitan emigrar.


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