Actualizado: 26/11/2020 16:04
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Las cabalgadas de Alfredo Guevara

No es la primera vez que Guevara incursiona con tono crítico en el constipado escenario intelectual cubano

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La Iglesia católica, aprovechando la permisividad gubernamental, y sus magníficas instalaciones en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, convocó a una conferencia titulada “Los desafíos actuales de la nación cubana” a cargo de Alfredo Guevara. Según algunas reseñas, asistieron figuras de la disidencia, además de importantes personalidades del mundo académico cubano.

Todo esto es muy bueno. Lo es que se debata el tema entre personas de ópticas y filiaciones diferentes. Y que, además, para esto se aproveche a un personaje como Alfredo Guevara (AG), cuya sensibilidad intelectual inevitablemente le empuja a una conceptualización más elaborada y a un discurso más complejo que el que acostumbra la generalidad del funcionariado cubano.

Y porque Guevara, aunque no es un demócrata —es decir no aboga por un sistema político de esta naturaleza que le dé a la gente control sobre sus vidas cotidianas y los asuntos públicos— sí es un protoliberal, al menos diría que el borde liberal de la elite política cubana, y por eso aboga por libertades y derechos. Aunque con seguridad habrá muchos lectores que cuestionarán esta idea y mi apreciación favorable al orador, les invito a imaginar una conferencia sobre el mismo tema impartida por Machado Ventura o por Rolando Alfonso, para entender la diferencia que, con seguridad, todos los participantes agradecieron al Cardenal.

No es la primera vez que Guevara incursiona con tono crítico en el constipado escenario intelectual cubano. Lo ha hecho varias veces en los últimos dos años, y en particular recuerdo una charla en la facultad de periodismo hace año y medio que levantó tantas esperanzas como iras entre sus lectores. Y en la que el conferencista, más que responder a las preguntas acerca de situaciones concretas y calientes, navegaba con un discurso ambiguo y retórico (alguien le ha llamado cursilería barroca) en que no respondía casi nada pero permitía imaginar muchas cosas. Como también acaba de hacerlo desde el podio que el cardenal Ortega le prestó, y que a su vez Raúl Castro obsequió al Cardenal en su trabajosa tarea de conseguir aliados creíbles.

Y creo que es así porque AG, a sus 86 años, arrastra consigo la sutil sensibilidad de un intelectual con una larga estancia fuera de país —París, que siempre bien vale una misa— pero que al mismo tiempo ha sido parte de las decisiones más controversiales, como ha dicho él mismo, como un militante “que nunca se ha bajado del caballo”.

Ciertamente no cabalgó del peor lado. Aprovechando su condición de intocable —por su cultivada amistad personal con Fidel y Raúl Castro— defendió con éxito ciertos espacios culturales, e incluso cobijó a algunos funcionarios letrados en desgracia. Pero siempre sin bajarse del caballo, es decir sin producir una crítica sustantiva a la realidad autoritaria y represiva prevaleciente. Y esto último tiene graves implicaciones en la Cuba contemporánea donde se han producido severas restricciones a la libertad y a los derechos de las personas, encarcelamientos, fusilamientos, destierros, golpeaduras y vejámenes a opositores, entre otras acciones que hacen del cabalgamiento ad infinitum una acción muy cara éticamente.

Guevara sintetiza en sí mismo el límite que en estos temas tiene la clase política cubana.

En su última charla, Guevara recurre a un viejo artificio discursivo que se usa en Cuba cuando se quiere lucir osado sin llegar realmente a serlo: lanza la culpa de todos los problemas a un nivel medio del funcionariado, que identifica como burocracia. Que no es el poder, ni el Estado, afirma, pero que es la culpable de todos los problemas nacionales. Y que será barrida por la “dirección revolucionaria” —obviamente donde él se encuentra— en una transición (había dicho antes) desde “el desastre a la estupidez”.

Trato de dar coherencia empírica al acertijo de Alfredo Guevara e imagino que la culpa de la pésima alimentación de los cubanos la tienen los funcionarios de la OFICODA; que la agricultura improductiva es debido a la incapacidad de las agencias provinciales del MINAGRI; que la situación migratoria que convierte en desterrados a más de un millón de cubanos y en confinados a los restantes es responsabilidad de los funcionarios de 22 y 3ª; que la represión a los opositores se debe a las malas entrañas de los policías; que el unipartidismo mediocre es producto de la vocación autoritaria de los secretarios municipales; que la situación calamitosa de La Habana es culpa del Poder Popular provincial; y que la mala prensa es culpa de los periodistas que en lugar de seguir a Fidel con su batalla de ideas (y aquí lo cito de otra conferencia reciente) tomaron el camino de “la batalla de la sistemática estupidización de la población cubana”.

Y por supuesto que debo también imaginarme cómo es posible que los mismos chicos que trabajaron arduamente en el desastre durante cinco décadas —con todos los subsidios imaginables, y esos sí que con el poder y el Estado— van a lograr ahora cambiar la situación, con muy poco tiempo disponible y enfrentando un estado de ánimo social que el propio Guevara anuncia marcado por el desencanto.

Es difícil poder imaginar todo eso, pero Guevara no rinde nunca las armas de la elocuencia Y por eso propone como solución nada más y nada menos que una “alfabetización de la conciencia” para despertar a las masas “estupidizadas” por los periodistas. Aboga, con una arrogancia descomunal, por “…una catedral y una liturgia tremendas que (movilicen) las conciencias…” en la que “…hay que estar dispuesto a jugársela… porque los dóciles difícil que puedan ser revolucionarios de verdad”. Es decir, que Guevara se permite la licencia política de conminar a la gente común a no ser dócil, aun cuando no serlo ha implicado para muchos cubanos y cubanas sufrimientos, presiones, destierros, agresiones y castigos; de todos los cuales ha tenido que ser cómplice una persona que, como Guevara ha cabalgado por cinco décadas de manera ininterrumpida sobre el lomo del corcel “revolucionario”.

Y es que para el conferencista —que reitero, es de lo más ilustrado que podemos encontrar en la élite cubana— la “alfabetización de las conciencias” debe hacerse sobre el telón de la igualdad chabacana, de una sociedad sin diferencias, sin colores ni sexos (todos mestizos, dice) donde lo importante es: “…la ética, la persona, su comportamiento en la sociedad, y sobre todo ante sí mismo”.

Y obviamente, agrego yo, donde los valores que consagran la ética y el comportamiento aceptable, son definidos por los que por cinco décadas ha sido los compañeros de equitación de Alfredo Guevara.


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