Actualizado: 17/09/2019 11:46
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Ganado, García, Economía

Las Carnes del Canel (II)

¿Por qué aparecería el comandante Guillermo García en televisión haciendo semejante papelazo?

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En el degolladero nuestra carne se empareja
con la de las reses, sirve de alimento al hombre
y resuelve un problema de subsistencia.
La carne de René. Virgilio Pinera.

Parece que el “trauma” de los cubanos con la “carne” no comenzó con el castrismo. Precisamente el autor del exergo en Aire Frío —obra teatral emblemática del teatro cubano—, hace exclamar al personaje de Luz Marina en el culmen de su frustración y pobreza “¡qué ganas tengo de comer carne con papas!” Algún importante crítico ha dicho que esa es la expresión más dramática pronunciada en el teatro cubano de todos los tiempos. La “fibra” siempre ha sido, ciertamente, cara en todos los sentidos para los que habitan la Isla.

El castrismo no ha hecho otra cosa que llevar la “carne” a objeto de culto, de lujo. Y de chanza. Son incontables los chistes, humor negro incluido, sobre la carne de res que a lo largo de sesenta años han recorrido las calles y las apenas existentes carnicerías cubanas —deberían llamarse pollerías o pescaderías. Como sabemos, no hay nada más serio que un chiste; lo que hace reír es la verdad que esconde y sorprende.

El “problema de la carne” hubiera pasado desapercibido si los habitantes de la Isla, como ciertas poblaciones africanas, latinoamericanas o asiáticas no hubieran conocido la carne bovina o no fuera esta parte esencial de su dieta. No es necesario recordar que en Cuba, desde la época colonial, el hato ganadero fue de los mejores y más extensos del Caribe. Según las estadísticas anteriores a 1959, había casi una cabeza de res por habitante. Nuestras madres y abuelas, dependiendo de sus posibilidades, sabían pedirle al carnicero el corte de carne deseado, de primera o de segunda, y si había “carne de perro” (SIC).

Pude decirse sin temor a equivocarse que las reses cubanas han sufrido tanto o más que los propios cubanos durante estos sesenta años. Los experimentos sobre el ganado han sido diversos y por poco, maniáticos. Es bueno que las nuevas generaciones sepan que hubo una chifladura llamada Pastoreo Voisan, y no porque fuera malo técnicamente, sino porque consumía una cantidad de recursos que era insostenible. También hubo un delirio llamado siembra de pangola; plantar la hierba en cualquier lugar donde hubiera un pedazo de tierra. Era un pasto resistente el calor, pero necesitaba buena fertilización, y hasta allí llegó. El colmo de la desmesura fue el F1: cruzar vacas y toros Holstein con la raza Cebú sin estudios previos y de forma masiva. ¿Qué será de la vaquería Niña Bonita?

De aquella época no-gloriosa de la ganadería quienes hoy peinamos canas recordamos el famoso toro Rosafé Signet, por el cual pagaron cifras astronómicas para complacer a quien en aquellos años llamaban el Inseminador en Jefe. Según sus siempre delirantes proyectos, la leche, el queso y el yogurt iban a inundar las bodegas. Para convencer a los niños de semejante futuro estaba la vaquita Matilda: “Matilda va, Matilda viene, y suspirando se detiene”.

Después no vimos más el anuncio de Matilda, ni se volvió a hablar de las “vacas enanas” que iban a vivir en los traspatios, ni de Voisan, y aún menos del semental Rosafé, débil tras miles de eyaculaciones forzadas y fallecido en dura faena orgásmica. Pero aun en una época donde fácilmente se podían comprar lácteos “liberados”, en las becas nos hacían renunciar a la “cuota de carne” de nuestra libreta de abastecimiento con el pretexto de que en las escuelas ofrecían carne de res fresca. Eso casi nunca sucedió. Daban “carne rusa” en conserva, enlatada —por cierto, se vende hoy en Miami bien cara.

No se volvió a hablar de reses hasta que apareció un prodigio llamado Ubre Blanca. Y esta vez no exprimieron los testículos del vacuno sino la ubre de quien según el Ordeñador en Jefe implantaría un récord mundial de producción de leche. Ubre Blanca era primera página en el Órgano Oficial todos los días. Sus heroicidades mamarias daban un mensaje explícito a los cubanos de a pie: en breve tendremos miles de ubres, no tan blancas quizás, que inundarán de leche, queso y yogurt los mercados. Pero de pronto la Vaca Madre tuvo que ser sacrificada —¿un tumor hipofisario la hacía tan productiva? Hoy tiene una escultura y fue momificada cual héroe revolucionario digno de reverencia.

Con el llamado Periodo Especial la “carne” fue sujeto de estudio y legislaciones severas. Se inventó el tristemente picadillo texturizado o extendido, que fue anunciado como una mezcla de soya y vacuno de primera. Como ya es habitual, terminó siendo toda soya, apenas carne, esta última de tercera o enésima calidad. Las personas hervían el “picadillo” para poder sacarle lo nauseabundo, porque ni los perros se lo querían comer. Desaparecieron los bueyes. Los campesinos encerraban las reses con candados. Pero los matarifes se las ingeniaban y la carne “ilegal” seguía apareciendo. De modo que el régimen decidió endurecer las leyes. Cuba puede ser el único país —tal vez la excepción sea la India— donde matar una vaca se paga con más años de cárcel que por homicidio.

A 28 años del inicio de aquellos tristes días, y a punto de reaparecer todos los sucedáneos de vacuno —carne de gato, de perro, de caballo, “bistec de toronja” y frazada de piso—, ha aparecido en televisión el comandante de la Revolución Guillermo García Frías explicando las bondades proteicas de la jutia, el avestruz y el cocodrilo. No es ni siquiera una burla por el personaje y por el mensaje.

La Revolución cubana y el extinto le deben la existencia, en una buena medida, a Guillermo García. Conocedor él y su familia de la Sierra Maestra, y con la confianza del ejercito batistiano en la zona, fue quien llevó a lugar seguro al finado máximo líder, y contactó otros expedicionarios del yate Granma tras el desastre de Alegría de Pio. Guillermo es uno de los “intocables” del régimen, entre otras cosas, además de su fidelidad, por haber mantenido bajo perfil mediático. Como director de la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y Fauna, ha tenido luz verde para criar y pelear gallos —actividad prohibida en Cuba—, proteger los cotos privados de caza y lograr equinos de alto valor en el mercado.

¿Por qué aparecería el comandante Guillermo García en televisión haciendo semejante papelazo? Quienes lo conocen bien saben que, más allá de la reglamentaria corruptela de todos esos jerarcas —a más poder, mayor descomposición—, no es hombre de mentiras, de enredos y pirotecnias. Nadie como él sabe que la jutia conga, cubana, es una especie protegida, del mismo modo que lo es el cocodrilo cubano, un tipo de reptil del cual solo quedan ejemplares en el sur de Cuba y Florida. Por último, los avestruces. Esas sí “no son cubanas”. Es cierto que hay un aumento del consumo mundial de su carne. Pero la cría en granjas demanda gran dedicación y recursos.

La única explicación plausible a este último chiste tenebroso del castrismo es que la inmoralidad ha tocado fondo; ya no hay quien se pare frente a las cámaras de televisión para hacer el mismo cuento. Han traído a un hombre que pronto será centenario para que convenza al pueblo de un luminoso futuro proteico. Sin quererlo quizás, Guillermo anuncia lo que viene: el final en Cuba, por decreto, de los vacunos, y el inicio del Periodo Especial II, en la carne de especies en peligro de extinción, incluyendo la propia.


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