Actualizado: 01/04/2020 15:47
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Represión

Las Damas de Blanco: Razones para un premio

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Las Damas de Blanco no eran aún las peregrinas del amor y la justicia. Muchas no se conocían entre sí. Ninguna aspiraba a la fama o a un premio internacional, y menos a uno con el prestigio del Andrei Sajarov. Bastaba la intimidad. Amar y ser amadas. Sobrevivir en un territorio de sigilo, donde la verdad es subversiva y el coraje es sospechoso. Sabían que la intolerancia asechaba. Mas ignoraban la inminencia del peligro.

Nunca olvidarán la primavera del 2003. Miembros de la policía política cubana irrumpieron en sus viviendas. Registraron con fervor cada aposento. Se incautaron de bienes. Arrestaron e incomunicaron a sus hijos o esposos, a sus padres o hermanos.

A las dos semanas se celebraron una treintena de juicios sumarísimos. En unas horas dictaron 75 sentencias de entre 6 y 28 años de privación de libertad. Después trasladaron a los prisioneros a cárceles distantes, a cientos de kilómetros de cada hogar, en un país donde el transporte agoniza. Era sólo el principio.

El latir del mundo

Desde el génesis de aquellas jornadas de espanto obró un milagro humano. El 20 de marzo de 2003, a 48 horas de las primeras detenciones, Reporteros Sin Fronteras, la Sociedad Interamericana de Prensa, el Comité de Protección a los Periodistas, 43 parlamentarios suecos de siete partidos, el gobierno de Estados Unidos y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, condenaron aquel ímpetu represivo. Al día siguiente, Human Rights Watch exigió la libertad de los arrestados.

La Unión Europea y su Parlamento, el gobierno de Canadá, la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y el Vaticano se unieron al clamor justiciero, seguido por varias naciones latinoamericanas.

Las madres, esposas, hijas, hermanas y otros familiares de los 75 encarcelados, se enteraban de la reacción solidaria por las emisoras de radio extranjeras. Se llamaban unas a otras para comentar las últimas novedades. Reforzaban la fe en su empeño de amor. En las visitas semanales de 10 minutos —en el período de instrucción— y ante la presencia de un oficial de la Seguridad del Estado, actualizaban a sus familiares en los abrazos de llegada y despedida. Transmitían susurros informativos de boca a oído. Eran noticieros breves, alentadores y clandestinos.

Cientos de intelectuales de numerosos países —incluidos Premios Nobel— firmaron los documentos Carta Abierta Contra la Intolerancia y Campaña por la Paz y la Democracia. El Comité sobre la Libertad Académica y Derechos Humanos de la Asociación de Estudios Latinoamericanos —que reúne a cinco mil profesionales— se unió a la gesta.

En Cuba, los líderes de la sociedad civil que no habían sido arrestados, pero que podían serlo en cualquier instante, se impusieron a las circunstancias y denunciaron los desmanes del gobierno contra sus compañeros presos.

Los exiliados cubanos organizaron manifestaciones en Madrid, Sao Paulo, San José, Nueva York, Miami, Washington, Berlín y Estocolmo.

Había transcurrido sólo un mes desde el comienzo de la represión. Lo expuesto es la punta del Everest de un Himalaya solidario.

En el verano de 2003, Amnistía Internacional declaró a los 75 prisioneros de conciencia. Las campañas no han cesado nunca. En agosto de 2005 cerca de cien mujeres de 14 países se reunieron en Buenos Aires y, entre otras demandas, pidieron a los países democráticos que abrieran sus embajadas en La Habana a las Damas de Blanco.

Durante los actos paralelos a la XV Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de Gobierno, diputados de varias naciones, y amplios sectores de la diáspora criolla, exigieron la democratización de la Isla, la liberación de los más de 300 presos políticos cubanos y manifestaron su apoyo a las Damas de Blanco. Mientras, lo mismo ocurría en Estonia. La demanda es la misma de Mar del Plata al Báltico. Parafraseando el título de una novela: el mundo es ancho, no ajeno.


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