Actualizado: 21/11/2019 17:15
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Historia, Independencia, EEUU

Las memorias de Josephine Thompson del Risco

Una norteamericana en la Guerra de Independencia de Cuba

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El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes, un hacendado cubano, les dio la libertad a sus esclavos y se alzó contra el régimen colonial. Así comenzó la Guerra de Independencia de Cuba, una guerra que duró diez años, en la cual los cubanos tuvieron que luchar contra uno de los ejércitos más poderosos que cruzó el Atlántico antes de la Segunda Guerra Mundial.

En esta guerra desigual y cruenta, muchos murieron en combate, fueron asesinados y cientos de familias tuvieron que abandonar sus hogares y huir a Estados Unidos, convirtiéndose New York en la ciudad de los exiliados cubanos. A allí, en 1870, llegó la familia de Don Justo del Risco, después de pasar por una de las odiseas más increíbles y menos conocidas en la historia de Cuba.

En 1852, Josephine y Don Justo, un médico de Camagüey, contrajeron matrimonio, y poco después se fueron a residir a la Isla donde Don Justo tenía un ingenio de caña de azúcar. En 1868, sin embargo, al estallar la guerra, el doctor fue acusado de simpatizar con los independentistas, y tras un breve tiempo que pasó en la cárcel, tuvo que huir con su esposa y sus tres hijos al monte. Allí permanecieron los cuatro escondidos casi tres años.

La historia la cuenta su esposa, Josephine Thompson del Risco en un cuaderno inédito que encontramos en la biblioteca de Medicina de la Universidad de Harvard. En estas memorias, Josephine narra las constantes huidas de un lugar a otro de la manigua, la hambruna que pasaron, la muerte de una de sus hijas recién nacida a causa de una enfermedad, y la solidaridad entre los cubanos simpatizantes de la causa revolucionaria, que a pesar de no tener nada, compartían lo que tenían con sus amigos.

También brinda un retrato personal de varios héroes de la independencia como el general Donato Mármol, y los generales Manuel de Quesada, Manuel Sanguily, y la familia de Ignacio Agramonte quienes se quedan con ellos durante un tiempo. Al ser norteamericana, además, Josephine hizo amistad con varios soldados norteamericanos que fueron a luchar a Cuba, entre ellos Henry Reeves (1850-1870), el inglesito, y el general Thomas Jordan (1819- 1895). Don Justo era quien curaba los heridos, y las familias prominentes de la insurrección de Camagüey. Al juzgar por la narración era un hombre muy conocido y en una ocasión le salvó un pie al general Julio Sanguily (1845-1906). El 4 de junio de 1870, Sanguily y quince hombres, habían atacado un regimiento español de 250 soldados, y en esa batalla había sido herido en la pierna izquierda por una bala. En sus memorias Josephine cuenta como Don Justo se la curó:

el Dr. tenía que ir y visitar a los enfermos y heridos, por lo que se desenterró el maletín. Entre los heridos estaba uno de los hijos más valientes de Cuba, el General Sanguily. Aunque era cojo de nacimiento, siempre estaba en primera línea de batalla y siempre daba muestras de su coraje y valor. Pero ahora, le habían herido en el pie y varios cirujanos que lo vieron pensaban que se le debería amputar. Sin embargo, mi esposo pensó que era posible salvárselo. Se quedó a vivir en el mismo rancho que su paciente, se puso a trabajar para curar el pie lastimado, y tuvo su recompensa, no sin pasar por numerosas complicaciones, cuando vio que el pie estaba completamente sano.

Nótese que antes de utilizar sus instrumentos de cirugía, Don Justo tuvo que «desenterrarlos» porque vivían con tanto temor de ser sorprendidos por los españoles, que ocultaban lo poco que tenían, y que podía comprometerlos. Estas y otras historia que cuenta en sus memorias, muestra los sacrificios a los que tuvieron que enfrentarse las comunidades de refugiados que vivían en la manigua, lo que comían, lo que vestían, y lo que pensaban. Nos da un retrato personal de la historia de Cuba, desgarrador, íntimo, y profundamente patriótico, de las familias de la clase alta camagüeyana que tuvieron que abandonar sus propiedades, les dieron la libertad a sus esclavos y escaparon al monte.

Después de casi tres años escondidos en lo más profundo del bosque, la familia Del Risco no tiene otra opción que entregarse para salvar sus vidas. El momento en que se presentan a las autoridades españolas es uno de los más emotivos de la narración. Regresan a Puerto Príncipe con las ropas raídas, hambrientos y derrotados. Encuentran una ciudad llena de soldados y fondas. Todos sus bienes han sido confiscados, incluso los libros de Medicina del doctor, por lo cual no tienen otro remedio que emigrar.

Ningún otro testimonio de la guerra de los Diez Años —y solamente hay otro más escrito por una mujer, Eva Adán de Rodríguez, en 1935— es tan detallado, íntimo y personal. No fue escrito para publicar, sino para que sus hijos lo leyeran cuando fueran grandes y supieran los trabajos por los que tuvieron que pasar durante la guerra.

Después del Pacto del Zanjón, Don Justo regresó a su querida ciudad de Puerto Príncipe donde murió a la edad de 62 años en 1891. Josephine morirá dos años después en Nueva York. El obituario de Don Justo, publicado en esta ciudad, dice que llegó a Estados Unidos a la edad de 13 años, y después de graduarse en el Colegio de Médicos y Cirujanos de Nueva York, pasó seis años en los principales hospitales de París, después de lo cual regresó a Estados Unidos y se casó con Josephine, hija del Honorable William. A Thompson. El mismo obituario afirma que don Justo era muy querido en Puerto Príncipe y su funeral fue el más grande y notable que alguna vez tuvo lugar en esta ciudad. 130 años después de terminar de escribir sus memorias, la editorial Stockcero las publica en inglés y español.[1]


[1] Para más detalles sobre la historia de Josephine T. del Risco y sus memorias de la guerra, véase mi libro Dos norteamericanas en la Guerra de Cuba (1868-1878). Josephine T. del Risco y Eliza Waring de Luáces (Stockcero, 2019).


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