Actualizado: 18/07/2019 14:23
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Represión, Opositores, Emigración

Las restricciones migratorias y la ola represiva

Por décadas, en Cuba los inconformes optaban por emigrar antes que por intentar cambiar la situación del país, pero ello ha cambiado en estos momentos

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Hay a quien parece tomarlo por sorpresa la nueva ola represiva, y sobre todo el cambio del patrón de la misma. Se las achaca a la muerte de Fidel Castro, ya que sin el carisma y la legitimidad que aún para un sector importante de la población isleña conservaba el Comandante, las autoridades se descubren de repente desvalidas, sin otro recurso para aferrarse al poder que la violencia monda y lironda, y también a la efectividad de la oposición, la cual habría aumentado tanto que en correspondencia obligó al régimen a cambiar también la magnitud y las formas de la represión. Ambos factores ciertamente han sido determinantes, pero es más bien en las recientes restricciones inmigratorias dictadas por el expresidente Barack Obama que se descubre la causa última de esa ola y ese cambio de patrón.

Por décadas, en Cuba los inconformes optaban por emigrar antes que por intentar cambiar la situación del país. De un lado un eficientísimo sistema de vigilancia y represión, que se había hecho de una sólida leyenda negra a inicios de los sesentas, y del otro las facilidades para resultar admitido en EEUU, el destino soñado de todo inmigrante en este planeta, facilidades que se les concedían indistintamente a cualquiera que arribara a las costas, o fronteras de aquel país, determinaban la dirección que en casi todos los casos tomaría la voluntad del inconforme: emigrar. Hacerlo era una posibilidad bastante real y mucho menos peligrosa, a pesar de los tiburones del Estrecho o de las mafias de Centroamérica, que enfrentarse al Estado castrista, por lo que lo más recomendable consistía en esconder la inconformidad para obtener a cambio de las autoridades la suficiente cuota de vista gorda que permitiera allegar los recursos del viaje. Actividad que exigía bastante miopía estatal, ya que, si incluso para simplemente sobrevivir un número considerable de cubanos debemos entrar a cada instante en ese amplísimo y ambiguo espacio que es lo “ilegal” en la Cuba de los Castro, el reunir los siempre considerables recursos del viaje implicaban mudarse a tiempo completo para allí.

No obstante, los daños que a la causa de los cambios provocaban las referidas facilidades iban mucho más allá del condicionamiento de la voluntad del inconforme abierto. Para la mayoría, aunque sin intenciones inmediatas y en todo caso nebulosas de largarse, las facilidades funcionaban como una esperanza que permitían sobrellevar en silencio las dificultades. Un recurso que los ayudaba a no sentirse encerrados aquí adentro, a tener la ilusión de que su estado presente no era en definitiva irremediable y que siempre podrían escapar ante las agobiantes dificultades cotidianas. Las cuales, a una población educada como la cubana, se le presentan a cada instante y aun por la más ridícula nimiedad con una agudeza que difícilmente algún subsahariano, por más desesperada que sea su situación, haya sentido nunca (no hay pobreza más insoportable que la del hombre educado).

Todo eso, planes, ilusiones, se han largado definitivamente ahora por el tragante. Por primera vez desde el comienzo del Periodo Especial los cubanos nos vemos sin ninguna esperanza, atrapados en una isla que, aunque no ha podido ser hundida por sus gobernantes, a resultas de su naturaleza de corcho, evidentemente no va a ninguna parte más que a lo mismo, algo que a los de abajo nos es absolutamente intolerable ya. Y es precisamente a intentar contrarrestar ciertas actitudes que ese peligroso estado mental genera que se dirige la actual ola represiva, en su aumento y en sus nuevas formas.

Porque evidentemente sin aquel encantador de serpientes llamado Fidel Castro, y tampoco sin esperanzas de largarse bastante lejos, lo natural será que los cubanos comencemos a exigir cada vez mayores espacios de participación, y de poder de decisión real sobre el futuro de un país empantanado en que ahora nos sentimos atrapados de manera irremediable. Algo intolerable para la estrecha mentalidad de guapo de barrio rural de gentes como Raúl Castro, para quienes las concesiones aconsejables en un caso semejante son solo muestras de debilidad suya, que pa’ argo me subi pa’ laj lomaj a tiral tiroj, coño. Es por ello que más que una nueva Ley Electoral, o incluso un nueva Constitución, la respuesta de gente semejantes no puede, ni nunca será otra, que soltarle cada vez más la mano a sus perros de presa.

En específico esta primera etapa de la represión, todavía en pañales, por cierto, va dirigida a tratar de condicionar en la mentalidad de los jóvenes como de muy peligroso el unirse a los grupos opositores más activos. Grupos hacia los que en estos primeros días muchos que se quedaron con los maletines preparados miran como una vía alternativa de mantener sus planes, arriesgándose así para intentar obtener una visa de refugiado. Es a detener esa posible corrida que va destinada esta ola que si se observa bien se dirige sobre todo contra los movimientos de mayor eficiencia proselitista entre los jóvenes. Una corrida peligrosa para el régimen, porque de oponerse para largarse a hacerlo para cambiar no hay en realidad más que un paso, y por otra parte la misma podría convertir a esos movimientos en tan inmanejables que provoquen entonces sí una avalancha de quienes no se integran por ahora debido al miedo, y que en la seguridad de los grandes números es casi seguro se animaran por fin.

Mas como lo principal ya no es que unos pocos se hayan quedado con los maletines preparados, sino que toda la nación se descubre de repente encerrada en un lugar sobre cuyo destino no tiene ningún poder real, y sobre el que ahora exigirá crecientes cuotas de participación, la represión a su vez no podrá más que escalar. ¿Hasta dónde? Eso solo depende de las autoridades del régimen, que son en un final quienes deberán responder ante la historia por lo que suceda en Cuba de hoy en adelante. Si la intransigencia sigue siendo su única respuesta posible no es muy descaminado prever que en futuro no muy lejano el régimen, ante un país que se les va de las manos, trate de revivir los alegres tiempos de los paredones, y hasta de que unos cuantos de nosotros terminemos cualquier día de estos con la boca llena de hormigas, en alguna de las escasas cunetas que van quedando en la república (mejor en un marabuzal, que ya son más abundantes). Pero, sobre todo, y dado que en el fondo los cubanos no tenemos mucho de común con Gandhi o Luther King, que nos encontremos en los prolegómenos de una guerra civil. ¡Sola vaya, pa’ allá, pa’ allá!


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