Actualizado: 14/12/2018 10:51
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Cantautores, Intelectuales, Canciones

Loas para dirigentes y sones para turistas

A esos compositores nuestros, que tan ávidos se mostraron en cantarle a Fidel, a Raúl… ¿Y a Díaz-Canel, por cierto, para cuándo?

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Aunque sin absolutizarlo, hay sin dudas mucho de verdad en la idea de Marx de que el hombre piensa de acuerdo a cómo obtiene lo necesario para conservarse vivo, y en general en correspondencia a la perspectiva que le da su singular lugar en este mundo.

Ello es proporcionalmente más o menos cierto en dependencia de lo consciente o no que el individuo sea de su circunstancia. Sin dejar de reconocer, por supuesto, que en un final nadie, ni el mayor de los genios, es capaz de elevarse al esotérico lugar de la razón pura: ese desde el que se piensa a sí mismo sin interferencias de ningún tipo por parte de sus condiciones de vida, o de su lugar en el esquema de producción y consumo de su sociedad.

Por lo tanto, para todos, en mayor o solo en un poco de menor medida, se cumple el aserto de que pensamos en dependencia de cómo vivimos. El señor tenderá a pensar como señor, el campesino, como campesino, el déclassé como déclassé… y así, todos por igual[i]. Porque incluso cuando como en el caso del intelectual se trasciende lo que normalmente, en la sociedad en cuestión, se piensa desde una determinada circunstancia, esta circunstancia sigue obstinadamente presente, de manera obvia, en el estilo, en el color de esa respuesta desacostumbrada. Así, en Marx sigue presente el descendiente de judíos conversos de clase media, o el alemán residente en Inglaterra; como también en cualquier pensador de esa época el romanticismo es el marco a través del cual se mira al mundo, o con el cual se rompe, si es que es uno de esos adelantados de su tiempo que ya anuncian la llegada de nuevos aires.

Cuba, en 1958, era en bastante medida un país de desempleados, subempleados, o empleados a tiempo parcial. En este sentido resulta evidente la influencia que ese alto nivel de precariedad laboral tuvo en el rápido establecimiento del autoritarismo estatal castrista, y sobre todo en su posterior y extraordinaria capacidad para aferrarse al poder, a través de la particular mentalidad que esa precariedad estampó en el cubano: Este, amenazado en lo que percibía como una interinidad laboral permanente, recibió con explicable júbilo el programa y la práctica castrista de más que promover, imponer el pleno empleo.

Su apoyo a un régimen como el de Fidel Castro, evidentemente personalista desde casi sus mismos inicios, se explica en las Reformas Agraria y Urbana, pero sobre todo en el alivio que significó la voluntarista decisión de asegurarle a todo cubano un empleo estatal, y sobre todo un salario, cual supuesta solución a la precariedad de entradas para el sustento personal y familiar, aun cuando todavía no se hubiesen superado las dificultades estructurales de la economía prerrevolucionaria (que, por cierto, nunca se superaron).

Mas semejante remedio estatal al empleo parcial, el subempleo y el desempleo propiamente dicho, en combinación con la idea general, de firmes raíces en el último medio siglo de Colonia, de que el estado era por sobre todo un recurso para asegurarle un sustento a aquellos no relacionados con la verdadera actividad productiva, un medio de mantener a la creciente clase media y nunca un productor o prestador de servicios en sí mismo, explican a su vez la catastrófica caída de la productividad laboral que trajo consigo la última Revolución cubana.

Y es que la Revolución de Fidel Castro en realidad vino a cumplir con las aspiraciones de la mayoría de las familias cubanas durante el periodo republicano: colocar a sus hijos en una “botella” oficial, uno de esos empleos en la burocracia por los que solo había que pasar el viernes… a cobrar.

La Revolución por lo tanto no creó en esencia una sociedad de proletarios marxistas, ni tan siquiera de campesinos maoístas, sino que realizó el ideal republicano de una sociedad de “botelleros”. Si se parte de esta realidad, y se comprende la circunstancia del botellero, su lugar en el proceso productivo (o más bien su ausencia), no hay más que admitir que la sociedad cubana no podía más que adoptar la estructura que tomó: Una especie de cruzada, como aquella inicial conocida por la “de los pobres”, en que al menos en el discurso oficial los asuntos de lo cotidiano, del asegurarse la vida, pasaron a un remoto segundo plano, mientras que lo épico, lo trascendente, ocupó el primero.

Son esos años homéricos de “Fusil contra fusil”, “La Era está pariendo un corazón”, “en cada cuadra un comité”, de “guerrillas que se diseminan como tábanos”, de ultimas mujeres y próximos combates, a lo Manuel Cofiño… pero de poco o ningún jorobar el lomo en la realidad, más allá de la labia mediante la cual se pretende que cada cubano es un héroe del trabajo.

Cabe aclarar que la botella ya no era individual, sino nacional, y no se pasaba a cobrar en algún ministerio, a la manera de los tiempos republicanos, sino que nos llegaba a todos, sin distingos, a través del rubloducto abierto las 24 del día y de la noche en la oficina de Fidel Castro. Un constante chorro de dinero y recursos que este había sabido gestionar entre octubre y diciembre de 1972, cuando amenazó con naturalizársele ruso a Brézhnev[ii], y con el cual rubloducto los hermanos soviéticos pagaban por el mantenimiento de un carísimo reducto antiamericano a la vista de las costas de EEUU.

En este sentido debe de analizarse el pretendido propósito de Fidel Castro de convertir a Cuba en una sociedad de productores, sobre todo en “un país de hombres de ciencia”. Propósito, que, si alguna vez fue real, resultó pronto malogrado por las características de la relación que el Comandante estableció con la sociedad cubana, ya que más que un facilitador inteligente de lo que en el pueblo cubano cupiera favorecerse, Fidel Castro se comportó como un dictador totalitario, alguien que con su actitud no es que limitaba la creatividad, sino que al final la mataba al convertirla en crimen de lesa patria.

Lo del país de hombres de ciencias sin lugar a dudas no pasó nunca más allá de la palabrería hueca de aquellos discursos interminables suyos. En realidad, el dictador totalitario necesitaba a sus cruzados botelleros, en la misma medida en que estos lo necesitaban a él. Solo un dictador férreo y total podría sostener el pleno empleo enchufista en pie, contra la realidad económica del país. Solo los botelleros podrían ser la base de apoyo social de una dictadura total que les quitaba todos los demás derechos a cambio de garantizarles el derecho a la pereza; solo unos súbditos semejantes podrían sostenerlo a él en el poder, nunca unos científicos que no tardarían en derribarlo de allí, tarde o temprano. Como muy bien pudo haber ocurrido a finales de los 80, cuando una generación de cubanos educados en una tradición tecno-científica pudo dárselas de hombres de criterio, y en sus entusiasmos por la glasnost y la cultura del cuestionamiento pretendieron democratizar y pasar a retiro al caudillo.

No es por tanto de extrañar que, a 60 años del triunfo de enero de 1959, con el establecimiento del castrismo, la realidad sea tan diferente de lo que entonces se propuso en teoría, a nivel de los discursos políticos del Comandante. Así, dejado a un lado el ideal de un país de productores con alto nivel científico-técnico, de científicos, desde los noventa la cúpula castrista no ha hecho más que moverse cada vez más y más en una dirección paradójica: la de rescatar los planes con que la tiranía batistiana intentó superar la crisis de estancamiento estructural que la economía cubana sufría desde 1926. Planes, no puede dejar de ser dicho aquí, denunciados con derroche de energía por dicha cúpula durante los primeros 30 años de su ejercicio del poder: Los de la promoción de Cuba más que como una sociedad de productores, como una economía de servicios turísticos, y por lo tanto como una sociedad de sirvientes.

Los marxistas en estado puro[iii] que por ahí quedan deberían dedicar un poco de su tiempo a aclarar la influencia que, sobre las sociedades occidentales presentes, ha tenido el que a diferencia de lo predicho por Marx estas no pasaran precisamente de ser sociedades mayoritariamente de campesinos, todavía en 1848, a convertirse en la actualidad en sociedades de obreros industriales, sino más bien de prestadores de servicios, de servidores. Porque es evidente que el tal desvío histórico ha tenido consecuencias determinantes para que el mundo en que vivimos no se parezca en nada al predicho por Marx: Ni el capitalismo ha seguido la evolución por el prevista, ni el socialismo ha sido alcanzado por vía revolucionaria dónde hoy existe (Noruega o Islandia). Por vía revolucionaria solo se han edificado unas sociedades que el propio Marx, de haber vivido, no habría dudado en calificar de actualizaciones de sus Formaciones Asiáticas (La URSS, Cuba, o China, son formaciones asiáticas 2.0, 3.0 o 4.0, respectivamente).

El trabajador empleado en los servicios, por sobre todo el empleado en los servicios al turista, piensa en correspondencia a su posición en el proceso productivo: Él es alguien que sirve, un sirviente, y nadie es mejor súbdito para un régimen autoritario -que es por demás el que en última instancia le consigue esa privilegiada colocación, porque en Cuba lo es- que este tipo de trabajador que con tanta avidez intenta ahora promover el poscastrismo (Canelato), en sustitución de los hombres de ciencia del castrismo heroico.

De hecho, toda la política de reconformación de la economía cubana presente da la impresión de tener muy en mente el mencionado aserto marxista: el hombre piensa como vive, y de querer emplearlo para la perpetuación del autoritarismo castrista (o sea, que en el fondo si es un régimen marxista, para congoja del propio Marx).

Porque definitivamente abandonado el pretendido intento de hacer avanzar a Cuba desde la Isla del Precariato que era antes de 1959, hacia una sociedad de productores, es reemplazado ahora por el cálculo egoísta de una élite que sin dudas sí conoce lo esencial del pensamiento de Marx. Una élite que se ha hecho consciente de ser tal, que en consecuencia no desea perder los incontables privilegios, económicos o de estatus, que trae esa posición de Machos Alfa de la Gran Manada Nacional, y que ha descubierto que el marxismo no solo sirve para predecir la llegada del socialismo, sino que bien usada, su idea central puede servir nada menos que para darle más firmes cimientos a esa sociedad estamentaria que es ahora el ideal real de la Cuba del Canelato. Una Cuba a semejanza de la Inglaterra del siglo XIX, que sin dudas fue con el modelo con que soñaron los integrantes más conspicuos de la intelectualidad asociada a la sacaro-cafetalocracia habanera de 1830: una Cuba de mayordomos, mucamas, amas de llaves, cocineros, maleteros, choferes, lacayos, músicos, artistas y animadores musicales chicos o chicas dispuestas, muy dispuestas y dispuestos, al servicio del extranjero… y también de los Señores de la Isla, claro está.

Y es que como se ha dicho: Las ideas pueden servir lo mismo para el bien que para el mal. Ese último parece ser el destino que el núcleo duro del pensamiento de Marx ha tenido bajo el castrismo: Convertirse en una herramienta para el diseño de la sociedad a la medida de una clase explotadora. En una sociedad de aristócratas revolucionarios y sus sirvientes, a los que rodea un enorme Precariado.


[i] Fidel Castro, por ejemplo, como señor terrateniente, y por lo mismo su sistema de gobierno voluntarista; Guillermo García, como el campesino que aun es, y en consecuencia su fidelidad cazurra al caudillo de sus días.

[ii] Según se comentó entonces, tras casi dos meses en la URSS Fidel Castro amenazó con entrar en el PCUS. Ante lo cual Brézhnev, aterrorizado de que los siguientes pasos fueran acceder al Politburó, para finalmente disputarle el liderazgo, ordenó que le concedieran todo lo que pedía el “atamán barbudo aquel”. Que no había que olvidar que en cierta ocasión casi había matado a su antecesor, Jrushchov, de un escopetazo durante una cacería; por lo “mariquita” que decía era aquel.

[iii] La facultad de filosofía de la UCLV está llena de ellos. También hay algunos que han roto con esa tradición de pensamiento, desde una postura muy crítica, y sobre todo fructífera, al comprender que en un final el marxismo ha servido más para detener el progreso humano que para su estímulo, como es el caso ilustre de Jorge Jesús García Angulo. De quien le recomendamos de manera enfática Libertad y Enajenación, editorial Capiro, 2016, que no sé ahora, pero en tiempos de su anterior director, Jorge Luís Rodríguez, el Gago, podía adquirirse mediante un pedido a través de ecapiro@cenit.cult.cu
De hecho, un libro tan crítico como ése solo podía ser publicado por un editor semejante.


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