Actualizado: 16/09/2019 12:05
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Pioneros, Niños, Educación

Los cabezas topadas

A la vida escolar bien tabulada, en función de lograr el Hombre Nuevo, se agrega el modelaje del hogar fingidor, dividido, amoral

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Pensad como hombres de acción,
actuad como hombres pensantes.
Thomas Mann

La experiencia de control social para los niños cubanos sucede en la temprana infancia. A través de la Organización de Pioneros, cuya afiliación se dice voluntaria, aunque no recuerdo haber conocido un no-pionero, el régimen educa a los pequeños en la idea de que no hay otra alternativa política que no sea la comunista. Como si se tratara de la norteamericana Pledge of Allegiance, Promesa de Lealtad a Estados Unidos —es increíble como la envidia genera sucedáneos—, en todas las escuelas cubanas, después de izar la bandera, los niños gritan a coro con un saludo militar: ¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che! El recientemente fallecido cardenal Ortega solía decir que debería ser ¡Pioneros por Cuba, seremos como José Martí!

Así comienza la vida educativa de los niños desde hace medio siglo. En uno de esos ataques de curiosidad en el pasado, revisé página por página el libro de lectura de primer o segundo grado. Quise saber cuántas veces aparecía la imagen del Máximo Líder, su nombre, una referencia directa a la llamada Revolución, y cuantas estaba José Martí y la Guerra de Independencia. La proporción era de tres o cuatro a uno. Aun cuando mencionaban al mártir de Dos Ríos, era relacionado con el Difunto al estilo de un anuncio profético: Martí lo prometió y el Otro lo cumplió. Frases que de tanto repetirse parecen revelaciones sagradas, inapelables: el Apóstol es el autor intelectual del Moncada; ellos —los demócratas decimonónicos— hubieran sido como “nosotros” —los comunistas.

Otra práctica limitante del pensamiento son las llamadas elecciones. También desde muy temprano, los niños deben aprender a no decidir. Alguien ya ha pensado por ellos. A los colectivos pioneriles llega la “propuesta”. Puede el proceso irse de las manos de los profesores, la Juventud y el Partido Comunista. Pero no es lo común. Casi siempre el candidato es “elegido” porque “los factores —léase actores mencionados— han decidido que fulano es quien reúne las mejores cualidades revolucionarias para el cargo”.

A la vida escolar bien tabulada, en función de lograr el Hombre Nuevo, se agrega el modelaje del hogar fingidor, dividido, amoral. Una cosa se habla en la mesa y otra fuera de casa. El niño aprende qué es el Comité de Defensa de la Revolución (CDR), suerte de panóptico extendido cada cien metros a través de toda la geografía insular. El niño saldrá a barrer la cuadra, participará en todas las actividades, moverá la caldosa y vestirá el uniforme y la pañoleta de pionero cada 28 de septiembre, y nunca, bajo ningún concepto, revelará qué se come en casa, de dónde sale. La razón es simple y los niños deben saberla por adelantado: cuando seas grande, si el tipo del CDR da una mala opinión de ti a quienes vengan averiguando, no tendrás un buen trabajo, ni carrera universitaria —La Universidad es para los revolucionarios— y mucho menos un cargo o una beca en el extranjero.

Cuando el niño quiera entretenerse descubrirá que solo hay canales de televisión y estaciones de radio cubanos. En el espacio radioeléctrico de la Isla no hay cupo para compañías españolas, argentinas, mexicanas y otras en español. Es el régimen quien decide qué enlatan, que producto consumirá la población. De modo que, aunque disfrute un animado capitalista, entre dólar y dólar, colaran un chavito, entre Piolín y Silvestre tendrá que ver por enésima vez a Elpidio Valdés, ahora amigo de los españoles.

Para “topar” el pensamiento de los adultos, además de la Mesa Redonda siempre cuadrada, está el Noticiero Nacional de Televisión. Los países enemigos de la Revolución tienen plagas, terremotos, niños durmiendo en la calle. Los amigos casi no tienen desgracias, aunque están acosados por el Imperialismo que, por cierto, vive una crisis final, está a punto de desmoronarse. Si no fuera por el bloqueo, Cuba fuera un país del Primer Mundo. ¿En qué quedamos compañeros? ¿Comerciar con un enemigo histórico y, además, arruinado?

Llegados a este punto, ¿es posible para la mayoría de los adultos cubanos, más del 80 % nacidos después de 1959, pensar out of the box —fuera de la caja—, más allá del punto “topado” por decreto? ¿Estarán aptas esas mentes para asumir el mundo real, el capitalismo con sus inseguridades, competencias, luchas por sobrevivir al desempleo, a la enfermedad sin cobertura médica? ¿Qué haría un compatriota si de pronto se ve con una tarjeta de crédito, doscientos canales de televisión por cable, la carne de res por la libre, y algún libro donde prueban que el extranjero por el cual prometía de niño lealtad al comunismo era, en realidad, un psicópata asesino?

Puede que el mapa cognitivo actual de muchos cubanos de la Isla no está listo para prescindir de la libreta de desabastecimiento, del CDR que vigila y al mismo tiempo que juega a la bolita, advierte sobre el nuevo Jefe de Sector; del médico de familia, a veces más familia que médico, quien firma días de reposo para facilitarle al vecino una pinchita particular. No está preparado, nuestro compatriota, para asumirse protagonista del futuro, y el día de la votación no salir a votar, o en la asamblea del barrio, proponer al más gusano de la cuadra, el único que dice las verdades. Han pasado muchas generaciones por ese carwash cerebral que es la sociedad totalitaria; el inmovilismo, la necesidad de vivir en la jaula, no solo es por comodidad, sino también y más que nada, por temor a lo desconocido.

Si tal sucede con la población en general, imaginemos por un momento los cerebros condicionados de quienes dirigen los destinos de Cuba hoy, hombres y mujeres entre los 40 y los 60 años, criados, alimentados en los Círculos Infantiles, las becas, el Servicio Militar, las misiones internacionalistas, el Comité de Base, el Núcleo del Partido y las interminables reuniones del Poder Popular. Los dirigentes hombres-nuevos insisten en el error porque no conocen ni podrían conocer otra cosa. A pesar de eso, algo les dice que van en un camino equivocado, que todo es más de lo mismo. Presienten que deben hacer otra música porque la actual es disonante, está fuera de tempo. Pero detrás tienen al Mala Vista Social Club, y nota a nota, deben tocar lo que está pautado en el viejo pentagrama.

¿Quién les dijo que limitar los precios ha salvado alguna economía en la historia moderna? ¿Quién los asesora en la esfera cultural, cada día menos cultura, más propaganda? ¿Cómo van a pedir inversiones extranjeras criticando el capitalismo cruel, y lo que es peor, sin pagar lo que deben? ¿Hasta cuándo la doble moneda, la doble vida y moral doble de quienes mandan? ¿Cuándo volverán a producir suficiente azúcar, café, cítricos, carne de res, un reglón exportable hace seis décadas? ¿Cuándo será la Habana otra vez el París del Caribe, y no una escenografía para cumplir onomásticos y capturar inversores clarividentes? ¿Cómo impedirán que las redes satelitales penetren la Cortina de Marabú —que ya no de bagazo— y desmientan en unos minutos las figuritas del libro de primaria, la oración matinal de lealtad comunista, las selecciones que no son elecciones?

Afortunadamente, lo único que no puede topar el régimen es el hambre y la libertad humana. Para desgracia de las mentes limitadas, el clima, la Internet y el tiempo obran en su contra. No es la cabeza de los yanquis la enferma; si lo estuviera, es su problema. Tampoco el cuerpo de la Isla, por muy famélico que parezca. Como en Las Cabezas Trocadas del Nobel Thomas Mann, al cuerpo insular le han adosado una cabeza que no le pertenece. El comunismo es una mente cerrada hasta lo inviable y lo invivible, y trae emaciación a cualquier cuerpo donde la colocan. A una cabeza así no le va bien un cuerpo tropical voluble e inconstante. Tarde o temprano, el cuerpo tendrá que separarse de la cabeza que lo aniquila si desea vivir mejores tiempos. Un trastoque en reversa, imprescindible y real maravilloso en el Mar de las Lentejas.


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