Actualizado: 22/05/2024 18:46
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Maltinga, Malta, Moringa

Los nombres del fracaso

Nada se ha vuelto a saber de la Maltinga. Si alguien tiene noticias frescas se agradece la información

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Fue noticia en octubre de 2012. Investigadores y estudiantes de la Universidad de Matanzas habían creado la Maltinga, una “bebida energética” hecha con moringa, la planta que Fidel Castro aún menciona a los mandatarios extranjeros, quienes ocasionalmente acuden a visitarlo en La Habana para esa especie de certificación “revolucionaria” que otorga la foto de ocasión.

Para hacer la bebida contaron con la ayuda del Fondo Canadá-Cuba para Iniciativas Locales, que otorgó una financiación de 21.000 dólares canadienses para su elaboración en “mayores volúmenes”. La cifra resulta más que ridícula de acuerdo a los estándares internacionales, pero sirvió al menos para dar la información en un periódico local.

La Maltinga nació en una instalación piloto del Departamento de Química e Ingeniería Química, donde los estudiantes hacían cerveza, malta y otros productos, durante prácticas de la asignatura Bioquímica, informó en su día el periódico matancero Girón.

En la nota se expresaba que la bebida estaba en fase experimental, aunque había sido presentada en un evento singular para hablar de ese tipo de productos: el Fórum de Piezas de Repuesto, en la Universidad de Matanzas (UMCC).

No estaba claro como aquello, que supuestamente era una malta, serviría también de “pieza de repuesto”, pero era de esperar al menos que se usara para “reponer” energías. En cualquier caso, el diario matancero se apuraba en señala que la bebida había sido “bien acogida por el grupo científico de esa institución”.

El coordinador y representante legal del proyecto, doctor Marcelo Marcet Sánchez, aclaraba que aquel mejunje, pócima o refresco —la clasificación final queda a manos de quienes lo hayan probado— tenía “varios atractivos”, el primero de los cuales era la preservación del medio ambiente, pues se elaboraba a partir de un desecho, el bagazo de malta, un producto residual de la industria cervecera.

Curioso eso de mencionar la cualidad de “desecho” para algo de beber, antes que el sabor, por ejemplo. Pero era evidente que aquí la política —o mejor el oportunismo político— tenía prioridad frente al sabor. Si Fidel Castro hablaba de la moringa, esta tenía que ser buena.

Mediante un proceso químico, ese residuo se mezclaba con arroz malteado germinado, jugo de caña o azúcar y moringa. Y así se obtenía la bebida perfecta para que el Comandante tuviera algo que brindarle a su invitados.

¿Alguien ha vuelto a oír hablar de la Maltinga? Debe continuar en fase experimental, o a la espera de otro donativo canadiense o de cualquier otro país. ¿Está incluida entre los famosos planes inversionistas? ¿No ha surgido aún el aventurero internacional dispuesto a arriesgar su dinero en tal empresa?

No se ha vuelto a saber de la Maltinga —si alguien tiene noticias frescas se agradece la información— pero más allá del producto en sí, llama la atención el nombre escogido, que a los efectos publicitarios bastaba para condenarla al fracaso. En eso de los nombres, tras 1959 en Cuba se han creado muchos malos productos y algunos buenos, pero siempre con denominaciones equívocas.

Algún día se escribirá la historia de la cadena de desaciertos a la hora de elegir nombres luego del 1 de enero de 1959, sea para un queso o un cine.

Estos desatinos se destacan aun más por el hecho de que antes de esa fecha, la capacidad a la hora de poner nombres, identificar productos y establecer marcas en la Isla competía con la publicidad estadounidense.

En muchos casos, Cuba no se limitaba a copiar, sino adaptaba y creaba patrones publicitarios. Esa capacidad para la innovación lingüística no solo se había trasladado a la comedia radial, sino que llegaría a la literatura en años posteriores.

Sin embargo, tras la llegada de Castro al poder, en el modelo cubano la propaganda se limitó a copiar consignas y lemas con mayor o menor éxito —ya fueran soviéticas o de la guerra civil española—, mientras que la visualización de tales consignas quedó en manos de diseñadores —lo que llevó a una producción de un rico contenido plástico— y la retórica se redujo al sofisma. Al tiempo que esto ocurría, en la publicidad todo se limitó a un mínimo carente de gracia y originalidad.

Esto obedeció, en primer lugar, a que la publicidad fue considerada sinónimo de capitalismo. Abolida su enseñanza en centros independientes y proscrita en la Escuela de Psicología.

A partir de ese momento, los sustitutos más absurdos fueron utilizados para tratar de borrar el pecado original de la publicidad. Dos de los que ofrecieron más tristes resultados fueron la apelación a nombres, hechos y situaciones del proceso independentista y el empleo de supuestas palabras aborígenes.

De esta forma, el Radiocentro —un cine en el centro de La Rampa, en El Vedado, que en sus inicios formó parte del edificio de un radial y televisivo— fue rebautizado como Yara, y un queso azul de producción nacional recibió el nombre de Guaicanamar.

Quizá a estas alturas los cubanos ya se han acostumbrado a llamar Yara al cine, un nombre breve y que para las generaciones jóvenes debe tener una carga histórica menor.

Por entonces también, y según un proyecto del propio Castro, Cuba hacía cuatro tipos de quesos azules. Se comenzaron a elaborar en cuevas de Pinar del Río —al igual que los producidos en los Picos de Europa, en España—y luego se estableció una planta procesadora. Tres de las variedades conservaron sus nombres originales — Camembert y Brie, que son de origen francés y en la actualidad no propiamente quesos azules, y otro italiano, Gorgonzola— y la cuarta, bautizada no sé por qué razón Guaicanamar, difería sustancialmente del Cabrales asturiano y se acercaba en el recuerdo a un Stilton británico, lo cual no era poco mérito al considerar que éste es el mejor de los quesos azules.

Así que —pese al nombre desafortunado— la Isla había logrado elaborar un queso azul bastante bueno para un país sin tradición en estos productos, solo con la referencia anterior a los hechos en La Península, que se vendían en algunos almacenes españoles en capitales de provincia y ciertas tiendas especializadas en La Habana. Además de una mención de Vargas Llosa —al hablar del conocimiento que demostró Castro de los quesos azules franceses durante una conversación con Julio Cortázar— en un artículo donde describió un encuentro del gobernante con intelectuales europeos y latinoamericanos invitados al jurado del premio Casa de las Américas.

Es posible que ya no exista o sea apenas un plato más en mesas de recepciones y casas de los pocos altos funcionarios con gustos refinados.

Guaicanamar entonces, seguirá siendo solo el nombre original de una zona geográfica.

Maltinga surgió libre de esos temores y pretensiones. Fue simplemente un facilismo, la unión a la carrera de dos nombres y el deseo oportunista de ponerse a tono con las circunstancias. Pero al parecer no pasó de noticia breve en un periódico de provincias.


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