Actualizado: 31/10/2020 1:43
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«Lucha Contra Bandidos 2», la otra historia

El problema principal de la serie en su segunda temporada, un mal que proviene de la primera, es presentar una pieza en blanco y negro, donde los malos son remalos y los buenos son buenísimos

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La Habana, 3 de octubre de 2020. Los medios de comunicación oficiales se pusieron de acuerdo para, al terminar la segunda temporada de Lucha Contra Bandidos (LCB) - La otra guerra, auparla como gran obra televisiva y referencia de la historia cubana. Sin embargo, uno de los argumentos mas socorridos de los “críticos” a la hora de abordar el dramatúrgico audiovisual, es la retórica, en una pieza que, tratando de narrar un conflicto bélico, le falta épica.

Y ahí está el primer problema de la serie en su segunda temporada, un mal que proviene de la primera. Para que haya un héroe, tiene que existir un antihéroe tan fuerte e inteligente como él, si no, solo es un abusador. Y en eso queda esta pieza audiovisual del director Roly Peña. Un trabajo por encargo, y del cual el tiene pocas opciones de abstraerse porque significaría un deterioro de su salud laboral y profesional.

Esta pieza en blanco y negro, donde los malos son remalos, brutos, crueles, sanguinarios, cobardes, traicioneros, y los buenos, son buenísimos, nobles, inteligentes audaces y valientes.

También está marcada esta serie, por líneas sentimentaloides, sensibleras y melosas, a lo Juan Orol, el director nacido en España —luego enviado a Cuba y radicado en México— de “cine de rumberas”. Un ejemplo fue la muerte del “simpático” Gordo (Rolando Rodríguez) y luego la arenga del Gallo (Fernando Echevarría), que llegó a referirse (toda una exageración), como una de las secuencias más conmovedoras de los audiovisuales cubanos.

A tal nivel se elevó el discurso sobre esta serie, que los periodistas oficiales no ocultan la lágrima derramada, pero fáciles de adivinar, pues ya el público insular está entrenado en la narración de este tipo de episodio, donde se ven involucradas las fuerzas de la dictadura, y donde descalificar al contrario es el meollo del arroz con pollo.

No le falta al guionista Eduardo Vázquez (responsable por amarrarle la pata a la vaca, como reza el proverbio campesino), la introducción del sempiterno enemigo norteamericano y su agencia de inteligencia, cuando todo demuestra que la rebelión campesina de 1959 a 1965, fue fruto de la violencia y la tragedia desatada por Fidel Castro y el cooptado partido comunista, contra toda la sociedad.

Por supuesto, para dar esa imagen idílica de la dictadura, el guionista construye la otra historia, una que pasa por alto los asesinatos llevados a cabo por el ejército y la milicia, tan bien representado en los campos de concentración levantados contra los campesinos en la provincia de Pinar del Río (Sandino, López Peña) donde fueron reubicados los guajiros de las actuales provincias de Santi Espíritus, Villa Clara, Cienfuegos y Matanzas, para quitarle la base de apoyo y suministros a los rebeldes, que al final condicionaría el fin de la guerra civil.

La literatura tiene ejemplos claros de lo complejo de ese escenario. Desde el castrismo lo abordaron escritores como Norberto Fuentes (Condenados de condado), Jesús Díaz (Los años duros), o Eduardo Heras (La guerra tuvo seis nombres). Mientras, entre los opositores destaca el dramaturgo y periodista Hugo Araña Santoyerto, con su pieza La lluvia, siempre la lluvia, libro al que no se le ha hecho justicia literaria, ni histórica. Quizás, porque el punto de vista de “La Lluvia…” es, la de los alzados contra la dictadura.

Es importante deslindar en esta pieza televisiva la música de Magda Ros y Juan Leyva, y las actuaciones de Osvaldo Doimeadios, Jorge Martínez, Carlos Gonzalvo, Daysi Quintana y Betty Viñas, todos manejados por un guion férreo, que no permite libertades.

Por lo pronto, Roly Peña como director, cumple nuevamente la infausta tarea de desvirtuar la historia patria, poniendo su talento a favor de la dictadura, y continúa la línea trazada por el filme El Hombre de Maisinicú (1973, Manuel Pérez), de desvirtuar la historia nacional.

No obstante, el principal problema que tuvo la serie, fue la espalda que le dio el público. Los televidentes del horario estelar de los domingos favorecieron la serie Sucesor Designado, de David Guggengein, que aún se trasmite por Multivisión.


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