Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Sociedad

Más allá de la pantalla

Sin computadoras ni videojuegos a quien culpar, la violencia juvenil crece imparablemente.

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En honor a la verdad, no puedo menos que coincidir con Deisy Francis Mexidor y Miriela Fernández Lozano, cuando en un reciente artículo, "Jugando al límite", publicado en Granma, analizan la proliferación de videojuegos de contenido violento como una de las fuentes que propician el alarmante incremento de la criminalidad y de las conductas agresivas.

Claro que el texto se refiere a las sociedades de consumo, principales receptoras del producto, en las que se ha registrado —según fuentes citadas— un espeluznante aumento de los delitos violentos relacionados con el contenido de los videojuegos, en los que la interacción del jugador (protagonista) con las acciones belicosas y sangrientas que se desarrollan en la pantalla, le estimularían a cometer actos de tal naturaleza.

Estudios realizados por psicólogos y otros especialistas relacionan muchas de las acciones agresivas que ocurren entre los jóvenes y adolescentes con el consumo de este tipo de entretenimiento, en el que un asesino (el propio jugador, en este caso) es el héroe que busca la manera de "ganar" a toda costa con actos que resultan siempre impunes.

No es un desatino alarmarse por el desmedido comercio de un producto cuyo primer ingrediente, la violencia, tiene como destinatario fundamental a un sector sensible de la población: niños y jóvenes. Asumir la violencia como un acto natural, válido y cotidiano, es incitar al odio y el crimen. Es aquí donde hay que detenerse y llevar el tema a sus últimas consecuencias, ¿sólo la agresividad de los videojuegos conduce al delito criminal? ¿Sólo desde la percepción virtual se incita a los jóvenes a la violencia?

La realidad habla

En Cuba, digamos, no son mayoría los niños y adolescentes que tienen acceso a este tipo de productos de la industria del ocio. Sin embargo, en la vida cotidiana —aun sin apelar a estadísticas, que tampoco existen al alcance— asistimos a un sostenido crecimiento de la violencia y la agresividad, sobre todo entre los más jóvenes.

La violencia se puede percibir prácticamente en cada evento de la realidad: en el lenguaje cada vez más soez de personas de todas las edades, en las reyertas ya comunes en las presentaciones musicales realizadas en sitios como los Jardines de La Tropical o en casas de cultura; en las letras de las canciones difundidas en los medios; en los empujones y golpes que se prodigan generosamente las multitudes, tanto frente a la taquilla de un teatro para comprar entradas de un espectáculo de ballet o de un filme de elevada factura, como para subir a un ómnibus en horario pico; en la vulgaridad y métodos poco convencionales que emplean algunos "educadores" con los colegiales.

Por muy interesante y serio que pueda resultar un artículo periodístico dirigido al lector cubano, sobre el problema de la criminalidad juvenil en otras latitudes, nunca podrá sustituir —ni aun alcanzar— la importancia que tendría mirarse por dentro, analizar aquellos factores que han propiciado el preocupante crecimiento de la violencia entre nosotros, así como de los indicadores de criminalidad, y la impunidad de lo que eufemísticamente se ha dado en llamar "indisciplina social" para enmascarar el sesgo criminal de algunos hechos.

Por muy doloroso que resulte que un estudiante norteamericano asesine a 15 de sus compañeros de escuela, no nos afecta tan directamente como el hecho de que un estudiante de una secundaria de la Habana Vieja haya muerto tras ser apuñalado por otro; que en el mismo municipio un adolescente enclenque haya tenido que ser trasladado de escuela por su madre, aterrada por la golpiza que éste recibiera de un grupo de condiscípulos, o que un maestro "emergente" haya matado, aunque no fuera su intención, a un estudiante.

Violencia inducida

Es evidente que estos no son hechos aislados. La ruptura de ventanillas y puertas de ómnibus, de teléfonos públicos, de vidrios de edificios públicos y viviendas, entre otros, también son manifestaciones de una violencia intrínseca, contenida a medias, porque en la Isla no proliferan, es cierto, las armas de fuego; pero sí está presente la intención criminal, la potencialidad del delito mayor que brota cuando las condiciones lo propician.

Los padres no han tenido que comprar videojuegos, ni los jóvenes han debido permanecer durante horas frente a la pantalla de su ordenador o televisor para que se vea el irrefrenable aumento de una violencia que torna cada vez más peligrosas las calles y casas.

Si bien los videojuegos violentos son caldo de cultivo perfecto para desatar el instinto de la bestia dentro de muchos grupos humanos, no son ni mucho menos el único catalizador. En el caso cubano, por ejemplo, se podrían citar no pocos agentes de la vida diaria que concitan el odio y la violencia. Es más, existen agentes que legitiman tales sentimientos.

¿Qué son sino los "mítines de repudio", las numerosas consignas lapidarias que sacralizan el odio, las exclusiones por diferencias políticas y de otro tipo, las amenazas, las purgas, la pobreza generalizada, las carencias materiales y espirituales, el deterioro de nuestros espacios en la sociedad? ¿Acaso la doble moral no conduce a la pérdida de valores, uno de los primeros factores que nos enseña que la impunidad es un don de aquellos que fingen acatar determinados lineamientos?

Habrá que agradecer a Deisy Francis y a Miriela Fernández su ilustrativo artículo, pero sería de desear que en un futuro cercano hicieran una entrega más en consonancia con la realidad actual de la Isla: poner en el tintero el acuciante tema del crecimiento de la violencia, sus causas y posibles soluciones.


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