Actualizado: 26/09/2018 10:19
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Historia, Literatura cubana, Cohetes

Octubre del 62: una historia alternativa

De la historia como un ejercicio de ficción

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Una historia no es sólo verdad
cuando se narra cómo ha sucedido, sino también
cuando relata como hubiera podido acontecer.
Johannes Mario Simmel

El primer ministro soviético Nikita Sergeyevich Jrushchov no quería morir —eso era un hecho—, pero la sombra de una muerte despiadada y fulminante no estaba para él, en ese momento, dentro de un hongo atómico sino en los rostros pétreos de sus camaradas del buró político y en los curtidos generales de su estado mayor y del GRU. Había comenzado por sus pantalones aquel desmadre y ya no podía retroceder. La marcha atrás se pagaba con el puesto y muy probablemente con la vida.

Eso era del lado de allá.

Pero del lado de acá, el presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy —Jack para sus amigos cercanos— tampoco quería morir, fea palabra, y la sombra de la muerte sí que estaba para él, en ese momento, dentro de un refugio atómico enterrado en una montaña de piedra marmórea cercana a un Washington devastado. A un país devastado, para hablar con propiedad. Él no había comenzado aquello, Dios sabía que no, pero debía pararlo de alguna manera ahora mismo o se acababa el mundo, su mundo, el mundo maravilloso del poder, las fiestas de la jet set, las artes amatorias de Marilyn y el rutilante Camelot.

Le acababan de derribar un avión U-2 en un pueblo del que nunca había oído hablar hasta esa mañana, Banes, y sus generales, no tan bestias como los del GRU, pero igual de duros, le exigían una respuesta militar inmediata y definitiva.

Dos opciones tenía el presidente norteamericano. Y solo dos: el ataque inmediato a fondo, empleando todo, y todo aquí significaba TODO; o un improbable bloqueo alrededor de la isla al que él denominaba cuarentena, una acción militar «más suave», más lenta y que por lógica iba a significar lo mismo que la primera opción, pero sin el factor de dar primero. Y el que da primero, según la sabiduría popular, a veces, solo a veces, da dos veces. Y esas opciones, una u otra, había que decidirlas ahora mismo, ¡fuck! Ahora mismo.

Tanto luchar para llegar a presidente de Estados Unidos, tantos empujones del viejo Patrick Kennedy, tanto billete echado a rodar, tantas sonrisas de Jackie, en fin, tanto correr y correr para llegar a este callejón sin salida. Pero… y si a él se le ocurriera algo diferente, algo inédito, otra opción, algo inesperado y que no significara necesariamente la rendición o la catástrofe ante lo inevitable.

Piensa, piensa, se decía mientras miraba por la ventana de inútiles cristales blindados hacia el césped trasero recién recortado de la Casa Blanca. Y de tanto estrujarse los sesos el bombillo terminó por encenderse.

Le pasó el brazo por los hombros a su hermano Bobby, lo llevó despacio, pero con firmeza hacia un rincón algo alejado del Despacho Oval y casi en un susurro le preguntó:

—¿Bobby, nos estamos centrando en los rusos, no es verdad?

—Pues claro, Jack —contestó el aludido—, ellos y solo ellos, son los dueños de las bombas atómicas y los cohetes que están emplazados en Cuba ahora mismo.

—¿Y qué pasaría —dijo el presidente—, si desviamos la atención hacia el Gobierno cubano y le cortamos el oxígeno de la propaganda a los soviéticos?

—Umm, Jack, estoy pensando rápido, no tenemos mucho tiempo, pero… —Bobby se cruzó de brazos y miró a los ojos de su hermano con la perplejidad pintada en ellos— —¡Apelar al loco egocéntrico de Castro para que Nikita se lleve los cohetes!

—Exactamente.

—Pero eso no tiene sentido, ese hombre no es más que un títere de los rusos y…

—Y tiene un ego y una bocaza más grande que el planeta que pisamos. —El presidente puso sus manos con fuerza en los antebrazos de su hermano—. —Si ese hombre llega a un arreglo con nosotros y se siente parte de este juego, aunque no lo sea, el argumento soviético de que todo esto es para defender esa tontería que llaman revolución cubana, se cae por su base ¿me comprendes, Bobby?

La boca de Bobby Kennedy parecía incapaz de cerrarse. Entonces se repuso diciendo.

—Mira Jack, los rusos, Nikita, la KGB, el GRU, le impedirán a Castro hablar con nosotros, ellos controlan aquello y eso no entra en sus planes.

—No podrán impedirlo si yo hago público un llamamiento a ese individuo, a Castro, después de pactar con él, que puede que ese hombre sea un suicida, pero estúpido no es. —Un rayito de esperanza comenzó a iluminar levemente las tinieblas—. —Rapidez y absoluto secreto, Bobby, que la victoria es de los audaces.

—No tenemos, Jack, piensa, no tenemos una forma realista de llegar a Castro sin que los rusos se enteren —ripostó Bobby, pero ya con el cerebro abriéndose a las millas a una idea que podía, quien sabe, ser la tabla de salvación.

—¡Sí que la tenemos, Bobby, sí que la tenemos! —Sonrió el presidente por primera vez en todo el día—. —Ponte en contacto ahora mismo, ahora mismo, sin perder un minuto con Adolfo López Mateos, el presidente de México, o con Lázaro Cárdenas, o con ambos. A nadie le conviene que el mundo se acabe y los mexicanos, se los haces saber con pelos y señales, están de lleno en el radio de acción de esos cohetes que ya están apuntando hacia acá en Cuba.

—Síí… pero… ¡Ni se te ocurra ir a Cuba a ver a ese hombre!

—Bobby, no es momento de asustarse. —Le dio una cachetada cariñosa en la mejilla—. —Busca un lugar alternativo por aquí cerca, una islita del Caribe que podamos asegurar, lo que se te ocurra, pero hazlo ya, comprendes, yaaa.

—Castro no va a dejar Cuba ahora, es demasiado receloso para eso.

—Castro, mi querido Bobby, deja a su madre en la cuneta si es para engrandecer su ego y pasar a la historia, y que mejor medicina para eso que una reunión, de igual a igual, con el presidente de Estados Unidos.

—¡Fuck, Jack, es lo más loco que he oído en mi vida!

—Puede que esa locura te salve la vida, hermanito, y de paso la mía, la de todos nosotros, la de cien millones de norteamericanos, la del planeta ¿no crees?

Del lado de allá, y tres o cuatro horas después Jrushchov dio un salto en su poltrona y se derramó encima el vasito de vodka que tenía en la mano cuando vio a Kennedy por televisión anunciar su entrevista privada con Fidel Castro para esa misma noche. La reunión se llevaría a cabo en un hotel resort recién construido, y aún vacío, en el pueblecito playero de Nicholls Town, en la isla Andros, en las Bahamas.

—¡Joder, que significa esto! —gritó el ruso casi a punto de un ataque de apoplejía, al tiempo que corría como un loco hacia la centralita telefónica de su oficina de contingencia en los subterráneos del Kremlin.

El Air Force One aterrizó en Nassau con las luces apagadas y un helicóptero militar norteamericano recogió al presidente y lo depositó, cuarenta minutos después, en el lugar de la cita. Tres torpederas Konsomol, armadas hasta los dientes, y también con las luces apagadas, llevaron a Castro desde un lugar aislado de Cayo Romano, en la costa norte de Cuba, al encuentro con el presidente norteamericano.

Las imágenes de la improvisada cumbre, no muchas, han pasado a la gran historia fotográfica del tormentoso siglo XX. Un Kennedy conciliador, y haciendo uso de todo su encanto, tendió la mano a Castro y le apretó con amabilidad un codo. Castro lo saludó militarmente y el presidente, quizás un poco azorado, pero ágil, contestó rápidamente el saludo. Conversaron a solas, únicamente con la ayuda de dos intérpretes, durante 45 minutos y luego tomaron, sentados a una mesa rústica de madera, un refrigerio sencillo: Coca Colas, un par de hamburguesas y un yogurt de búfala llevado en frascos de cristal por el comandante cubano. Entonces, con caras sonrientes y un lenguaje corporal distendido, volvieron a estrecharse las manos con efusión, se tomaron un par más de fotos y cada uno agarró por su rumbo.

Castro no habló al día siguiente, algo muy raro en él, pero el periódico Revolución, órgano oficial del Gobierno cubano, emitió un comunicado reafirmando, en nombre de la patria socialista y de las Organizaciones Revolucionarias Integradas, la voluntad de cumplir, en los próximos años, la desnuclearización del área del Caribe. El comunicado resaltaba el aseguramiento del futuro socialista de la patria cubana por los siglos por venir.

El presidente Kennedy ofreció, a las siete de la mañana, y con evidentes signos de cansancio físico, una conferencia de prensa en la que se refirió al breve acuerdo firmado por él y el primer ministro cubano.

Ambas partes acordaban, explicó, desnuclearizar toda el área del Caribe a la mayor brevedad posible, los dos gobiernos reconocían que para lograr esa meta se requerirían nuevas conversaciones y probablemente nuevas reuniones al más alto nivel, pero con buena voluntad, que eso sobraba, se lograría un buen acuerdo, de eso estaba seguro. A preguntas de los periodistas el presidente Kennedy afirmó también que Castro amaba a su pueblo y que su pueblo lo amaba a él, que era un hombre íntegro, honorable y que no existían razones para dudar de sus palabras y de sus compromisos contraídos. Dijo además que Estados Unidos reconocía que la base de Guantánamo, y claro, los soldados apostados en ella, constituían una verdadera provocación para el Gobierno cubano y que, de paso, Estados Unidos y el pueblo norteamericano ahorrarían mucho dinero eliminando ese foco de irritación. Y para terminar afirmó: ¡Cuba ganaría mucho con este tratado!, que Castro se sentiría muy, muy feliz —!Happy, very happy! fueron sus palabras exactas— y que Estados Unidos se habían librado para siempre de una amenaza nuclear nefasta, terrífica.

—Sí, claro, es probable que invite a Castro a la Casa Blanca, pero eso será más adelante —contestó el presidente a la pregunta de un periodista de la NBC. A otro reportero —de una cadena radial de la costa oeste— que inquiría sobre la retirada inmediata de los cohetes rusos, el presidente le pidió que no fuera tan preguntón. Ser nice, le dijo con cierto cansancio en la voz.

Por la parte soviética no hubo conferencias de prensa ni comentarios oficiales. Un portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores se limitó a decir que todo lo que la URSS y el PCUS hacían era en función de la seguridad de la bella y valiente isla de Cuba y que la paz mundial era, junto con la felicidad de los trabajadores, el faro que guiaba al PCUS.

El porvenir.

Los cohetes de alcance medio R-12 H y R-14 B y algunas de sus cabezas nucleares de combate comenzaron a salir de Cuba, poco a poco, varios meses después. La mitad de los bombarderos medios IL-28, los cohetes alados de corto alcance FKR-1, los Sopka de la armada y los cohetes tipo Luna nunca llegaron a salir, por lo menos hacia la URSS.

El presidente John F. Kennedy, fue asesinado, aún no sabemos por qué y por quienes, justo un año después.

El Primer Secretario del PCUS Nikita S. Jrushchov fue defenestrado de su cargo, y enviado al plan piyama en su dacha, justo dos años después.

Fidel Castro murió de viejo, y en su cama, muchos años después, tantos que ya no quedaba casi nadie importante de la época de estos eventos para despedirle.

El primer ataque nuclear táctico, no el último, llevado a cabo por el ejército cubano se llevó a cabo contra las fuerzas de defensa israelíes en las Colinas del Golan en el año 1973. El siguiente fue contra las tropas sudafricanas, con base en Namibia, en el año 1976.

Hoy Cuba exporta material fisionable y desarrolla su propia industria nuclear.

Hoy Cuba, aunque todavía bastante atrasada económicamente a despecho de la enorme ayuda norteamericana, es una potencia mundial nuclear y los gobiernos de América Latina y África le tienen muchísimo respeto, terror, dirían algunos mal intencionados.

La reserva de armas nucleares activas, aunque siempre negada por el Gobierno cubano, se calcula entre 80 y 250 cabezas nucleares de combate. Pequeñas, es cierto, pero lo suficientemente poderosas para «partirte la madre» como dijo un candidato presidencial mexicano en el curso de un debate.

Ah, y es cierto que los norteamericanos, al igual que los cubanos, siguen ahí.


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