Actualizado: 26/09/2022 12:32
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Código, Familia, Referendo

Participar en el referendo es legitimar al régimen continuista

¿Por qué en la compleja situación actual, con una pandemia que todavía no parece haber terminado, el régimen se ha apresurado a realizar este referendo?

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La mayoría de quienes están a favor del Sí, y no pocos de aquellos que apoyan el No, se aprestan a participar en el próximo referendo, a propósito del nuevo Código de Familia. Les señalo que van, por tanto, a participar en un proceso convocado por el régimen continuista, que en este momento mantiene a casi un millar de presos políticos, cincuenta y cinco de ellos menores de edad. Todo lo cual no puede ser interpretado más que como una legitimación personal de la gravísima situación de violación de derechos humanos en que vivimos, y de respaldo, al menos indirecto, a la presente dictadura de Miguel Díaz-Canel.

Preguntémonos: ¿por qué en la compleja situación actual, con una pandemia que todavía no parece haber terminado, el régimen se ha apresurado a realizar este referendo? Es cierto que según el cronograma legislativo aprobado con la Constitución de 2019 ya hace bastante debía haberse hecho, pero las razones que provocaron su retraso siguen vigentes, y otras se han agravado, como la falta de los recursos que el estado deberá movilizar para realizarlo. Entonces, ¿por qué ese apresuramiento evidente en un país en que no hay combustible para el trasporte público, ni jeringuillas en los hospitales, o leche para los enfermos y los niños?

En primer lugar para desviar nuestra atención hacia un tema que en buena medida les es inocuo al régimen. Entretenernos a todos los inconformes, enfrentándonos en dos partidos a los cuales puede mirar desde la barrera, en relativa seguridad. Hacernos olvidar, a fin de cuentas, que el dilema esencial de los cubanos, al presente, es la existencia de ese régimen, que nos impide el ejercicio de nuestros derechos y libertades fundamentales.

En segundo lugar, porque el continuismo canelo ha visto durante el último medio año retroceder su prestigio entre las izquierdas occidentales, y sobre todo ha quedado demasiado mal parado frente al liberalismo progresista en Estados Unidos. Algo muy preocupante, tanto lo uno como lo otro, porque en parte el éxito de la política exterior del régimen cubano se ha sustentado siempre sobre ese prestigio entre las izquierdas occidentales, y sus aspiraciones a retornar a una relación más próxima con el vecino del norte, que le permita explotar a los turistas americanos, o a sus propios emigrados en aquel país, pasan por quitarse de encima el sambenito de retrógrado y cavernario que le ha caído tras el 11 de julio.

Por otra parte el régimen, que ha debido aproximarse hasta convertirse en una especie de estado cliente del paleo-conservadurismo moscovita, necesita resaltar de alguna manera, ante el liberalismo americano y las izquierdas occidentales, su supuesto carácter progresista. Porque a fin de cuentas ni en Moscú, ni en el muy comercial Pekín, parecen muy interesados en convertirse en aquello que siempre ha sido la aspiración del castrismo —y ahora del continuismo canelo— encontrar: un estado mecenas que sufrague el modelo totalmente improductivo cubano, a la manera de la URSS entre 1960 y 1989.

El continuismo canelo necesita actualizarse en cuanto a logros progresistas. Lo cual conlleva que el régimen necesita que se imponga el Sí, para lo cual cuenta con una legislación y organización electoral completamente controlada, que le permiten hacerlo sin problemas. Todos sabemos que si el día antes del referendo se bajara la orientación, desde el Palacio de la Revolución, de que el nuevo Código deba ser aprobado por, digamos el 70 % de los votantes, dos días después se nos informará por los medios gubernamentales que un 80 % de nuestro pueblo aprobó la propuesta.

Esta realidad, de no haber verdadera posibilidad de juego limpio, dejará un mal sabor a la victoria del Sí. Será en un final el resultado de una concesión del poder, porque en un sistema político-electoral como el cubano, aun si el Sí ganara por aplastante mayoría, lo importante será que el Sí ha ganado porque el régimen lo ha permitido, al reconocer esa votación, no porque la ciudadanía así lo haya votado. Los derechos que se obtengan con el nuevo Código de Familia serán en consecuencia derechos otorgados por un poder autocrático, el cual fue de entrada quien por su propia voluntad decidió presentar un nuevo Código de Familia, someterlo a Referendo, y en caso de que la votación coincida con su resultado deseado, reconocerla.

La segura adopción del Código, porque ya así lo ha decidido el régimen, y no por razones fundadas en la Justicia, sino en sus complejos cálculos políticos, le dejará a los sectores progresistas un profundo estigma anti-democrático, elitista y anti-popular. Hará que la sociedad interprete que propuestas como las del Código solo le habrán podido ser impuestas gracias a la alianza de los progresistas con la dictadura. Esto, unido a que por contraste los conservadores acapararán la representación de los valores democráticos, en caso de una transición a la democracia seguramente pondrá en peligro la persistencia de ese Código Familiar obtenido bajo la dictadura, y como una concesión suya.

De hecho, existe una tercera razón para el por qué el régimen ha decidido dar este paso ahora: el interés en comprometer a los sectores progresistas con sus métodos profundamente anti-democráticos, al permitirles obtener “avances sociales” en base a su control autoritario. De manera parecida a cuando obliga a los trabajadores a participar en las brigadas de respuesta rápida, o a los jóvenes del servicio militar, el régimen ha calculado que con esta jugada compromete con él a los sectores progresistas, a la izquierda, y por supuesto a la comunidad LGBTI… con su permanencia. Alimenta así esa tendencia en el progresismo cubano a ver a la sociedad cubana como integrada por una caterva de cavernícolas, a los cuales no se los puede llevar al progreso sino mediante los métodos autoritarios.

Los sectores conservadores, por su parte, deberían preguntarse qué pintan ellos en un referendo en que ya está cantado van a perder. Porque no es del interés de quien lo convocó, el régimen, quien controla absolutistamente su sistema de medios, los derechos de reunión o expresión de la ciudadanía, o su sistema electoral, que lo vayan a ganar. Para si alguien en el bando conservador todavía tiene dudas de cuál va a ser el resultado del referendo, los invito a escuchar las ideas que, a propósito del Código de Familia, el dictador Miguel Díaz-Canel presentó durante su más reciente visita a Sancti Spiritus. A fin de cuentas lo que se va a someter a referendo no es más que lo que un régimen profundamente autocrático considera —o hace cómo que considera, por conveniencias circunstanciales— lo correcto. Un régimen autocrático que bien sabemos se considera a sí mismo en esencia incuestionable.

Los conservadores deben partir de comprender que los supuestos debates convocados por el estado, bajo control del estado, los únicos que serán permitidos, no tienen otro objetivo que intentar convencer a los votantes o de la justeza de la propuesta, o de la necesidad de que, como “revolucionarios”, le den su apoyo y voten Sí, aun cuando no estén a gusto con esa elección. Que no se les permitirá presentar en los medios sus argumentos en contra del Código de Familia, o hacer reuniones semejantes a las convocadas y controladas por el estado, para debatir o hacer propaganda de sus puntos de vista. Que no estarán presentes en las mesas electorales, y que no se les permitirá organizarse para observar no ya como individuos, sino como Movimiento pro No, el conteo de las boletas, o la posterior centralización de esas observaciones.

La participación de los conservadores, en estas condiciones, solo servirá para legitimar la victoria del Sí, al dar la impresión de que hubo una verdadera confrontación de criterios a nivel de la sociedad cubana. A menos, claro, que los conservadores se atrevan a organizarse para exigir el derecho a reunirse, a exponer sus ideas sin limitaciones, a tener representación en las mesas electorales, o a participar como un movimiento en los conteos.

En lo personal apoyo el nuevo Código. Pero he dedicado mi vida a luchar por derechos más esenciales que los reflejados en dicho Código: el derecho a pensarme a mí mismo y a mi circunstancia, el derecho a elegir un sentido para mi vida, o una identidad grupal determinada, el derecho a un ordenamiento social que garantice esos derechos míos, entre ellos a participar en la adopción de las decisiones comunes en mi sociedad, en absoluta libertad, sin constricciones ni paternalismos. Debo ser consecuente con aquello a que he dedicado mis días.

Les señalo a quienes ahora se niegan a ver jerarquías en los derechos, que en primer lugar hay derechos comunes a todos los humanos, y después y en consecuencia derechos particulares de cada subgrupo humano, sea el de los evangélicos, los coleccionistas de sellos, el colectivo LGTBI…, o el de los intempestivos, aunque en este último caso es evidente que lo que nos define no es nuestro deseo a pertenecer. De hecho el derecho que nos define como humanos es aquel a elegir, en la soledad de nuestra individualidad, en qué subgrupo —de los muchos a que pertenecemos en cada momento, y a lo largo de nuestras vidas— nos integraremos, y usaremos para definir nuestra identidad grupal. Sin el primario derecho humano a elegir, no hay derecho en última instancia a estar en ninguno de esos grupos, y a disfrutar de cualquier derecho anexo al grupo en cuestión –entre ellos el a casarnos o a adoptar hijos. Sin el primario derecho a elegir solo nos cabe acomodarnos en silencio en aquel closet en que tenga a bien uniformarnos a todos algún poder supra-humano: un Dios y su representante, una Iglesia, o en todo caso supra-social: un poder autoritario humano.

No voy a cooperar, en consecuencia, con un régimen que ha instrumentalizado este tema para legitimarse. Mucho menos cuando otro colectivo, el de los presos políticos, no hace más que crecer, y no promete más que crecer, como con las nuevas leyes a discutirse, y aprobarse, sin ser llevadas a referendo, en abril. No voy a participar en la farsa, porque todos los días recuerdo la imagen de Díaz-Canel que eleva el brazo del autócrata norcoreano.

No voy a contribuir tampoco a que la posición progresista sea comprometida todavía más con el autoritarismo en Cuba: como un liberal progresista consecuente, y un caballero, por demás, no puedo estar de acuerdo, por ejemplo, con que quienes no comparten mis puntos de vista no tengan los mismos derechos en la discusión del tema sometido a referendo. No podría participar en un referendo en que yo tengo todo el derecho de exponer lo que creo, mientras mis oponentes, no.

Entiendo la posición de la comunidad LGTBI…, y no se me ocurriría pedirles su no participación. Solo les pido que antes de participar piensen, en la soledad de sus conciencias, donde único se piensa, en la situación de otros grupos mucho más discriminados en nuestra sociedad, como el de aquellos quienes expresamos abiertamente nuestro deseo de construir una sociedad en que los derechos no dependan de la discrecionalidad, o de los rejuegos políticos del poder, sino de nuestra intrínseca naturaleza como entes dotados de la capacidad de elegir el sentido de nuestras vidas. Que piensen en los presos políticos, en sus familiares, y por lo tanto en lo intrínsecamente débiles fundamentos que tendrá este avance, conseguido sobre los intereses políticos de una dictadura.


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