Actualizado: 08/08/2022 15:58
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Opinión

Perdone, Comandante

Mensaje al ex gobernante Castro por su cumpleaños 82.

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Hoy, cuando cumple 82 años, es el momento de pedirle misericordia a nombre de cada cubano. ¡Perdónenos, por favor! Ninguno ha sabido estar allá arriba, donde usted reina inmarcesible! ¡Nosotros somos los culpables de la bancarrota del país!

Somos haraganes, corruptos, hipócritas y viciosos. Con este pueblo ni hablar: la bancarrota de los ideales comunistas que tanto luchó por inculcarnos era la consecuencia esperada. Usted no ha fracasado, puede descender tranquilo, ahora que la vejez mental y física de los guerrilleros en el Poder, en especial la suya, imposibilita cualquier arreglo.

¿Somos un pueblo de haraganes? Por supuesto que sí. No le crea a la prensa capitalista las crónicas, artículos y entrevistas donde salen cubanos exitosos en Nueva York o en Houston, en París y Monterrey, en Sidney y hasta en Moscú. Mentiras para confundir a las masas, cuya cultura tanto se resiente ahora con la crisis de profesores y la pedagogía rezagada.

Vagos con balcón a la calle, con saña y sueño. Pura propaganda las estadísticas económicas y sociales sobre la comunidad cubana en el sur de Florida, las comparaciones con otras emigraciones hispanas. ¿Quién de juicio sano va a creer que Cuba en 1958, supuestamente por el trabajo de sus hijos, estaba por encima de España o Italia, de México o Brasil?

Perezosos, chapoteamos en el ocio. Basta recorrer cualquier calle de La Habana o de Santiago, a las once de la mañana, sobre todo las de barrios populosos, para asombrarse de tantos hombres y mujeres, en plena edad laboral, que conversan recostados, juegan dominó en las aceras, deambulan. Basta salir al campo: marabú y guisasos.

No nos gusta sudar la camiseta. Sólo un anticomunista al servicio del imperio yanqui puede afirmar que usted rompió la relación entre trabajo y estímulo, que desbarató las fuerzas productivas al estatalizarlas. Calumnias, Comandante, calumnias sobre su tenaz voluntarismo.

¿Estamos corruptos? Hasta el cóccix, y si tuviéramos cola, hasta el último pelo de la punta de la cola. Ha sido el tiempo —no usted y el comunismo tropical— quien ha generalizado una práctica que antes de 1959 sólo correspondía a ciertos políticos y funcionarios públicos. Dan pena los informes del Ministerio del Interior, esos que la prensa —por consideración a la impoluta imagen de la revolución— no se atreve a publicar.

No hay empresa estatal, incluyendo las del sector militar, donde no haya faltantes, es decir, robos, trucos para justificar la gasolina quemada, las cajas de pollos esfumadas, hasta las tizas de las escuelas para convertirlas en cascarilla y venderla en Regla ante Yemayá o en El Rincón ante Babalú Ayé.

La viejita jubilada que vendía maní en el parque de Trillo, en pleno barrio de Cayo Hueso, ha recibido un castigo ejemplar por comprar hojas para los cucuruchos, sin saber que eran robadas de la Unión de Periodistas. Los mil pesos de multa —casi ocho meses de su pensión— la enseñarán a respetar lo ajeno, las propiedades del Estado.

Ha sido el impolítico tiempo —nunca una ideología incapaz de generar riquezas— el culpable de que nadie crea que robarle al Estado es robar. Hasta los tanques de basura para construir carretillas, hasta los murales de los Comité de Defensa de la Revolución para reparar puertas en los solares de Luyanó y de Jesús María.

Pésimos regalos

¿Así quién va a pensar en construir su socialismo, Comandante, si al menor descuido desaparece una botella de aceite, una llanta, un martillo, un saco de cemento? Sus ideales libertarios los hemos convertido en trapicheo, intercambio de favores, privilegios escondidos en asignaciones del cargo.

¡No, qué va, usted no se merece, a tan provecta edad, enfermo y con la Pelona tocándole el hombro izquierdo, que el pueblo en quien confiara, por el que tantos sacrificios hiciera, sólo esté pensando en cómo escapar, sin el menor escrúpulo!

Y además somos hipócritas. ¿Decir francamente, con sinceridad, lo que pensamos? Por favor, pura careta, ni la de los chinos en la inauguración de los juegos olímpicos el pasado 8 de agosto. Fouché es un niño de teta ante nuestros ardides y subterfugios.

Su hermano y usted detrás, pidiendo en la última ronda de asambleas que planteáramos a calzón quitado nuestras críticas, y nosotros riéndole la gracia, burlándonos de su disposición a los cambios, a las rectificaciones, a la transición pacífica cuando desde el Norte levanten el embargo.

¡Así no se puede, tiene usted razón! No hemos sido merecedores de sus ilusiones, ya le pasó al Dr. Francia con el pueblo paraguayo, a Trujillo con el dominicano. Le está pasando a Evo Morales en Bolivia, a Chávez en Venezuela, a Correa en Ecuador. Somos los pueblos los que no apreciamos la calidad de nuestros caudillos, las evidencias de que ustedes sólo quieren el Poder absoluto para ayudarnos.

Haraganes, corruptos, hipócritas y viciosos. Nunca antes el sexo por el sexo, para entretenernos en algo, estuvo tan generalizado. La promiscuidad es un vicio que insulta, Comandante, sus denodados esfuerzos por inculcarnos disciplina, frugalidad, ascetismo. La poca sangre amarilla que nos regaló la esclavitud y la emigración asiática, de nada ha servido. Ni siquiera sus inteligentes y bien redactadas reflexiones sobre lo bien que viven los coreanos del norte, tan abnegados y en orden.

Pésimos regalos en su onomástico. Usted exigía en reciprocidad a su genialidad y entrega más sacrificios de nosotros, pero somos un pueblo haragán y de choteo, pícaro y tramposo, bebedores de ron y bailadores. Usted se merecía otro pueblo, otro país, otra historia.

Cuando pronto descienda —hasta hay quienes desean que baje lo antes posible—, antes del resoplido final, cuando dicte las órdenes para las exequias, no se le olvide, por favor, otro llamado a la inmolación. Hasta puede citar lo de que "morir por la patria es vivir", recordarnos el himno, la guerra… Es que nunca nadie se ha dado cuenta de que llevamos medio siglo en guerra, en su guerra.


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