Actualizado: 05/10/2022 21:23
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Exilio, Migración, Nación

Pertenencias, referencias e incongruencias*

¿Y qué pasa con los hijos de los emigrantes cubanos, nacidos en esta tierra por tercera generación?

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Una amiga cubana dice no sentirse “patriota”. Llegó a Estados Unidos cuando era adolescente. Recuerda que un día pasó de jugar “pon” en el barrio con sus amigas, a otro caminando bajo la nieve para ir una escuela donde hablaban una lengua extraña. “Fue como arrancar una planta de un cantero y sembrarla en tierra ajena. Lo peor es que sabes que tienes que adaptarte… en esos años quien se iba de Cuba estaba muerto; no volverías a ver a tus familiares, las cartas demoraban meses, las llamadas telefónicas eran a través de España o de Canadá”.

Es difícil procesar ese dolor. Aunque muchos hemos escogido el camino del exilio por voluntad o circunstancias ajenas a esta —permanecer en la Isla siempre será, al final, un acto de fe, de valentía—, hoy todo parece más fácil, a pesar de que para algunos la “añoranza por la rumba” no se quita con un par wiskis. La amiga hace la declaración desde tanto daño acumulado, el arrancamiento humano: la frustración de perder el mundo conocido a una edad donde más se necesitan amigos, parques sin luces ni curiosos, confesionarios profanos.

“Tuve que borrar a Cuba de mi mente. De otra manera no hubiera sobrevivido, ni fuera lo exitosa que soy hoy día… en fin, que no me siento cubana”, concluyó. Sin embargo, parece más cubana que quien se acaba de bajar de la balsa. Su forma de hablar, de relacionarse con los demás, incluso hasta la manera emocional de decir que no es “patriota” la contradice.

El término Patria —viene de Páter, padre— alude a donde se nace… pero va más allá; patriota une la parte idiosincrática del concepto: la persona ama y defiende el sitio donde abrió los ojos por primera vez. Entonces el apátrida es como un parricida; daña a quien le dio la vida. Definir quién es más patriota que otro, o no lo es, puede ser espinoso. El discurso del totalitarismo es que quienes se oponen a la ideología dominante no son patriotas. De esa forma fascistas, falangistas, maoístas, nazis y comunistas se arrogan, como tantas otras barbaridades, el “derecho de paternidad” sobre sus ciudadanos.

Padre, para ellos, no es quien pone la simiente sino el que “cría”. No necesitan explicaciones doctas. Para muestra, botones: “Fidel es nuestro papá”, dijo el general-presidente; lo repitió con ese deje de afectación muy suyo un músico olvidado: “Fidel es mi papá”. Los excubanos, como bien los catalogó desde el pensamiento absolutista un empleado orgánico, no tienen patria porque “no pertenecen a nada”. En el hilo de confundir todavía más, hacen creer que vivir y trabajar en la nación del Norte descalifica como patriotas a los exiliados. Patriotas son solo aquellos que viajan a ver al “padre”, no osan levantar la voz aunque se seque el malecón y traen la moneda del enemigo.

El problema más grave para la Involución es que ha perdido la “paternidad” secuestrada. No les pertenece más. Extraviaron los certificados de nacimiento desde finales del década de los noventa del Siglo XX; el régimen degeneró en un cascarón vacío de ideología y creatividad. No había como explicar la caída del socialismo real. A través del símil del desmerengamiento —ergo ¿el socialismo no era un sólido pastel de cumpleaños?— el Difunto se las ingenió para hacerle cuentos a Pepito: el verdadero socialismo estaba por hacerse con el Foro de San Pablo, y el llamado del Siglo XXI. Y para consumo nacional, las tragicomedias Elián y Los Cinco.

Después de la muerte del Difunto, la aridez de nuevas ideas trajo el desértico mundo referencial que hoy vive Cuba: no tiene para donde mirar que no sea a un pasado gris e inmortal. Sin referentes ni metas reales solo queda insistir en un fracaso llamado Continuidad. A golpes de bandazos y bastonazos a la sociedad civil cubana —la real, la que no se ve, pero existe— el régimen ha dejado el Norte como único rumbo en la brújula de la felicidad.

Quizás parte del trabajo que sin dudas habrá que realizar con las juventudes cubanas después de esta noche prolongada de sesenta años de totalitarismo marxista es dar un sentido de pertenencia y referencia al pueblo cubano. Es por eso que no hay nada mejor que trabajar como lo hacen tantos, en rescatar la civilidad, el verdadero sentido de ser ciudadano, una revisión de la historia que evite, en lo posible, responder a una línea política. Habrá que limar las incongruencias del apartheid social, político y económico: los lazos culturales, idiosincráticos, geográficos e históricos que nos unen y van más allá de cualquier pretensión política. Ningún sistema socioeconómico es perfecto, ni tiene un valor referencial absoluto… y los comunistas y el socialismo lo que han demostrado en la práctica social es todo lo contrario: pobreza, emigración y falta de libertades.

El absurdo inducido, la incongruencia antinatural de que solo los comunistas o los involucionarios son el referente de todo un pueblo es insostenible. Una persona no es buena o mala por cómo comprende el mundo, excepto cuando pretende, como aquel soberbio fracasado alcanzar el más alto peldaño de la especie humana. Tras tan detestable frase se esconde la exclusión: quienes no somos comunistas habitamos el sótano de la Humanidad… somos, en efecto, gusanos. La única manera de mantener dividido un pueblo en buenos y malos, en patriotas y apátridas, en revolucionarios e involucionarios es a través de la violencia y el engaño, como sucede en una Isla a la deriva en el “mar de las lentejas”.

¿Y qué pasa con los hijos de los emigrantes cubanos, nacidos en esta tierra por tercera generación? Sin duda es un tema muy interesante y de varias aristas. Muchos han aprendido a respetar y amar a una tierra que no conocen, físicamente, y que habita en la memoria de padres y abuelos. Son también, en alguna medida, personas escindidas en lo idiosincrático: mitad anglo mitad hispano. Vale la pena aclarar que para el caso cubano estamos más cerca de España que de México o de Perú. Hombre escindido en sus conductas y sus ideas, en el futuro habrá que pensar como recomponer el “patriotismo” de lo que pudieron ser y no fueron. Los que lo perdieron todo y los que hoy, en la isla, no tienen nada. Habrá que convencer a mi amiga de que ser patriota no es una idea. Es una actitud ante la vida.

* A los Peter Pan, nuestros hermanos mayores en el exilio.


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