Actualizado: 05/06/2020 14:47
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Economía

Por detrás, pero hacia adelante

La única vía para emprender negocios es la picaresca y la violación de leyes, pero de ello depende el futuro de la Isla.

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La pequeña —tal vez será mejor decir la mínima— empresa privada con carácter familiar ya está en marcha en Cuba, quiéralo o no el régimen, y es evidente que no lo ha querido hasta hoy. Más bien se dedica a sofocar su irrupción, arrinconándola en los laberintos de eso que llaman legalidad socialista.

Pero como no hay ley que valga cuando la necesidad hace parir hijos machos, ahí tenemos el fenómeno, surgido casi por generación espontánea entre decenas, cientos, miles de familias que ni siquiera están al corriente (ya que los medios oficiales de desinformación lo impiden meticulosamente) del notable progreso conseguido por chinos y vietnamitas a través de esta variante.

Desde luego que en nuestro caso se trata de una actividad azarosa en muy alto grado, cuyo funcionamiento transcurre generalmente "por la izquierda" y cuyos beneficios resulta imposible conocer al detalle, pues, de hecho, casi ninguna de las tales empresas existe a los efectos del reconocimiento gubernamental ni ante el despiste (cierto o fingido) de la prensa, de los formadores (o manipuladores) de opinión y de los barajadores de estadísticas.

Atrofia ciudadana: política de Estado

No sólo se trata de aquellos restaurantes familiares con 12 sillas (sin proveeduría legal, controlados a tope, escasos y, por tanto, tendientes a la extinción), que fueron fruto eventual de la asfixia económica y del camuflaje político de los años noventa, y que muy pronto pasaron a ser vistos por el régimen como historia antigua.

Si alguna participación de interés parece corresponder a esos restaurantes en la nueva coyuntura es la de haber servido como ensayo para demostrarnos cuán lejos se encuentra de madurar en la Isla, como perspectiva seria y formal, el impulso de la empresa privada, ya sea a pequeña, mínima o ínfima escala, por la sencilla razón de que nuestro sistema de gobierno no era ni es ni será, mientras continúe siendo el mismo, compatible con la idea de que los ciudadanos avancen al margen de su patronato dictatorial.

Y eso es justamente lo que ya se ve venir a través de la proliferación de reducidos negocios (marginales en amplia mayoría), gestionados por varias personas en sociedad, que casi siempre están unidas por lazos familiares. Más que el progreso económico, hasta ahora tales entidades demuestran buscar la supervivencia de sus gestores, y no podrían aspirar a más. De manera que el avance hay que identificarlo en la circunstancia, en el hecho concreto. Es, sobre todo, avance en términos de mentalidad y determinación popular.

Claro que como el régimen no da ni permite alternativas, la única vía que la gente ha encontrado a mano para emprender estos negocios es, desafortunadamente, la de poner en función nuestra picaresca, violando leyes. Entonces es también un avance que tiene su origen en lo oscuro, viene proyectado desde atrás pero impulsándonos sin remedio hacia adelante.

Sólo para quienes no quieren o no les conviene saberlo, es desconocida en La Habana la existencia de decenas de pequeñas empresas clandestinas dedicadas a la elaboración y distribución mayorista de dulces de los considerados aquí "finos".

De no ser por estas empresas, con organización y eficacia modélicas, a los habaneros nos resultaría imposible consumir, en cafeterías particulares, en forma estable y a precios módicos, una amplia gama de dulces que durante decenios brillaron por su ausencia entre nosotros y que hoy sólo pueden hallarse, con peor calidad, menor variedad y mucho más caros, en tiendas de las cadenas Sylvain o Pain de Paris, que comercializan en pesos convertibles.

Una larga lista

Abundan igualmente los menudos consorcios familiares que se dedican a la elaboración y venta a domicilio de pizzas, helados y refrescos. Mucho antes de que fuese reinaugurado aquí por empresas estatales que también comercializan en divisas, con precios absolutamente inalcanzables para los ciudadanos de a pie, el servicio a domicilio era ya practicado entre nosotros por particulares clandestinos, a partir de ejemplos que deben haber copiado posiblemente de las películas americanas, nuestras únicas referencias al respecto.

El negocio de los llamados "boteros", con autos viejos estadounidenses para el transporte público en itinerarios invariables y a precios fijos, responde desde hace tiempo a la gestión de pequeñas empresas, y el cubano que no lo sepa está viviendo en la luna. Presumiblemente más de la mitad de los conductores no son dueños del taxi, sino empleados y parte de la empresa, que entre otras figuras cuenta con inversionistas, administradores, mecánicos y personal responsabilizado con la protección y el cuidado de los vehículos.

Otro tanto ocurre con los negocios de ventas particulares de productos del agro; con el cultivo, distribución y venta de flores y plantas ornamentales; con la artesanía, tanto utilitaria como de adorno; con el comercio clandestino de muebles, infinitamente más eficaz y más confiable y mejor organizado que el estatal; con los talleres para reparar equipos y enseres de uso doméstico; con todo lo que demanda el soporte de las fiestas infantiles (payasos, piñatas, música, confituras, regalos…). En fin, la lista es larga, así como riesgosa resulta su divulgación total, por motivos fácilmente comprensibles.

Existen en La Habana numerosos barrios con una buena parte de sus residentes dedicados al negocio particular en sociedad y, por cierto, a costa de los suministros procedentes de fábricas o almacenes estatales ubicados en áreas cercanas.

En la Isla hay pueblos enteros y comunidades, más bien extensas, en los cuales las familias viven mayoritariamente del negocio conjunto, particular, furtivo, que les proporciona su privilegiado asentamiento geográfico. Para una breve ilustración, sin necesidad de hablar más de lo debido, bastará con la cita de dos ejemplos que se conocen de sobra: el del pueblo habanero de El Rincón, adyacente al famoso Santuario de San Lázaro, y el de Varadero, nuestro principal polo turístico.

Más temprano que tarde

Así, pues, para los cubanos de adentro, la pequeña o mínima o ínfima empresa particular no es hoy siquiera una modalidad que debieran importar desde lejos.

Todo indica que un día (dichoso o fatal, a gusto del consumidor) los necesitados de hacer algo por su cuenta para alimentar a la familia, pero sin tener dinero para el menor "invento", convergieron con los poseedores de algún pequeño capital, suministrado tal vez por sus parientes que viven en el exterior. Entonces se pusieron de acuerdo para conciliar intereses. Y ahí tuvo lugar la génesis de esta nueva y modesta variante cubana de empresa particular, en forma (aun cuando muy primitiva, pedestre) semejante, sin duda, a lo que algún día remoto pudo configurar las bases del desarrollo capitalista.

El avance que representa esta mínima empresa, a pesar de sus lamentables (pero irremediables) fundamentos, podría concretarse en real progreso para la Isla más temprano que tarde. Temprano, si contáramos con un sistema de gobierno inteligente, civilizado y verdaderamente patriótico. Tarde (pero seguro), si el régimen, en lugar de propiciar las condiciones legales y materiales para su fomento, reacciona como de costumbre, a golpe de ciega y sorda represión. Allá ellos, ya que de momento, sólo de momento, suyo es el reino.


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