Actualizado: 11/12/2019 10:35
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Iglesia Católica, Benedicto XVI

Preparativos de penúltima hora

Conociendo los métodos de trabajo que se han entronizado en Cuba desde hace muchos años, los preparativos de última hora relacionados con la visita del Papa Benedicto XVI finalizarán a escasos cinco minutos de su llegada al aeropuerto de Santiago de Cuba

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Una delegación de la Santa Sede llegó el 20 de enero a Cuba para preparar el viaje papal. Poco más de dos meses es tiempo suficiente para organizar una visita de escasas 48 horas. Se ha publicado un ajustado programa de las actividades que desarrollará el Pontífice, desde una primera misa el 26 de marzo a tres horas de su llegada al aeropuerto hasta la misa en la Plaza de la Revolución de La Habana, el miércoles 28 por la mañana, antes de despedirse a las 4:30 de la tarde para viajar de regreso a Roma.

El resto de la visita se ha detallado de una manera que deja poco espacio a la imaginación. En el aire flota una pregunta, ¿por qué el Papa debería reunirse con Fidel Castro?, algo que pudiera ocurrir. Depende en gran medida de que en esas fechas el antiguo líder de la Revolución Cubana esté bien de salud como para estar presentable. Las noticias actuales demuestran que está con una vitalidad impresionante, como para volver a las conversaciones —monólogos de horas y horas. Como desee extenderse en su conversación con el Papa, el minucioso programa del Pontífice se viene abajo estrepitosamente. Fuentes cubanas ya dejan entrever la posibilidad del encuentro, y si no lo aseguran es porque la salud es caprichosa y de aquí a que llegue el ilustre visitante enfermarse es imprevisible.

Para muchas personas relacionadas con los derechos humanos y las libertades civiles en Cuba, lo realmente importante es que Ratzinger decida mencionar a las Damas de Blanco aunque no pueda reunirse con ellas. Puede ignorar a otras organizaciones pero difícilmente a ellas, que son de entre todos los grupos civiles, la que han tenido logros en colaboración con las autoridades eclesiásticas en el caso de los prisioneros puestos en libertad, y las que más han sufrido el escarnio tanto en los medios de prensa bajo control del Estado y de las falsas turbas agresoras.

Reunirse con Fidel Castro podrá verse como un acto de diplomacia que será pronto olvidado. Reunirse o no con las Damas de Blanco dependerá de la voluntad de Benedicto XVI. ¿Se atrevería el Gobierno cubano a prohibírselo y asumir las consecuencias de tal acto? Lo más probable es que actúen contra la parte más débil, las propias mujeres, impidiéndoles salir de sus casas o utilizando la detención preventiva como ya han hecho en otros casos menos álgidos.

Un momento perfecto para un encuentro sería durante la visita el martes 27 al Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, cercano a Santiago de Cuba. No hay que ser muy listo para imaginar que esto ya lo tiene la Seguridad del Estado bajo control, para evitar cualquier situación que “empañe el prestigio de Cuba”. Si se permite ese día la afluencia de público al Santuario, más del 90 por ciento de la masa estará compuesta por militantes del partido, cederistas de confianza, miembro de las Brigadas de Acción Rápida, militares y paramilitares, y el resto serán algunos inocentes despistados, o vecinos de la zona pasados por el filtro.

No son exageraciones, ya comienza a colarse convenientemente la idea de que los grupúsculos contrarrevolucionarios, los mercenarios y epicentros de la infamia se preparan para aprovechar la visita del Papa y hacer de las suyas. Uno de estos primeros textos ha sido “La iglesia le propina un golpe a la mafia anticubana de Miami”, publicado por Percy F. Alvarado Godoy en Rebelión, y vendrán otros tan pronto el Departamento de Orientación Revolucionaria del Partido Comunista de Cuba ordene a sus intelectuales “descubrir la conjura”.

Distintos cubanos esperan que la visita de Ratzinger traiga aires de cambios. Los que más se recuerdan como resultado de la visita de Juan Pablo II son la devolución de la Nochebuena, otro día feriado, y el incremento en las ventas de turrones y arbolitos de Navidad en las tiendas recaudadoras de divisas. La próxima visita de Benedicto XVI ya le ha dado la libertad a una buena cantidad de presos comunes, mientras otra buena cantidad que ha quedado entre rejas mantiene la esperanza. También ha traído una vez más a muchas viviendas el conocido “Plan Fachada”, brigadas de trabajadores encargados de pintar las caras, y solo las caras de los edificios por donde pase la comitiva a una distancia lo suficientemente corta como para no apreciar el deterioro generalizado. Gracias a ello, los vecinos de estas zonas podrán comprar pintura, diluyentes y brochas a precios módicos, ofertados por los pintores al más mínimo descuido de sus jefes de brigada, y también por sus jefes de brigada al más mínimo descuido de sus superiores y así.

¿Algo más? De seguro habrá algo más, pero no esperemos cambios políticos ni económicos. Miriam Leiva, en “La reconciliación de los cubanos desde Santiago de Cuba hasta Miami”, lanza un mensaje de optimismo y unidad, pero hay demasiadas tiranteces aún para que esta visita ojala al menos sea un paso a favor de la misma, paso que ya es duramente criticado desde posiciones políticas. También hay que tener en cuenta que Benedicto XVI carece aún del aura y la impronta histórica que envolvía a Juan Pablo II cuando llegó a Cuba, y la situación es 14 años más desesperanzadora que en 1998.

En la misa que ofreciera Juan Pablo II en la Plaza de la Revolución en enero de ese año, durante un momento los gritos de libertad acallaron su discurso. Las cámaras de televisión ofrecían una toma panorámica, mientras centenares de aleccionados combatientes mezclados entre la multitud se preparaban para entrar en acción y responder a la “provocación”. El Papa rompió el hechizo continuando con su alocución y los ánimos se aplacaron al menos superficialmente. ¿Qué ocurrirá ahora? Tendremos que esperar y verlo con nuestros propios ojos, sin grandes ilusiones, pero al menos con la esperanza de que esta visita cumpla un objetivo fundamental: el acercamiento espiritual de un pueblo que pierde día a día las esperanzas ante los avatares de la dura vida.


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